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Me vale cualquiera


Carmen:  Mira, te voy a contar algo -te puedo tutear, ¿no?-. Yo siempre he querido ser actriz. Actriz de cine, de teatro, de lo que sea. Actriz. Y creo que se me da bien, que soy buena. Hace… hará cosa de diez años fui a una audición, a un casting. (Explica) Hice mi prueba. Y me fui. Al día siguiente me llama el director de la película. Y yo voy. Y me dice que le he gustado, que cree que soy buena, que encajaría perfectamente en su película. Pero también me dice que hay unas cincuenta chicas tan buenas como yo que también encajarían en su película. Y me dice -así directamente- me dice que si me acuesto con él -allí mismo, ahora-, me da el papel a mí. Si hubiera aceptado, ahora no estaría aquí. Esa película me habría lanzado, estoy segura. Pero le dije que no. No quise acostarme con él. No creas que te estoy soltando un discurso feminista, reivindicativo, bla bla bla. No. Respeto a ese hombre. Él me propuso algo a cambio de algo. Elegí libremente. No estaba interesada. Me fui por donde había llegado. No voy a criticarle. La película era suya. Después de eso fui ascendiendo en la empresa donde trabajaba y surgió la ocasión de fundar una nueva empresa, propia. No fue algo fácil. Ni seguro. Arriesgué todo mi dinero. Y aquella pequeña empresa de material de oficina se convirtió en esto que ves hoy. ¿Cómo me has dicho que te llamas? ¿Manuel? Manuel. Tengo a cincuenta chicos para ese puesto de mozo de almacén. Me vale cualquiera. ¿Estás dispuesto a hacer algo para diferenciarte del resto, Manuel? Libremente.

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Supón


Begoña: Me has dicho que no te vas a enfadar. Vale. A ver cómo te lo cuento… (piensa un poco) A ver… (da con una idea) Vale. Supón que estoy en la calle intentando parar un taxi y no hay manera, y ya es tarde, y ya no quedan autobuses -no sé cómo narices voy a volver a casa-. Y supón que, cuando estoy a punto de cortarme las venas, pasa Eduardo con el coche y me ve. Me pita. Y me dice: “Ey, Begoña, sube, que te llevo a casa”. Supón que se me ha estropeado la cafetera. Y cuando estamos llegando a mi casa, se lo explico en plan drama -porque es un drama-. Y le digo: “Me dijo Susana que el otro día arreglaste una de estas, ¿verdad?”. Y le convenzo para que suba y le eche un vistazo. Supón que se pone  a manipular la cafetera y, cuando está abriendo el compartimento del nosequé, a mí se me vuelca el recipiente del agua que tenía que estar sujetando pero que se me resbala – suerte que no estaba caliente, el agua-. Y supón que claro, se le moja la camisa y yo le digo que se la quite, que se la seco -y yo también me tengo que quitar la mía porque también se me ha mojado-. Y le paso un poco una toallita por el pecho para secarlo. Y también me la paso yo porque yo también me lo he mojado. Supón que, no sé cómo, empieza a hacer mucho calor y mi sujetador vuela, y sus pantalones vuelan y acabamos allí, en el suelo de la cocina… bueno. (Se da cuenta de que su amiga se está enfadando mucho). No, no, me has dicho que no te ibas a enfadar. Joder Susana, no. (Susana está enfada) No quiero que te enfades. A ver… Vuelvo a empezar. Supón que Eduardo no es tu marido, que estoy en la calle intentando parar un taxi…

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¿Le apetece un dolor de espalda?


Mateo:  Creo que no es necesario darle más vueltas: Tengo un agarrotamiento aquí en la espalda, en la zona del cuello, y me vienen mareos, y sudores fríos, y me atacan una especie de espasmos y pierdo la conciencia por momentos. Y creo que es más que suficiente para que me firme esa baja médica, doctor. Tenga en cuenta que hago visitas a clientes en el vehículo de la empresa. Y podría tener una de esas pérdidas de conciencia mientras voy conduciendo. Y usted sería responsable de lo que me pudiera pasar, doctor. Porque yo estoy aquí, hoy, y usted me está diciendo que no tengo nada… cuando sí tengo algo. Algo que me provoca mareos, que me hace perder el conocimiento y que además… duele mucho. Tengo un dolor continuo, doctor. Es como si recibiera una descarga eléctrica, pero permanente, zas, zas, zas, todo el rato… Yo no soy médico pero creo que necesitaré unos diez días de reposo, de “desconexión”, no menos de diez, lo suyo serían doce para curarme bien, a contar a partir del siete de abril y hasta el veintisiete. (El doctor muestra extrañeza por la precisión de las fechas). Sí: del lunes próximo al viernes de la semana siguiente, ambos inclusive. Es que además de doler, de dar mareos y provocar pérdidas de conciencia, esto que tengo yo: es contagioso. Podría contagiar al resto de compañeros de trabajo. Sería un drama. Y el primer expuesto, por el rato que llevamos aquí dándole vueltas, es usted, doctor. ¿Es que le apetece tener un dolor agudo en la espalda, un dolor horrible de descarga eléctrica que le dejará dormir ni le dejará hacer nada? ¿Le apetece…?

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El alcohol es muy malo


Teresa: (Interrumpiendo) Un momento, un momento, un momento… Cuando te digo “¿Qué tal el fin de semana?” No te estoy diciendo “¿Qué tal el fin de semana?”, ni “¿Lo pasaste bien este fin de semana?” y aún menos “¿Qué hiciste este fin de semana?” No te equivoques. Lo que te estoy diciendo es: “Te voy a contar mi fin de semana con todo lujo de detalles y tú me vas a escuchar tanto si te apetece como si no”, así que, por favor, contesta rápido y sencillo a mi pregunta retórica de cortesía porque tengo muchas cosas que explicar y nos quedan sólo diecinueve minutos de desayuno. ¿Has entendido?-Sí-Has entendido. Ah, no, come, come, no hace falta que hables. Mira, ya hablo yo. Te cuento. El fin de semana, genial: Despedimos a Samantha. Fuimos a cenar un grupito del trabajo. Le hicimos una especie de fiesta sorpresa. Luego te señalo quienes fuimos porque si te digo los nombres te vas a quedar igual. Samantha es la chica que estaba antes con nosotros. Se ha pedido una baja por maternidad, pero sin maternidad. Una especie de baja temporal por depresión, pero no-temporal, sino permanente: Vamos, que se ha ido. Por lo visto se colapsó. Eso dijo. (Confidente, en voz baja) Discurso típico para que no te quiten el finiquito. Es que si te vas voluntariamente, no ves ni un céntimo; pero si es por una cuestión médica… La tía hasta presentó papeles, se lo curró muy bien…
Bueno, a lo que iba. Que nos presentamos en su casa. Ella no sabía nada. Ni su marido. Tenías que haber visto que cara puso… Fue en plan despedida de soltera. La sacamos por la fuerza y nos la llevamos de fiesta. La emborrachamos. Qué divertido fue. Ya sabes qué hace una cuarentona cuando la emborrachas: que dice unas tonteríaaaaas… Dijo que a ella el trabajo le gustaba mucho y estaba deprimida por haber tenido que irse.
El alcohol es muy malo, niña. El trabajo es una mierda, ya lo irás viendo. Uh…, aún me da vueltas la cabeza. Es que bebimos mucho. Mario terminó con un sombrero de cowboy en la cabeza. Irene acabó descalza y con una carrera en las medias. Chema y Jose, subiéndose a una farola. Sandra, Bea y yo, cantando “Over the rainbow” a todo trapo –vaya panorama-, y Samantha diciendo que yo era una harpía y no me soportaba ni me había soportado nunca…
Estuvo muuuuy bien. Aquí hay muy buen rollo, ya lo verás.

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Yo quiero uno como ella


Después de quince años de matrimonio, Luz se ha divorciado. Hoy, cuando estaba paseando por un centro comercial, se ha encontrado con su marido (su ya ex-marido) con su nueva pareja: una chica de sólo diecinueve años. Luz ya tenía noticias de esta nueva relación de su exmarido con una tan joven, y la había aceptado con naturalidad, pero el hecho de verlos juntos, allí, le ha producido un impacto que no esperaba.

Luz: (a su exmarido, a solas, allí mismo) Crees que sabes lo que estoy pensando: que está fuera de sitio que estés con una niñ… con una chica de diecinueve años, a tu edad… -le doblas la edad… o un poco más, ¿no?-, así dándoos besitos, metiéndoos mano, sin disimular ni nada… Supongo que es lo que te estará diciendo todo el mundo: “Podría ser tu hija”… Si hubieras… Si hubiéramos tenido una hija en… ¿qué han sido? quince años de casados… más… ¿cuántos estuvimos antes? Tres años, ¿no?… más tres años saliendo… Pero… que, entre una cosa y otra -que si tu trabajo, que si mi carrera, que si mi trabajo, que si tu tenis y tu paddle, que si mi gimnasia y mi yoga…- vamos que, si… entre unas cosas y otras pues… que no hubo tiempo para hija, ni para hijo –ni para suegros, afortunadamente-, ni para según qué cosas, y que… Hay que ver qué rápido pasó todo y… aunque han sido muchos años, parece que… no ha dado tiempo para casi nada… aunque estuvimos muy ocupados haciendo… no sé…, la verdad, haciendo lo que hace todo el mundo, si es que tampoco fuimos muy distintos a todo el mundo y… Imagino lo que te estará diciendo tu madre sobre… -¿cómo se llama? ¿Clara, no?- sobre Clara. Uh, puedo imaginármelo: que si nunca valoras lo que tienes, que si eres un inconstante, que si te vas a cansar rápido de la nueva, que si eres un caprichoso, que si es solo una cría… Como si la estuviera viendo… y… pensarás que yo también… Que yo estoy de acuerd… ¡Realmente es una monada! Qué joven. Qué guapa. Bueno, no sé lo que dirá la gente, lo que estará pensando todo el mundo, pero, la verdad es que… Te veo con ella y… Os acabo de ver, así de golpe, claro, no he podido evitar pensar que… que…: Jodido cabrón, ¿dónde la has encontrado? Yo quiero uno como ella. Es que me estoy imaginando con uno de la edad de Clara y me estoy poniendo…

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Quiero unos peces como estos


Juan:  Quiero unos peces como estos. Exactamente. Uno verde, uno amarillo, uno naranja, dos azules, y uno marrón. Los quiero de la misma raza -¿se dice raza?- y de tamaños igual, o al menos muy parecidos. No crea que soy un fanático del mundo animal submarino, no, soy precisamente lo contrario: detesto los animales, y en particular los peces. Me parecen imbéciles. Y sólo a un imbécil como mi jefe se le puede ocurrir tener peces en su despacho. La culpa es de mi jefe, por tener peces en el despacho. Yo sólo entré con unos colegas a bromear un poco y, jugando jugando, se rompió el termómetro de la pecera y se esparció el mercurio por el agua y… joder: Fulminante. Todos muertos en cuestión de segundos. Mire: he conseguido hacer lo más difícil. He podido vaciar la pecera, la he limpiado y la he vuelto a llenar. Y todo eso sin que se entere la secretaria de mi jefe, cosa que tiene mucho mérito. Ahora sólo me queda echar dentro unos estúpidos peces para que todo quede como estaba. Y quiero exactamente unos peces iguales a estos: uno verde, uno amarillo, uno naranja, dos azules y uno marrón. ¿Entiende lo que le digo? Dígame que sí los tiene, por favor, dígame que los tiene. No me diga que al cabrón de mi jefe se le ocurrió comprar especies raras porque me da algo.

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Concursante solidaria


María es la finalista de un concurso de televisión. Después de tres semanas de duras pruebas (pruebas físicas, de cálculo, de estrategia, de orientación, de habilidad…), en las que han ido cayendo eliminados, uno tras otro, semana tras semana, todos los rivales de María, ahora sólo le queda un último competidor. La decisión final corresponde al jurado. El presentador del programa acaba de pedir a los dos finalistas que le digan al jurado en qué gastarán el premio si resultan vencedores.

María:  (teatral) Bueno, ahí va mi discurso. Me parece muy respetable que mi contrincante quiera gastarse el super-premio del concurso comprándose todas esas cosas que ha dicho: coches deportivos, mansiones, super-vacaciones en hoteles de super-lujo, cruceros, ropa cara y todo eso que has dicho (mirando al lado). Me parece muy respetable, me encanta. (Al jurado) Porque en realidad, yo quiero hacer lo mismo: quiero gastar el dinero del super premio del concurso en aquello que me hace feliz. En mi caso, lo que me hace feliz es ayudar a los más necesitados. Hay mucha gente en esta ciudad que pasa hambre, aunque no lo crean. Mucha. Hay, auténticos dramas sociales, aquí mismo, a la vuelta de la esquina. Si ustedes me votan, señores del jurado, y gano el super-premio, lo que haré con el dinero es donarlo íntegramente a la campaña “Ayudemos al sector 8”. Con una aportación tan importante, histórica, he calculado que podrían comer tres mil familias durante dos años enteros, y tendrían cubiertas las necesidades de agua, electricidad y manutenciones varias, como ropa para los niños, educación, vacunas, etc. Tanto mi rival como yo hemos hecho un muy buen concurso y, sin duda, los dos merecemos ganar. Es una pena que no podamos ganar los dos. Ahora la decisión está en sus manos, señores del jurado. Ustedes deben decidir quién sale ganando de aquí. Muchas gracias.

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Sólo se me ocurren dos cosas


Pedro:  He escuchado tu mensaje. (Pensativo) ¿Sabes? Sólo se me ocurren dos cosas: O te has convertido en la mejor violinista de todos los tiempos o has abandonado. (Suspira) Llevo rato pensando, Elena, pensando bien lo que voy a decirte, no quiero equivocarme. Vamos a ver: La última vez que me llamaste fue hace tres años, un catorce de febrero exactamente -no es que me apunte las fechas, es que era… un catorce de febrero-. Quedamos y me dijiste aquello. Lo que más recuerdo es el tono con que me lo dijiste. Un tono, no sabría decir, un tono… neutro. Dijiste: “Tengo que decirte algo”. Y pam. Me lo soltaste: Querías llegar a ser la mejor violinista de todos los tiempos y resulta que yo era un problema porque no te dejaba tiempo. Así de crudo. Pero sin ningún dramatismo, como si tal cosa. ¡Sí! ¡Ése es el tono! El tono “como si tal cosa”. “Sin más”. Como quien dice: “Se me ha roto el paraguas, no me sirve, lo tiro” Sin más. Tardé unos segundos en darme cuenta de que el paraguas era yo. (Recuerda) Pensé que me llamarías esa misma noche, arrepentida: “¡Pedro, qué tontería te he dicho, perdona!” (Recuerda con tristeza) Pero, no. No llamaste aquella noche. Ni al día siguiente. Ni a la semana siguiente. Por qué ibas a llamarme. Te habías librado de la molestia que te quitaba tiempo para el violín, que es lo único que te llenaba en la vida. Y hoy vas y me llamas para quedar. (Suspira) Solo se me ocurren dos cosas: o eres la mejor violinista de la historia o has abandonado. Después de tres años sin ninguna noticia de ti, la verdad…

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Debes decidirlo tú


Conchita:  Cariño, no tienes que preguntarme. Yo elegí a tu padre en contra de la opinión de toda mi familia. Y he sido feliz. Te tuve a ti. (Sonríe cálidamente) ¿Es el hombre de tu vida? Pues, adelante, qué voy a decirte yo: tienes cuarenta años, ya no eres una niña… ¿De dónde vienen las dudas, corazón? ¿De lo que opinas tú o de lo que habla la gente? No hagas caso de lo que diga la gente. Piensa por ti misma. Piensa en ti. ¿Dices que casarte con ese hombre te hará feliz? Pues, ya está. Eso es lo único que importa. Yo sé que estás sinceramente enamorada de él. Siempre lo has estado. Desde que tenías diez años. Por ese hombre me hiciste apuntaste a baile, ¿te acuerdas, que tú dudabas porque te daba mucha vergüenza y yo decidí por ti? Seguro que, cuando le miras a la cara, aún ves al Martin Sharpe de los “Los reyes del baile” o de “Danza conmigo”. Qué voy a decirte yo. Si crees que te hará feliz, adelante. Yo no deseo otra cosa que tu felicidad, hija mía (sonríe complaciente). Te vas a casar con el capital Marley de “Tormenta en los mares del sur”, con el Jack Balance de “Puños de gloria”, con el príncipe desterrado de “Jaque a la corona”… Un hombre maravilloso, sin duda. No te podrá convertir en reina, ni se pegará por ti en un ring, ni te llevará a navegar en un velero por los mares del sur, ni podrá sacarte a bailar. Tiene más de ochenta años, ya. Pero sigue siendo Martin Sharpe, la leyenda Hollywood, la estrella que enamoró a medio mundo durante más de cuarenta años. Y aún tiene esa mirada seductora. Y con esa mirada, aunque ya no hable, te ha elegido a ti. ¿Quieres casarte con él? No me toca a mí decidir… como no le correspondería decidir a la mamá que acaba de dar a luz en ese hospital de enfrente sobre tu relación con su bebé dentro de cuarenta años… si te enamoraras de él.  (se sorprende) ¡Mira qué ejemplos tan disparatados me haces decir! Hija, no me preguntes, debes decidirlo tú.

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Soy muy normal


Sergio:  ¿Qué quieres que te diga, la verdad o lo que todo el mundo quiere oír? La verdad es que… Soy un tío muy normal, no me gusta destacar, aunque pueda parecer extraño. Ésa es la verdad. Ése es el motivo. Vengo de un planeta en el que dan conciertos de oboe por la tele. Los mejores, los dan en canales de pago. Y la gente va a los bares a verlos. Tendrías que ver cómo se ponen los bares en mi planeta cuando hay un concierto del circuito premium oboísta. Es una locura. Los días antes y los días después no se habla de otra cosa. Todo el mundo se atreve opinar, todo el mundo sabe de oboe. Y no parece que vaya a cambiar la tendencia. Qué va. Va a ir a más. Hay niños que parece que no tengan otra cosa en la cabeza: oboe, oboe, oboe. No es asignatura obligatoria en los colegios, pero da igual: vas al recreo y ves niños de aquí para allá con los oboe dale que te pego. Los padres, para castigar a sus hijos, les quitan el oboe. “Castigado sin oboe todo el fin de semana”. Anda que no jode eso. Bien que ellos se aseguran tener sus conciertos, sus periódicos oboístas -eso que no se lo toquen-. Por no hablar de los trajes y vestidos. A veces parece que todo el mundo vaya vestido con los mismos colores, en mi planeta. Se ha puesto de moda comprar el uniforme de concierto que llevan los oboístas famosos. Y eso que cuestan un dineral. Y más ahora que las marcas se dedican a cambiarlos de año en año. En fin… Oboe, oboe, oboe.
¿Me preguntas por qué elegí el oboe? Porque no sabía lo que quería en la vida, la verdad. Porque no me gusta destacar. Si es que no tengo personalidad…

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Descontractúrenme


ELSA:  O sea, que tú le dices que tienes una contractura en la espalda y él te empieza masajeando la espalda pero a los diez minutos sus dedos se van por los lados y acaba masajeándote esta parte de aquí donde empieza el pecho, que luego acerca sus labios a tu nuca y dice que lo hace para aplicar calor, que no deja de repetirte lo guapa que eres y te acaba proponiendo ir a su casa para hacerte un masaje en una camilla especial que tiene allí… Chica, yo creo que no hay duda. Y, mira, te diré algo: hace un tiempo, tú me vienes con esto y te hubiera dicho: “¡Pero qué haces tía, te has vuelto loca, que estás casada y él también!” Ahora, en cambio te digo: “¡A-de-lan-te!”. No vayas a pensar que no estoy bien con Jorge. Soy feliz: Jorge me quiere mucho, adoro a mis dos hijos y todo es maravilloso. Sólo que a veces voy un poco estresada: los niños, el trabajo, el inglés, el gimnasio, la casa, el baloncesto de los niños, mis padres, mis suegros… Me gusta mucho mi vida, soy muy feliz, pero esto empezando a tener un poco de estrés y creo que me está afectando al sueño, a veces tengo como mareos, creo que se me agarrotan los músculos, que se me hacen como contracturas en la espalda. Voy a necesitar que me descontracturen…

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Nada cambia


Los trabajadores de una empresa celebran que les acaba de tocar la lotería. Juan Carlos ha dejado la fiesta y ha entrado en el despacho del jefe. Tras intercambiar unas palabras, Juan Carlos se sincera.

JUAN CARLOS:  …No, no tiene mérito, se lo habría dicho la semana pasada si me lo hubiera preguntado, señor, o hace una hora. ¿Le ha gustado oírlo? Se lo repito: No imagino un director mejor para esta empresa que usted. Para mí, nada cambia. Qué pasa, los otros… no han sido tan amables… (Mira por la ventana interior del despacho) Qué cambio. Natalia… pensaba que no se hablaba con nadie y, mírela, no calla; Romero, que no sonríe nunca… vaya carcajadas; y García, subido encima de la mesa, el tío… Y sólo hace una hora estaban todos con la vista pegada al teclado, como siempre…

¿Por qué este cambio? (Piensa) No es el alcohol. Están brindando con sidra -sí, con sidra, compré sidra, es lo único que había en la tienda-. Y me da a mí que tampoco es el premio, se lo digo yo, no es el premio. ¿Por qué este cambio, entonces? ¿O será que no han cambiado y solo están exteriorizando lo que llevan dentro, lo que siempre han llevado dentro? Es eso, sí… ¿Puedo hacerle una pregunta, señor -ya que parece que hoy todo el mundo se sincera-? ¿Qué le duele más, las cosas que les está oyendo decir de usted o que no le ofrecieran comprar ningún décimo de la lotería? No me conteste.

(Mira el reloj) Son las doce y aún no hemos hecho los pedidos de extranjero, ni las entradas de almacén, y falta pasar los albaranes… No, no, no, no tranquilo, ya me ocupo yo, no se levante. Nadie se va a ir de la empresa.

Verá como los convenzo. Parece que soy el único que sabe que no están bebiendo champán. Y supongo que tendré que ser yo quien les diga que… no les ha tocado la lotería. Qué despiste, verdad. ¿No lo sabía? No le miento, soy el encargado de la lotería este mes. Y… se me olvidó ir a comprarla. En fin… que nada cambia. Siempre he pensado que usted eran un buen jefe, el mejor jefe posible. ¿Quiere un poco de sidra, señor?

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La tercera cabina


ADUANERA:  Tengo para ti una noticia buena y una mala. La mala es que sé lo que hay en tu maleta. No te molestes en negarlo, lo he visto por rayos X. Calculo que llevas cuatro quilos. Si te tomaste la molestia de conocer un poco nuestra legislación antes de lanzarte a hacer la tontería que has hecho, sabrás que por cuatro kilos te condenan a 20 años. Veinte largos años en un auténtico infierno. ¿La buena noticia? Lo más probable es que el pesaje oficial diga que llevabas tres kilos. Uno menos. Así que, en vez de 20 años, te caerán 15. Quince años en un auténtico infierno.

¿Te parece justo? A mí no me lo parece. Quizá ahora mismo no quieras ni pensar en ello pero te aseguro que no es justo, no lo es. Gracias a estas “pérdidas”, los funcionarios de pesaje ganan en un minuto lo que un funcionario honrado de aduanas no gana en una vida entera trabajando. He visto a muchas chicas como tú encubrirlos. Por 5 años. 5 miserables años de rebaja. ¿Acaso son pocos, quince años de cárcel? Es un mal negocio, te lo digo yo. Estoy harta de verlo. Luego os arrepentís todas, pero para cuando llegan las lágrimas es tarde. Esos corruptos van a ganar en unos minutos muchísimo más de lo ibas a ganar tú por este transporte, y sin ningún riesgo. Ellos son parte del negocio, bonita. Y tú eres la tonta necesaria. Lo has arriesgado todo para nada. Y la rueda sigue girando. Después de ti vendrá otra, y otra, y otra…

No llores, escúchame. La mala noticia es que he descubierto que llevas cuatro kilos en la maleta, sí. Pero la buena noticia no es que esos cuatro kilos se vayan a quedar en tres. La buena noticia es que sólo lo he visto yo. Nadie más. Y eso significa que vas a tener una segunda oportunidad. Quiero poner fin a estas injusticias. La corrupción lo está pudriendo todo. Escúchame bien, te diré lo que vas a hacer: Te secarás las lágrimas y saldrás de esta habitación con total normalidad. Esto sólo ha sido un control rutinario de pasaporte. Tomarás el pasillo de embarques y te detendrás al llegar a las terminales. Allí, a la izquierda, verás que hay unos baños. Entrarás en el de mujeres. Dentro verás que hay seis cabinas. Entrarás en la tercera. En la tercera empezando por la izquierda, no te equivoques. Una vez dentro, abrirás el depósito de agua y meterás dentro, con cuidado, esos cuatro paquetes. Luego saldrás del baño, irás a tu mostrador de embarque, tomarás el avión con el resto de pasajeros y no volverás a pisar este país nunca más. ¿De acuerdo? No llores. Anda, ve. No me lo agradezcas. No lo hago por ti, ni por mí: Sólo hago lo que es correcto. La tercera cabina, recuerda, la tercera, no te equivoques.

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Antes de contestar


DANI:  Antes de que contestes, te voy a contar una cosa: estaba el otro día en una cafetería sin hacer nada, perdiendo miserablemente el tiempo -era un viernes por la noche, sí, era un viernes por la noche-, sin ni siquiera fumar –porque ahora no se puede fumar en los bares-, cuando de repente veo que entra por la puerta una chica guapísima, con un vestido negro ajustado, tacón alto, rubia, unos pechos impresionantes… la bomba, vamos, el tipo de chica con la que siempre has soñado y nunca ves andando por el mundo real, sólo en las revistas, ¿sabes? Pues bueno, la chica, desde la puerta mismo, busca con la mirada por entre todas las mesas y, al final, parece que se decide, acaba de entrar, se me acerca y me pregunta: “¿Eres Carlos?” No soy un aventurero ni un mentiroso, pero en aquel momento pensé que si dejaba pasar una oportunidad como esa, me arrepentiría toda la vida, así que le dije: “Sí”. Y me arreó un bofetón que me dejó el tímpano silbando. Qué hostión me dio. Y estaba la tía insultándome de mala manera cuando aún pude ver que, en el otro extremo del bar, un tipo se levanta sigiloso, paga y se marcha discretamente, mirando de reojo nuestra mesa. Quiero la verdad. La pregunta es muy clara –como ves, no soy un aventurero ni un mentiroso-, dime: “¿Eres Galadriel3540?”

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Como en los Puentes de Madison


Carolina y Mario llevan 4 años viviendo juntos. Las cosas ya no son como antes.

CAROLINA:  No te estoy pidiendo que cambiemos de coche; está bien el que tenemos, vamos, me da igual. En la escena del semáforo… En esa escena -te la explico-, Francesca va con su marido en coche y llegan a un cruce. El semáforo está rojo. LLueve. No hablan, sólo se oye el tic tac del intermitente, el batir de los limpia parabrisas. El semáforo cambia a verde. Los coche de delante no arrancan -el coche de delante no arranca-. El marido se queja: “Pero, ¿a qué está esperando?” Francesca no dice nada. En silencio, ha llevado la mano a la manilla de la puerta porque quiere salir corriendo. Quiere montarse en ese coche que hay delante. Y no va de coches, cariño. Va de… De que no sabes de qué te estoy hablando. Va de es eso, justamente. No es una gran película -ni una gran novela-, tranquilo. No te perdiste nada. Es que… recuerdo que me quedé sola viéndola, en el salón, como tantas veces… Va de eso, de quedarme sola viendo películas. ¿Por qué ya no vemos películas juntos? ¿Cuándo dejamos de hacerlo? Si hubiésemos seguido haciéndolo, sabrías de qué escena te hablo. Sabrías lo que quiero decir. Y probablemente yo no estaría como Francesca, ahora, con la mano en la manilla de la puerta…

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