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Ver mundo


Ana: Me dijo -¿no te lo conté nunca-, me dijo: Eres muy guapa, eres encantadora, lo pasamos muy bien en la cama pero… no te lo tomes a mal pero… Dijo: No te quiero mentir: Lo que pasa es que no quiero atarme, quiero ir más allá, quiero conocer mundo –¡“mundo”!-, quiero estar con otras (está alucinando sólo de recordarlo). Eso me dijo. Cuando decía “guapa”, “encantadora”, el tío quería decir “estás buena”, “me pones”, pero, por lo visto: no lo suficiente. Muy bien. Pues, nada, ahí me quedé. Lo bueno del caso -el karma-: que la primera que se le cruzó -la primera-,¡pam!, al altar: casado, dos hijos. Toma ya. La primera. Me lo contó el sábado. ¿Cómo fue? Pues nada, de la manera más tonta. Estaba yo por ahí comprando, en el centro comercial, el sábado, y, oye, ¿a quién me encuentro? Al explorador. No lo conocí, te lo juro. Está más… Está menos… Yo salía de una tienda y él estaba sentado en los bancos esos que ponen para aparcar a los maridos. Tenía todo de bolsas, y una cara de aburrimiento… Pues eso que me ve y se le ilumina la cara, y me dice: “¡Hola Ana, qué tal!”, besos, “¡Qué tal! ¡Qué bien te veo!”. El tío iba mirando hacia la tienda, así de reojo -tenía a la mujer dentro, comprando-. Y nada, hablamos un poco y eso, y va y se me acerca y me dice: “Qué tal si nos vemos una tarde, tomamos una cerveza, y me cuentas con más calma, si quieres vamos a tu piso y…” Y le digo: Y vemos mundo”. Y dice: “¡¡Sí!!” “Mira Javi”, le dije. “Yo ahora podría decirte que eres guapo, que eres encantador, que lo pasábamos muy bien en la cama y que, venga, que sí, que lo pasaremos de puta madre en mi casa viendo mundo un rato”… pero es que… No puedo. No puedo porque las tardes las paso con un tío cojonudo que conocí hace dos meses en Tinder. No es mi novio, es solo un tío. Y no puedo porque no te quiero mentir. Te veo gordo, te veo viejo y, la verdad, nunca lo pasamos bien en la cama. Al menos yo. (Sonrisa de fin de conversación) (Ana se percata de algo) Te llaman. ¿Es tu mujer?

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Primeras impresiones


Leticia: ¿Ricardo? Uh, Ricardo… Claro que sé quién es. Lo conocí en Playamar -no he vuelto a ir a Playamar, por cierto, y mira que me dio fuerte con Playamar al principio; la primera vez que fui, me encantó: las playas de arena fina, el agua cristalina, los bares… me enamoró, ¿verdad que es bonito Playamar?; luego seguí yendo y, tal como iba, ya, mmm (ya no le gusta tanto)… un día, me atracaron cuando paseaba por la calle, en Playamar, y no he vuelto a ir nunca más-. ¿Ricardo, me decías? Pues claro que sé quién es Ricardo. Qué casualidad. Ricardo. Acabó mal, ¿no? Mira, te voy a decir algo. Cuando lo vi por primera vez, me enamoró -así como te lo digo-, me enamoró. Qué carácter, qué personalidad. Es de esas personas que desprenden carisma, que podrían arrastrarte hasta el fin del mundo. Cuando lo vi por segunda vez, ya se me pasó bastante. Cuando le vi por tercera vez pensé: “Pues vaya un tío más imbécil”, ¿verdad? En fin… La gente es imprevisible, la vida es imprevisible. Ahora no sé si estoy hablando demasiado. Es que, ¿sabes qué pasa?: Inspiras confianza. Sí. Eres de esas personas que en el primer minuto parece un viejo amigo, ¿sabes? Tienes un carácter, una personalidad… (le encanta) ¿no te lo habían dicho nunca? (Mira a su alrededor) Y este bar también me ha encantado, no lo conocía pero, me encanta, me veo trabajando aquí muchos años. (Termina) Bueno, pues nada. Si estás interesado en mí, soy una buena camarera, (señalando el currículum), ahí tienes mi teléfono (sonríe)

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No me enfadaré


Inés es una mamá y le está hablando a su hijo de corta edad.

Inés: (dulce) Cariño, ¿abriste el cajón de la cómoda?, ¿buscaste algo?, ¿cogiste algo?… No me voy a enfadar, cielo, te lo prometo. Sólo contéstame, por favor: ¿Fuiste tú quien abrió el cajón de la cómoda de mi habitación? (El niño no contesta). Necesito saberlo, no me enfadaré. Necesito saber… mira, te explico: necesito saber si hay ladrones, ¿sabes?, ladrones que entran por la noche, mientras dormimos, y tocan nuestras cosas, y podrían hacernos daño, porque… si es así tendré que llamar a la policía, y tendremos que mudarnos a otra casa porque la policía no podrá garantizar nuestra seguridad, a otra casa muy lejos de aquí, en otra ciudad probablemente, y tendrás que cambiar de colegio, cariño, y dejarás de ver a tus amiguitos, a Eric, a Lucas, a Marco, no volverás a verlos nunca más… ¿quieres eso? No, verdad. No me enfadaré, amor, por favor, dile a mamá: ¿Abriste la cómoda de mi habitación? ¿fuiste tú quien la dejó así? (Tras unos segundos de temerosa indecisión, parece que el niño confiesa su culpa agachando la cabeza, mientras Inés continúa su letanía por lo bajo: “no me enfadaré, no me enfadaré”…). ¿Sí? ¿La abriste? ¿Eso es un sí? Mírame cuando te hablo, amor. ¿Eso es un sí? ¿Se te ha comido la lengua el gato, cariño? ¿No tienes voz? (enfadándose progresivamente) Es un sí. Abriste el cajón de mi cómoda. Hijo, ¿cuántas veces te he dicho que no quiero que toques las cosas de mi habitación? Muchas, ¿verdad? Y tú vuelves a tocar, cuando sabes que me molesta mucho. ¿En qué idioma hablo? Cuando digo una cosa es una cosa. ¡Punto! ¡A tu habitación! ¡Castigado!

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La Dama de Negro


Elena:  ¿Cómo? ¿Qué yo soy la “Dama de Negro”? ¿Que la mujer que lleva más de diez asesinatos a sus espaldas en esta ciudad… soy yo? (piensa) ¿Cómo se te ha podido ocurrir? No, no, no, espera, déjame hablar. Lo sé. Supongo que habrás reunido pruebas -eso son pruebas ¿no?- o indicios, o sospechas que te dicen que la Dama de Negro soy yo, vale, sí. Mi pregunta es: ¿Cómo se te ocurre decírmelo aquí -¡aquí!- si sabes que la Dama de Negro mata a sus víctimas cuando está a solas con ellas? (silencio) ¿Te parece buena idea venir hasta aquí a decírmelo? ¿Hasta aquí? (grita, abriendo los brazos) ¡Hola! ¡Mi compañero dice que yo soy la Dama de Negro!  Negro, Negro, Egro… (reproduce ella misma el eco, luego mira a su compañero) Ni cobertura de móvil hay. No me lo puedo creer. Has sido tan vanidoso que has corrido a decírmelo nada descubrirlo. Te morías por demostrarme que tienes mejor instinto investigador que yo. Nunca has soportado que una mujer brille más que tú en el Departamento. Pues, ¿sabes?  -voy a pensar en voz alta-… (mira a su alrededor, no hay nadie a kilómetros de distancia) Yo… Creo que seguimos persiguiendo pistas falsas, creo que esa asesina es asquerosamente lista, que disfruta matando y riéndose de tipos como tú; y creo… que no soy yo.  Eso creo. Y creo que te conviene que yo siga teniendo mejor instinto investigador que tú… ¿Verdad? (el hombre no contesta) (Se vuelve al infinito y grita haciendo eco) ¡Verdad! ¡Verdad! ¡Erdad!…

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Me vale cualquiera


Carmen:  Mira, te voy a contar algo -te puedo tutear, ¿no?-. Yo siempre he querido ser actriz. Actriz de cine, de teatro, de lo que sea. Actriz. Y creo que se me da bien, que soy buena. Hace… hará cosa de diez años fui a una audición, a un casting. (Explica) Hice mi prueba. Y me fui. Al día siguiente me llama el director de la película. Y yo voy. Y me dice que le he gustado, que cree que soy buena, que encajaría perfectamente en su película. Pero también me dice que hay unas cincuenta chicas tan buenas como yo que también encajarían en su película. Y me dice -así directamente- me dice que si me acuesto con él -allí mismo, en ese momento-, me da el papel a mí. Si hubiera aceptado, ahora no estaría aquí. Esa película me habría lanzado, estoy segura. Pero le dije que no. No quise acostarme con él. No creas que te estoy soltando un discurso feminista, reivindicativo, bla bla bla. No. Respeto a ese hombre. Él me propuso algo a cambio de algo. Elegí libremente. No estaba interesada en lo que me proponía. Me fui por donde había llegado. No voy a criticarle. La película era suya. Después de eso, fui ascendiendo en la empresa donde trabajaba y surgió la ocasión de fundar una nueva empresa, propia. No fue algo fácil. Ni seguro. Arriesgué todo mi dinero. Y aquella pequeña empresa de material de oficina se convirtió en esto que ves hoy. ¿Cómo me has dicho que te llamas? ¿Manuel? Manuel. Tengo a cincuenta candidatos para ese puesto de mozo de almacén. Me vale cualquiera. ¿Estás dispuesto a hacer algo para diferenciarte del resto, Manuel? Libremente.

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Supón


Begoña: Me has dicho que no te vas a enfadar. Vale. A ver cómo te lo cuento… (piensa un poco) A ver… (da con una idea) Vale. Supón que estoy en la calle intentando parar un taxi y no hay manera, y ya es tarde, y ya no quedan autobuses -no sé cómo narices voy a volver a casa-. Y supón que, cuando estoy a punto de cortarme las venas, pasa Eduardo con el coche y me ve. Me pita. Y me dice: “Ey, Begoña, sube, que te llevo a casa”. Supón que se me ha estropeado la cafetera. Y cuando estamos llegando a mi casa, se lo explico en plan drama -porque es un drama-. Y le digo: “Me dijo Susana que el otro día arreglaste una de estas, ¿verdad?”. Y le convenzo para que suba y le eche un vistazo. Supón que se pone  a manipular la cafetera y, cuando está abriendo el compartimento del nosequé, a mí se me vuelca el recipiente del agua que tenía que estar sujetando pero que se me resbala – suerte que no estaba caliente, el agua-. Y supón que claro, se le moja la camisa y yo le digo que se la quite, que se la seco -y yo también me tengo que quitar la mía porque también se me ha mojado-. Y le paso un poco una toallita por el pecho para secarlo. Y también me la paso yo porque yo también me lo he mojado. Supón que, no sé cómo, empieza a hacer mucho calor y mi sujetador vuela, y sus pantalones vuelan y acabamos allí, en el suelo de la cocina… bueno. (Se da cuenta de que su amiga se está enfadando mucho). No, no, me has dicho que no te ibas a enfadar. Joder Susana, no. (Susana está enfada) No quiero que te enfades. A ver… Vuelvo a empezar. Supón que Eduardo no es tu marido, que estoy en la calle intentando parar un taxi…

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¿Le apetece un dolor de espalda?


Mateo:  Creo que no es necesario darle más vueltas: Tengo un agarrotamiento aquí en la espalda, en la zona del cuello, y me vienen mareos, y sudores fríos, y me atacan una especie de espasmos y pierdo la conciencia por momentos. Y creo que es más que suficiente para que me firme esa baja médica, doctor. Tenga en cuenta que hago visitas a clientes en el vehículo de la empresa. Y podría tener una de esas pérdidas de conciencia mientras voy conduciendo. Y usted sería responsable de lo que me pudiera pasar, doctor. Porque yo estoy aquí, hoy, y usted me está diciendo que no tengo nada… cuando sí tengo algo. Algo que me provoca mareos, que me hace perder el conocimiento y que además… duele mucho. Tengo un dolor continuo, doctor. Es como si recibiera una descarga eléctrica, pero permanente, zas, zas, zas, todo el rato… Yo no soy médico pero creo que necesitaré unos diez días de reposo, de “desconexión”, no menos de diez, lo suyo serían doce para curarme bien, a contar a partir del siete de abril y hasta el veintisiete. (El doctor muestra extrañeza por la precisión de las fechas). Sí: del lunes próximo al viernes de la semana siguiente, ambos inclusive. Es que además de doler, de dar mareos y provocar pérdidas de conciencia, esto que tengo yo: es contagioso. Podría contagiar al resto de compañeros de trabajo. Sería un drama. Y el primer expuesto, por el rato que llevamos aquí dándole vueltas, es usted, doctor. ¿Es que le apetece tener un dolor agudo en la espalda, un dolor horrible de descarga eléctrica que le dejará dormir ni le dejará hacer nada? ¿Le apetece…?

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El alcohol es muy malo


Teresa: (Interrumpiendo) Un momento, un momento, un momento… Cuando te digo “¿Qué tal el fin de semana?” No te estoy diciendo “¿Qué tal el fin de semana?”, ni “¿Lo pasaste bien este fin de semana?” y aún menos “¿Qué hiciste este fin de semana?” No te equivoques. Lo que te estoy diciendo es: “Te voy a contar mi fin de semana con todo lujo de detalles y tú me vas a escuchar tanto si te apetece como si no”, así que, por favor, contesta rápido y sencillo a mi pregunta retórica de cortesía porque tengo muchas cosas que explicar y nos quedan sólo diecinueve minutos de desayuno. ¿Has entendido?-Sí-Has entendido. Ah, no, come, come, no hace falta que hables. Mira, ya hablo yo. Te cuento. El fin de semana, genial: Despedimos a Samantha. Fuimos a cenar un grupito del trabajo. Le hicimos una especie de fiesta sorpresa. Luego te señalo quienes fuimos porque si te digo los nombres te vas a quedar igual. Samantha es la chica que estaba antes con nosotros. Se ha pedido una baja por maternidad, pero sin maternidad. Una especie de baja temporal por depresión, pero no-temporal, sino permanente: Vamos, que se ha ido. Por lo visto se colapsó. Eso dijo. (Confidente, en voz baja) Discurso típico para que no te quiten el finiquito. Es que si te vas voluntariamente, no ves ni un céntimo; pero si es por una cuestión médica… La tía hasta presentó papeles, se lo curró muy bien…
Bueno, a lo que iba. Que nos presentamos en su casa. Ella no sabía nada. Ni su marido. Tenías que haber visto que cara puso… Fue en plan despedida de soltera. La sacamos por la fuerza y nos la llevamos de fiesta. La emborrachamos. Qué divertido fue. Ya sabes qué hace una cuarentona cuando la emborrachas: que dice unas tonteríaaaaas… Dijo que a ella el trabajo le gustaba mucho y estaba deprimida por haber tenido que irse.
El alcohol es muy malo, niña. El trabajo es una mierda, ya lo irás viendo. Uh…, aún me da vueltas la cabeza. Es que bebimos mucho. Mario terminó con un sombrero de cowboy en la cabeza. Irene acabó descalza y con una carrera en las medias. Chema y Jose, subiéndose a una farola. Sandra, Bea y yo, cantando “Over the rainbow” a todo trapo –vaya panorama-, y Samantha diciendo que yo era una harpía y no me soportaba ni me había soportado nunca…
Estuvo muuuuy bien. Aquí hay muy buen rollo, ya lo verás.

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Yo quiero uno como ella


Después de quince años de matrimonio, Luz se ha divorciado. Hoy, cuando estaba paseando por un centro comercial, se ha encontrado con su marido (su ya ex-marido) con su nueva pareja: una chica de sólo diecinueve años. Luz ya tenía noticias de esta nueva relación de su exmarido con una tan joven, y la había aceptado con naturalidad, pero el hecho de verlos juntos, allí, le ha producido un impacto que no esperaba.

Luz: (a su exmarido, a solas, allí mismo) Crees que sabes lo que estoy pensando: que está fuera de sitio que estés con una niñ… con una chica de diecinueve años, a tu edad… -le doblas la edad… o un poco más, ¿no?-, así dándoos besitos, metiéndoos mano, sin disimular ni nada… Supongo que es lo que te estará diciendo todo el mundo: “Podría ser tu hija”… Si hubieras… Si hubiéramos tenido una hija en… ¿qué han sido? quince años de casados… más… ¿cuántos estuvimos antes? Tres años, ¿no?… más tres años saliendo… Pero… que, entre una cosa y otra -que si tu trabajo, que si mi carrera, que si mi trabajo, que si tu tenis y tu paddle, que si mi gimnasia y mi yoga…- vamos que, si… entre unas cosas y otras pues… que no hubo tiempo para hija, ni para hijo –ni para suegros, afortunadamente-, ni para según qué cosas, y que… Hay que ver qué rápido pasó todo y… aunque han sido muchos años, parece que… no ha dado tiempo para casi nada… aunque estuvimos muy ocupados haciendo… no sé…, la verdad, haciendo lo que hace todo el mundo, si es que tampoco fuimos muy distintos a todo el mundo y… Imagino lo que te estará diciendo tu madre sobre… -¿cómo se llama? ¿Clara, no?- sobre Clara. Uh, puedo imaginármelo: que si nunca valoras lo que tienes, que si eres un inconstante, que si te vas a cansar rápido de la nueva, que si eres un caprichoso, que si es solo una cría… Como si la estuviera viendo… y… pensarás que yo también… Que yo estoy de acuerd… ¡Realmente es una monada! Qué joven. Qué guapa. Bueno, no sé lo que dirá la gente, lo que estará pensando todo el mundo, pero, la verdad es que… Te veo con ella y… Os acabo de ver, así de golpe, claro, no he podido evitar pensar que… que…: Jodido cabrón, ¿dónde la has encontrado? Yo quiero uno como ella. Es que me estoy imaginando con uno de la edad de Clara y me estoy poniendo…

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Quiero unos peces como estos


Juan:  Quiero unos peces como estos. Exactamente. Uno verde, uno amarillo, uno naranja, dos azules, y uno marrón. Los quiero de la misma raza -¿se dice raza?- y de tamaños igual, o al menos muy parecidos. No crea que soy un fanático del mundo animal submarino, no, soy precisamente lo contrario: detesto los animales, y en particular los peces. Me parecen imbéciles. Y sólo a un imbécil como mi jefe se le puede ocurrir tener peces en su despacho. La culpa es de mi jefe, por tener peces en el despacho. Yo sólo entré con unos colegas a bromear un poco y, jugando jugando, se rompió el termómetro de la pecera y se esparció el mercurio por el agua y… joder: Fulminante. Todos muertos en cuestión de segundos. Mire: he conseguido hacer lo más difícil. He podido vaciar la pecera, la he limpiado y la he vuelto a llenar. Y todo eso sin que se entere la secretaria de mi jefe, cosa que tiene mucho mérito. Ahora sólo me queda echar dentro unos estúpidos peces para que todo quede como estaba. Y quiero exactamente unos peces iguales a estos: uno verde, uno amarillo, uno naranja, dos azules y uno marrón. ¿Entiende lo que le digo? Dígame que sí los tiene, por favor, dígame que los tiene. No me diga que al cabrón de mi jefe se le ocurrió comprar especies raras porque me da algo.

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Concursante solidaria


María es la finalista de un concurso de televisión. Después de tres semanas de duras pruebas (pruebas físicas, de cálculo, de estrategia, de orientación, de habilidad…), en las que han ido cayendo eliminados, uno tras otro, semana tras semana, todos los rivales de María, ahora sólo le queda un último competidor. La decisión final corresponde al jurado. El presentador del programa acaba de pedir a los dos finalistas que le digan al jurado en qué gastarán el premio si resultan vencedores.

María:  (teatral) Bueno, ahí va mi discurso. Me parece muy respetable que mi contrincante quiera gastarse el super-premio del concurso comprándose todas esas cosas que ha dicho: coches deportivos, mansiones, super-vacaciones en hoteles de super-lujo, cruceros, ropa cara y todo eso que has dicho (mirando al lado). Me parece muy respetable, me encanta. (Al jurado) Porque en realidad, yo quiero hacer lo mismo: quiero gastar el dinero del super premio del concurso en aquello que me hace feliz. En mi caso, lo que me hace feliz es ayudar a los más necesitados. Hay mucha gente en esta ciudad que pasa hambre, aunque no lo crean. Mucha. Hay, auténticos dramas sociales, aquí mismo, a la vuelta de la esquina. Si ustedes me votan, señores del jurado, y gano el super-premio, lo que haré con el dinero es donarlo íntegramente a la campaña “Ayudemos al sector 8”. Con una aportación tan importante, histórica, he calculado que podrían comer tres mil familias durante dos años enteros, y tendrían cubiertas las necesidades de agua, electricidad y manutenciones varias, como ropa para los niños, educación, vacunas, etc. Tanto mi rival como yo hemos hecho un muy buen concurso y, sin duda, los dos merecemos ganar. Es una pena que no podamos ganar los dos. Ahora la decisión está en sus manos, señores del jurado. Ustedes deben decidir quién sale ganando de aquí. Muchas gracias.

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Sólo se me ocurren dos cosas


Pedro:  He escuchado tu mensaje. (Pensativo) ¿Sabes? Sólo se me ocurren dos cosas: O te has convertido en la mejor violinista de todos los tiempos o has abandonado. (Suspira) Llevo rato pensando, Elena, pensando bien lo que voy a decirte, no quiero equivocarme. Vamos a ver: La última vez que me llamaste fue hace tres años, un catorce de febrero exactamente -no es que me apunte las fechas, es que era… un catorce de febrero-. Quedamos y me dijiste aquello. Lo que más recuerdo es el tono con que me lo dijiste. Un tono, no sabría decir, un tono… neutro. Dijiste: “Tengo que decirte algo”. Y pam. Me lo soltaste: Querías llegar a ser la mejor violinista de todos los tiempos y resulta que yo era un problema porque no te dejaba tiempo. Así de crudo. Pero sin ningún dramatismo, como si tal cosa. ¡Sí! ¡Ése es el tono! El tono “como si tal cosa”. “Sin más”. Como quien dice: “Se me ha roto el paraguas, no me sirve, lo tiro” Sin más. Tardé unos segundos en darme cuenta de que el paraguas era yo. (Recuerda) Pensé que me llamarías esa misma noche, arrepentida: “¡Pedro, qué tontería te he dicho, perdona!” (Recuerda con tristeza) Pero, no. No llamaste aquella noche. Ni al día siguiente. Ni a la semana siguiente. Por qué ibas a llamarme. Te habías librado de la molestia que te quitaba tiempo para el violín, que es lo único que te llenaba en la vida. Y hoy vas y me llamas para quedar. (Suspira) Solo se me ocurren dos cosas: o eres la mejor violinista de la historia o has abandonado. Después de tres años sin ninguna noticia de ti, la verdad…

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Debes decidirlo tú


Conchita:  Cariño, no tienes que preguntarme. Yo elegí a tu padre en contra de la opinión de toda mi familia. Y he sido feliz. Te tuve a ti. (Sonríe cálidamente) ¿Es el hombre de tu vida? Pues, adelante, qué voy a decirte yo: tienes cuarenta años, ya no eres una niña… ¿De dónde vienen las dudas, corazón? ¿De lo que opinas tú o de lo que habla la gente? No hagas caso de lo que diga la gente. Piensa por ti misma. Piensa en ti. ¿Dices que casarte con ese hombre te hará feliz? Pues, ya está. Eso es lo único que importa. Yo sé que estás sinceramente enamorada de él. Siempre lo has estado. Desde que tenías diez años. Por ese hombre me hiciste apuntaste a baile, ¿te acuerdas, que tú dudabas porque te daba mucha vergüenza y yo decidí por ti? Seguro que, cuando le miras a la cara, aún ves al Martin Sharpe de los “Los reyes del baile” o de “Danza conmigo”. Qué voy a decirte yo. Si crees que te hará feliz, adelante. Yo no deseo otra cosa que tu felicidad, hija mía (sonríe complaciente). Te vas a casar con el capital Marley de “Tormenta en los mares del sur”, con el Jack Balance de “Puños de gloria”, con el príncipe desterrado de “Jaque a la corona”… Un hombre maravilloso, sin duda. No te podrá convertir en reina, ni se pegará por ti en un ring, ni te llevará a navegar en un velero por los mares del sur, ni podrá sacarte a bailar. Tiene más de ochenta años, ya. Pero sigue siendo Martin Sharpe, la leyenda Hollywood, la estrella que enamoró a medio mundo durante más de cuarenta años. Y aún tiene esa mirada seductora. Y con esa mirada, aunque ya no hable, te ha elegido a ti. ¿Quieres casarte con él? No me toca a mí decidir… como no le correspondería decidir a la mamá que acaba de dar a luz en ese hospital de enfrente sobre tu relación con su bebé dentro de cuarenta años… si te enamoraras de él.  (se sorprende) ¡Mira qué ejemplos tan disparatados me haces decir! Hija, no me preguntes, debes decidirlo tú.

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Soy muy normal


Sergio:  ¿Qué quieres que te diga, la verdad o lo que todo el mundo quiere oír? La verdad es que… Soy un tío muy normal, no me gusta destacar, aunque pueda parecer extraño. Ésa es la verdad. Ése es el motivo. Vengo de un planeta en el que dan conciertos de oboe por la tele. Los mejores, los dan en canales de pago. Y la gente va a los bares a verlos. Tendrías que ver cómo se ponen los bares en mi planeta cuando hay un concierto del circuito premium oboísta. Es una locura. Los días antes y los días después no se habla de otra cosa. Todo el mundo se atreve opinar, todo el mundo sabe de oboe. Y no parece que vaya a cambiar la tendencia. Qué va. Va a ir a más. Hay niños que parece que no tengan otra cosa en la cabeza: oboe, oboe, oboe. No es asignatura obligatoria en los colegios, pero da igual: vas al recreo y ves niños de aquí para allá con los oboe dale que te pego. Los padres, para castigar a sus hijos, les quitan el oboe. “Castigado sin oboe todo el fin de semana”. Anda que no jode eso. Bien que ellos se aseguran tener sus conciertos, sus periódicos oboístas -eso que no se lo toquen-. Por no hablar de los trajes y vestidos. A veces parece que todo el mundo vaya vestido con los mismos colores, en mi planeta. Se ha puesto de moda comprar el uniforme de concierto que llevan los oboístas famosos. Y eso que cuestan un dineral. Y más ahora que las marcas se dedican a cambiarlos de año en año. En fin… Oboe, oboe, oboe.
¿Me preguntas por qué elegí el oboe? Porque no sabía lo que quería en la vida, la verdad. Porque no me gusta destacar. Si es que no tengo personalidad…

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Descontractúrenme


ELSA:  O sea, que tú le dices que tienes una contractura en la espalda y él te empieza masajeando la espalda pero a los diez minutos sus dedos se van por los lados y acaba masajeándote esta parte de aquí donde empieza el pecho, que luego acerca sus labios a tu nuca y dice que lo hace para aplicar calor, que no deja de repetirte lo guapa que eres y te acaba proponiendo ir a su casa para hacerte un masaje en una camilla especial que tiene allí… Chica, yo creo que no hay duda. Y, mira, te diré algo: hace un tiempo, tú me vienes con esto y te hubiera dicho: “¡Pero qué haces tía, te has vuelto loca, que estás casada y él también!” Ahora, en cambio te digo: “¡A-de-lan-te!”. No vayas a pensar que no estoy bien con Jorge. Soy feliz: Jorge me quiere mucho, adoro a mis dos hijos y todo es maravilloso. Sólo que a veces voy un poco estresada: los niños, el trabajo, el inglés, el gimnasio, la casa, el baloncesto de los niños, mis padres, mis suegros… Me gusta mucho mi vida, soy muy feliz, pero esto empezando a tener un poco de estrés y creo que me está afectando al sueño, a veces tengo como mareos, creo que se me agarrotan los músculos, que se me hacen como contracturas en la espalda. Voy a necesitar que me descontracturen…

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