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¿Le apetece un dolor de espalda?


Mateo:  Creo que no es necesario darle más vueltas: Tengo un agarrotamiento aquí en la espalda, en la zona del cuello, y me vienen mareos, y sudores fríos, y me atacan una especie de espasmos y pierdo la conciencia por momentos. Y creo que es más que suficiente para que me firme esa baja médica, doctor. Tenga en cuenta que hago visitas a clientes en el vehículo de la empresa. Y podría tener una de esas pérdidas de conciencia mientras voy conduciendo. Y usted sería responsable de lo que me pudiera pasar, doctor. Porque yo estoy aquí, hoy, y usted me está diciendo que no tengo nada… cuando sí tengo algo. Algo que me provoca mareos, que me hace perder el conocimiento y que además… duele mucho. Tengo un dolor continuo, doctor. Es como si recibiera una descarga eléctrica, pero permanente, zas, zas, zas, todo el rato… Yo no soy médico pero creo que necesitaré unos diez días de reposo, de “desconexión”, no menos de diez, lo suyo serían doce para curarme bien, a contar a partir del siete de abril y hasta el veintisiete. (El doctor muestra extrañeza por la precisión de las fechas). Sí: del lunes próximo al viernes de la semana siguiente, ambos inclusive. Es que además de doler, de dar mareos y provocar pérdidas de conciencia, esto que tengo yo: es contagioso. Podría contagiar al resto de compañeros de trabajo. Sería un drama. Y el primer expuesto, por el rato que llevamos aquí dándole vueltas, es usted, doctor. ¿Es que le apetece tener un dolor agudo en la espalda, un dolor horrible de descarga eléctrica que le dejará dormir ni le dejará hacer nada? ¿Le apetece…?

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Quiero unos peces como estos


Juan:  Quiero unos peces como estos. Exactamente. Uno verde, uno amarillo, uno naranja, dos azules, y uno marrón. Los quiero de la misma raza -¿se dice raza?- y de tamaños igual, o al menos muy parecidos. No crea que soy un fanático del mundo animal submarino, no, soy precisamente lo contrario: detesto los animales, y en particular los peces. Me parecen imbéciles. Y sólo a un imbécil como mi jefe se le puede ocurrir tener peces en su despacho. La culpa es de mi jefe, por tener peces en el despacho. Yo sólo entré con unos colegas a bromear un poco y, jugando jugando, se rompió el termómetro de la pecera y se esparció el mercurio por el agua y… joder: Fulminante. Todos muertos en cuestión de segundos. Mire: he conseguido hacer lo más difícil. He podido vaciar la pecera, la he limpiado y la he vuelto a llenar. Y todo eso sin que se entere la secretaria de mi jefe, cosa que tiene mucho mérito. Ahora sólo me queda echar dentro unos estúpidos peces para que todo quede como estaba. Y quiero exactamente unos peces iguales a estos: uno verde, uno amarillo, uno naranja, dos azules y uno marrón. ¿Entiende lo que le digo? Dígame que sí los tiene, por favor, dígame que los tiene. No me diga que al cabrón de mi jefe se le ocurrió comprar especies raras porque me da algo.

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Sólo se me ocurren dos cosas


Pedro:  He escuchado tu mensaje. (Pensativo) ¿Sabes? Sólo se me ocurren dos cosas: O te has convertido en la mejor violinista de todos los tiempos o has abandonado. (Suspira) Llevo rato pensando, Elena, pensando bien lo que voy a decirte, no quiero equivocarme. Vamos a ver: La última vez que me llamaste fue hace tres años, un catorce de febrero exactamente -no es que me apunte las fechas, es que era… un catorce de febrero-. Quedamos y me dijiste aquello. Lo que más recuerdo es el tono con que me lo dijiste. Un tono, no sabría decir, un tono… neutro. Dijiste: “Tengo que decirte algo”. Y pam. Me lo soltaste: Querías llegar a ser la mejor violinista de todos los tiempos y resulta que yo era un problema porque no te dejaba tiempo. Así de crudo. Pero sin ningún dramatismo, como si tal cosa. ¡Sí! ¡Ése es el tono! El tono “como si tal cosa”. “Sin más”. Como quien dice: “Se me ha roto el paraguas, no me sirve, lo tiro” Sin más. Tardé unos segundos en darme cuenta de que el paraguas era yo. (Recuerda) Pensé que me llamarías esa misma noche, arrepentida: “¡Pedro, qué tontería te he dicho, perdona!” (Recuerda con tristeza) Pero, no. No llamaste aquella noche. Ni al día siguiente. Ni a la semana siguiente. Por qué ibas a llamarme. Te habías librado de la molestia que te quitaba tiempo para el violín, que es lo único que te llenaba en la vida. Y hoy vas y me llamas para quedar. (Suspira) Solo se me ocurren dos cosas: o eres la mejor violinista de la historia o has abandonado. Después de tres años sin ninguna noticia de ti, la verdad…

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Soy muy normal


Sergio:  ¿Qué quieres que te diga, la verdad o lo que todo el mundo quiere oír? La verdad es que… Soy un tío muy normal, no me gusta destacar, aunque pueda parecer extraño. Ésa es la verdad. Ése es el motivo. Vengo de un planeta en el que dan conciertos de oboe por la tele. Los mejores, los dan en canales de pago. Y la gente va a los bares a verlos. Tendrías que ver cómo se ponen los bares en mi planeta cuando hay un concierto del circuito premium oboísta. Es una locura. Los días antes y los días después no se habla de otra cosa. Todo el mundo se atreve opinar, todo el mundo sabe de oboe. Y no parece que vaya a cambiar la tendencia. Qué va. Va a ir a más. Hay niños que parece que no tengan otra cosa en la cabeza: oboe, oboe, oboe. No es asignatura obligatoria en los colegios, pero da igual: vas al recreo y ves niños de aquí para allá con los oboe dale que te pego. Los padres, para castigar a sus hijos, les quitan el oboe. “Castigado sin oboe todo el fin de semana”. Anda que no jode eso. Bien que ellos se aseguran tener sus conciertos, sus periódicos oboístas -eso que no se lo toquen-. Por no hablar de los trajes y vestidos. A veces parece que todo el mundo vaya vestido con los mismos colores, en mi planeta. Se ha puesto de moda comprar el uniforme de concierto que llevan los oboístas famosos. Y eso que cuestan un dineral. Y más ahora que las marcas se dedican a cambiarlos de año en año. En fin… Oboe, oboe, oboe.
¿Me preguntas por qué elegí el oboe? Porque no sabía lo que quería en la vida, la verdad. Porque no me gusta destacar. Si es que no tengo personalidad…

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Nada cambia


Los trabajadores de una empresa celebran que les acaba de tocar la lotería. Juan Carlos ha dejado la fiesta y ha entrado en el despacho del jefe. Tras intercambiar unas palabras, Juan Carlos se sincera.

JUAN CARLOS:  …No, no tiene mérito, se lo habría dicho la semana pasada si me lo hubiera preguntado, señor, o hace una hora. ¿Le ha gustado oírlo? Se lo repito: No imagino un director mejor para esta empresa que usted. Para mí, nada cambia. Qué pasa, los otros… no han sido tan amables… (Mira por la ventana interior del despacho) Qué cambio. Natalia… pensaba que no se hablaba con nadie y, mírela, no calla; Romero, que no sonríe nunca… vaya carcajadas; y García, subido encima de la mesa, el tío… Y sólo hace una hora estaban todos con la vista pegada al teclado, como siempre…

¿Por qué este cambio? (Piensa) No es el alcohol. Están brindando con sidra -sí, con sidra, compré sidra, es lo único que había en la tienda-. Y me da a mí que tampoco es el premio, se lo digo yo, no es el premio. ¿Por qué este cambio, entonces? ¿O será que no han cambiado y solo están exteriorizando lo que llevan dentro, lo que siempre han llevado dentro? Es eso, sí… ¿Puedo hacerle una pregunta, señor -ya que parece que hoy todo el mundo se sincera-? ¿Qué le duele más, las cosas que les está oyendo decir de usted o que no le ofrecieran comprar ningún décimo de la lotería? No me conteste.

(Mira el reloj) Son las doce y aún no hemos hecho los pedidos de extranjero, ni las entradas de almacén, y falta pasar los albaranes… No, no, no, no tranquilo, ya me ocupo yo, no se levante. Nadie se va a ir de la empresa.

Verá como los convenzo. Parece que soy el único que sabe que no están bebiendo champán. Y supongo que tendré que ser yo quien les diga que… no les ha tocado la lotería. Qué despiste, verdad. ¿No lo sabía? No le miento, soy el encargado de la lotería este mes. Y… se me olvidó ir a comprarla. En fin… que nada cambia. Siempre he pensado que usted eran un buen jefe, el mejor jefe posible. ¿Quiere un poco de sidra, señor?

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Antes de contestar


DANI:  Antes de que contestes, te voy a contar una cosa: estaba el otro día en una cafetería sin hacer nada, perdiendo miserablemente el tiempo -era un viernes por la noche, sí, era un viernes por la noche-, sin ni siquiera fumar –porque ahora no se puede fumar en los bares-, cuando de repente veo que entra por la puerta una chica guapísima, con un vestido negro ajustado, tacón alto, rubia, unos pechos impresionantes… la bomba, vamos, el tipo de chica con la que siempre has soñado y nunca ves andando por el mundo real, sólo en las revistas, ¿sabes? Pues bueno, la chica, desde la puerta mismo, busca con la mirada por entre todas las mesas y, al final, parece que se decide, acaba de entrar, se me acerca y me pregunta: “¿Eres Carlos?” No soy un aventurero ni un mentiroso, pero en aquel momento pensé que si dejaba pasar una oportunidad como esa, me arrepentiría toda la vida, así que le dije: “Sí”. Y me arreó un bofetón que me dejó el tímpano silbando. Qué hostión me dio. Y estaba la tía insultándome de mala manera cuando aún pude ver que, en el otro extremo del bar, un tipo se levanta sigiloso, paga y se marcha discretamente, mirando de reojo nuestra mesa. Quiero la verdad. La pregunta es muy clara –como ves, no soy un aventurero ni un mentiroso-, dime: “¿Eres Galadriel3540?”

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Ponte la ropa


Irene ha suspendido el trabajo de final de carrera de diseño. No está conforme con la nota que le ha puesto su profesor, Gabriel. Va a verlo a su despacho.

GABRIEL:  Tu trabajo merecía más nota. Te he suspendido porque quería que vinieras hoy a mi despacho. El día de mañana, cuando presentes un proyecto, probablemente verás cómo lo rechazan, sin más, porque sí. Los clientes no saben lo que quieren pero sí saben lo que no quieren: cualquier cosa que no hayan diseñado ellos. Cuando eso pase, si crees que tu trabajo es el mejor posible, vas a tener que defenderlo, vas a tener que trabajar duro por él, mucho más que cuando te sentaste a diseñar. Tendrás que explicar la naturaleza de tu diseño -qué significa, qué transmite, qué lo hace especial, qué lo hace perfecto para esa empresa, para ese cliente, para ese momento particular-, y para eso tendrás conocer bien el porqué de la composición que has elegido, el porqué de la textura, el porqué de cada color, de cada trazo, tendrás que sumergirte en tu proceso creativo y vomitar una explicación con palabras, para que el cliente comprenda que ese diseño que le estás mostrando es el que él habría hecho si hubiera tenido el talento que tú tienes para dibujar. Tu trabajo no merecía un suspenso. Ni un aprobado. Merecía un sobresaliente, matrícula de honor, es el mejor proyecto que he visto en veinte años que llevo dando clase. Sólo tenías que decirme por qué merecía eso. Sólo quería oirte… hablar. Estás suspendida. Esto no es lo que tenías que hacer. Ponte la ropa, por favor.
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No puedo hacer nada


ROBERTO:  Te fuiste de esta empresa por tu propia voluntad. Te marchaste por dinero, ni más ni menos que a la competencia, a la todopoderosa competencia. Fue un golpe duro para nosotros. Quién iba a pensar que un año después tu nueva empresa quebraría. ¿Sabes?, tuvimos que ocupar tu puesto. ¿Ves aquel hombre de allí, el de la camisa blanca? Se llama Javier. Es un buen tipo, trabaja bien. No es tan bueno como tú, pero trabaja bien. Hay que tener cojones para venir aquí, joder, Andrés. A ver si lo entiendo: ¿Te falta autoestima o tienes demasiada? Eres la última persona a la que esperaba ver. Nos ha ido bien sin ti, ¿sabes? ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? No hay plazas vacantes. Estamos completos. ¿Qué significa esto, que tengo que echar a alguien? ¿Tengo que despedir a Javier, así, por las buenas, porque el señorito ha vuelto? Sabes que nunca haría eso. Yo nunca haría esa clase de cosas, pero tú… sí. Tú eres de otra manera. Es ese carácter tuyo el que puso sobre mi mesa las mejores cifras de ventas en la historia de esta empresa durante 35 meses seguidos. Lo sé perfectamente. Y yo, que no soy como tú, te dejé hacer. Sin preguntar. Callando. Mirando. Y fíjate dónde nos ha llevado tu inercia: a ser el número uno. Somos líderes del sector, pudiste verlo estando en el otro barco. Pero, con tu perspicacia, estoy seguro de que pudiste ver también que nuestras cifras no son las de antes. Han bajado desde que te fuiste. Y eso al consejo de administración le gusta poco. Pero yo no puedo hacer nada, Andrés. Esta es mi respuesta: No puedo hacer nada. Ahí está Javier –el de la camisa blanca-. Puedes ir y hablar con él, si quieres. Cuéntale todo lo que me has dicho a mí, háblale de coraje, de ambición, dile lo que quieras. Yo no haré nada. Me sentaré aquí, callaré… miraré.
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Tu padre era un tipo estupendo


GERARDO:  (a una niñita en la cuna) ¿Sabes? Tu padre era un tipo estupendo. Salía mucho con tu padre, yo. Salíamos todo el grupo: a cenar, de bares, al cine, a ver fútbol, a jugar a fútbol… Era buenísimo jugando a fútbol, tu padre, ¿lo sabías? Jugaba por la banda, se escapaba de todos, qué bueno era. Joder… Pero lo que más me gustaba de tu padre era que podías hablar con él, en cualquier momento, de cualquier cosa. Anda que no pasé horas hablando con tu padre de todo: de política, de fútbol, de ciencia, de todo.

Y ahora… Ahora… Joder.

Siempre que le llamo me dice que no puede porque… No te lo tomes mal pero… no puede por ti. Se pasaría las veinticuatro horas del día mirándote. Y se gastaría, ¡se gasta!, todo el dinero en ti: “Necesita una cuna”, la mejor cuna; “Necesita un humidificador para la habitación”, humidificador; “y luz natural”; Toma luz natural. Ahí no había ventana, ¿lo sabías? Era todo pared y la hizo agujerear. Por ti. “Necesita ropita”, y joder qué armario. “Y zapatitos”, ¿de verdad necesitas zapatitos, criatura? Si casi no sales de la cuna, que sólo gateas. Y un walkie talkie, ¡un walkie talkie!, ¡pero si no hablas! ¡Para qué coño quieres un walkie talkie!

Él no era así. Lo han cambiado. Tu madre lo ha cambiado. Tu madre –te lo digo en confianza- no me gusta un pelo. Nunca me ha gustado. Ya se lo dije el primer día: “Lleva cuidado con Carmen”. Y vaya si me hizo caso. Tu padre era un tío despreocupado y, míralo ahora, está neurótico, está obsesionado: cunita para la nena, humidificador para la nena, ventana para la nena, ropitas para la nena, ochocientos zapatitos para la nena, un walkie talkie para la nena ¡un walkie talkie! ¡Para qué coño quieres un walkie talkie si no hablas!  (Un impacto lo calla súbitamente)

¿Qué has dicho? (Mira a la niña con aterradora sorpresa. La niña no contesta. Parece que el sonido viene de la cuna) Carmen… ¿Carmen?… ¿Jose?…

(Nota: en el arranque puede parecer que el padre de la niña ha fallecido)

Logo Marc Egea

 

Preguntas frecuentes:

(responde Marc Egea)

¿Hay que pagar algo para utilizar este monólogo ?

No.

¿Hay que pedir permiso para usar este monólogo?

No hace falta. Puedes utilizar este monólogo breve y los que quieras, sin pedir ningún permiso.

¿Estos monólogos breves sólo pueden utilizarse en castings?

También puedes usarlos en tu videobook y colgarlos en internet, o emplearlos como herramienta en tus clases de teatro. Como tú quieras.

¿Tengo que hacer constar la autoría del monólogo si cuelgo un video en internet?

Por supuesto que no, pero se agradecerá si lo haces. También puedes poner un enlace a la web.

 

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Le defenderé con éxito


MAXWELL:  Buenas tardes, mi nombre es Maxwell. Soy su abogado. Creo que ya lo sabe: el fiscal ha solicitado contra usted la pena capital. Lo máximo que puede obtenerse, a la vista de los hechos, es una cadena perpetua. La fiscalía no acepta tratos, así que, para conseguir esa cadena perpetua, habrá que pelearla en el tribunal. Y le soy sincero: las posibilidades de éxito son escasas.
Tiene que saber que yo no soy el primer abogado que le asignan. Antes de que me eligieran a mí, nombraron a otro abogado de oficio. Rechazó el caso. Luego le asignaron otro, y otro y otro… Solo yo he querido asumir su defensa. Los crímenes por los que se le acusa –debe saberlo- han causado una alarma social sin precedentes en este Estado. En el país entero, diría yo.
También quiero que sepa que le odio. Le odio profundamente por lo que ha hecho. Para mí, es usted el ser más despreciable de la tierra. Si quiere, puede recusarme, pero sepa que, entonces, tendrá que comparecer en el juicio sin abogado. Y las posibilidades de éxito, en esas circunstancias, se reducen a cero.
Estoy casado desde hace diez años con mi mujer, Linda. Tengo dos hijos. El mayor se llama Martin y el pequeño, Peter. Martin es muy bueno jugando a beisbol. A Peter le encanta tocar el piano, y lo toca muy bien. Son dos niños maravillosos. Tienen siete y cinco años. Las mismas edades exactas que tenían Andrew y Steve, los niños que usted… (no termina la frase)
Si dentro de un año usted es ejecutado en la silla eléctrica, su muerte proporcionará un ligero alivio a los padres y madres de este Estado. Ligero. Y a usted lo aliviará completamente. Y yo no quiero concederle ese triunfo. Deseo que usted se pudra en la cárcel el resto de su vida, que sufra lentamente la miseria de ese oscuro laberinto tóxico sin final que es la penitenciaría del Estado. La muerte sería una salida inmerecida. No me impida ayudarle. Haré todo lo posible para ganar este juicio.

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Atacar la cumbre


PABLO:  (afectado) Llevábamos días esperando que mejorara el tiempo. Por fin, el jueves 21 el viento aflojó. No era un buen día, pero al menos había dejado de azotarnos aquel viento huracanado. Y eso nos animó. Las previsiones meteorológicas para el resto de la semana no eran optimistas, así que se nos presentaba una oportunidad única, teníamos una pequeña ventana para intentarlo, era “ahora o nunca”.

Había mucho riesgo, sí. Así que lo hablamos. Lo discutimos los seis. Somos un equipo, éramos un equipo. Hasta ese momento, habíamos estado de acuerdo en todo, nunca había estado en una expedición tan cohesionda como ésta pero… en aquel momento crucial tuvimos opiniones diferentes. No criticaré la capacidad de nadie. Todos éramos grandes alpinistas, con mucha experiencia a nuestras espaldas, pero en aquellas circunstancias quedó claro que teníamos maneras diferentes de entender la aventura. Cinco contra uno. Me quedé solo. Lo lógico habría sido acatar la decisión del grupo y mantener el bloque pero… pero… los que conozcan la alta montaña sabrán que, a siete mil metros de altura te estás jugando la vida y lo justo es que cada uno pueda decidir por sí mismo sobre sí mismo, así que… optamos por separarnos.

(Triste, nostálgico).

Aún recuerdo sus caras cuando nos separamos. Si estuvieran aquí, podríamos escuchar su relato pero… no están.

(Detiene la narración un instante, embargado por el recuerdo doloroso)

¿Qué pasó? Me despedí así, con el brazo, y… emprendí el camino de la cumbre en solitario. Fue una ascensión dura. Llegué a la cima a la una del mediodía -el primer europeo en alcanzar la cumbre del Kananda sin oxígeno-. Ellos se fueron a casa. No he vuelto a saber de ellos… No me hablan… Creo que se han enfadado conmigo…

(Nota: Arranca como una narración trágica pero, en realidad, se trata de una infantil cuestión de envidia. La gracia está en que, por unos momentos, parezca que los compañeros murieron al intentar alcanzar la cumbre)
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Se acabó el sueño


TONY:  Mira que me gusta esta piscina… y qué pocas veces me he bañado en ella. ¿Me puedes prestar atención, cariño? Sé que no te gusta que te hable de mi trabajo, pero hay algo que tengo que contarte. Ahora. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Qué noche. Qué fiestas, aquellas. Qué guapa estabas. Llevábamos rato hablando y, de repente, te dije que no era productor musical y te cambió la cara: “¿Tú no eres Tony Baldaci?” Casi se te cae la copa al suelo. Te dije: “Sí. Pero no soy productor musical”. ¿Recuerdas qué te dije?: “Mi trabajo consiste en convertir los sueños en realidad”. Y tú me contestaste: “Me gustaría comprobarlo…”.

No soy mago, cariño. Tampoco es suerte. Mi trabajo es sencillo pero laborioso -ha sido el mismo durante treinta años-: ver tocar muchos grupos en directo, escuchar muchas maquetas, tener mucha paciencia y, en cuanto detecto un diamante en bruto, poner dinero sobre la mesa y lanzar la apuesta. La mayoría de las veces he ganado. Y cuando no he ganado sólo he perdido el dinero de la apuesta. No más. Porque siempre he mantenido mi dinero al margen. Hasta Jimmie Max. No sé qué talento artístico le has visto a este chico, cariño, ni en qué estaba pensando yo para romper la regla y apostarlo todo. Quizá fue tu amenaza –hoy lo siento como una amenaza, sí-: “O lanzas a este chico al estrellato o me entristeceré mucho”. Y para lanzarlo al estrellato hacía falta dinero, mucho dinero. Más del que he gastado jamás. Y ni con esas. Ahora ya tenemos las cifras. Ha sido un desastre. Hemos cancelado las giras, lo hemos cancelado todo. He dilapidado el dinero de la compañía… y el mío, el nuestro. Espero que, al menos, no estés triste: Lo he intentado, cariño. Disfruta ese gintonic, es tuyo; el siguiente… no. No es una amenaza. Es la realidad.
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La pastilla


BOXER:  ¡Apaga la luz, corre la cortina! Escúchame bien: No he tomado la pastilla. Calla, calla, escúchame: Esta mañana no he ido a la toma. Es todo mentira. He estado investigando, no hubo ninguna explosión, ningún meteorito. Es mentira, todo mentira. Jamás hubo una brecha en la atmósfera. Se lo inventaron. El aire está perfectamente bien. La pastilla no sirve para nada. Es todo un montaje. Quieren controlarnos. La gente tiene miedo, y el miedo paraliza. Eso es lo que han conseguido. Quieren que creamos que nuestra vida depende de esa pastilla. Y no es verdad. La pastilla sólo sirve para mantenernos sumisos, paralizados. Mientras creamos que la pastilla no salva la vida cada mañana, les pertenecemos, ¿no te das cuenta? Piénsalo: ¿Por qué tenemos que tragarnos la pastilla delante de un funcionario? ¿Por qué no podemos tomarla en casa? ¿Por nuestro bien? ¿Por si alguno decide acabar con su vida no tomando la pastilla? Muy bien. ¿Sabes que le pasará al que haga eso? ¿Sabes qué le pasará? Nada. Seguirá igual, porque este aire no mata. Esta mañana no he ido a la toma, llevo casi dos días sin pastilla… y… mírame, estoy bien. No soy un superhombre. Soy la prueba clara de que todos podemos vivir sin pastilla… Porque esto no ha sido más que una invención del Gobierno.

Hay que acabar con este engaño. Mañana iré a la ceremonia del Quinto Aniversario. Sí, sé cómo entrar, lo tengo todo calculado. Iré hasta la escalinata y, en el momento de la ofrenda, con todas las televisiones allí, lo proclamaré, haré que todo el mundo lo sepa. Y pondré fin a esta mentira.

Sé lo que me pasará después. Llevan todo el día buscándome… para matarme. Estoy teniendo suerte. Nadie consigue escapar durante tanto tiempo -por eso nadie sobrevive si no toma la pastilla-. Tranquila, aquí no se les ocurrirá buscar, aquí no. Estoy a salvo, estás a salvo. Déjame pasar la noche. Sólo esta noche, mañana me iré. Déjame, por favor. Podemos elegir. El aire está limpio, no les necesitamos, somos libres. Cuelga el teléfono. Por favor, cuélgalo. Puedes hacerlo.
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El color de los ojos


Situación tensa para SERGIO. Se le ve muy serio.

SERGIO:  (evitando la mirada de ella) Sé dónde está enterrada tu hermana. (Sergio quisiera terminar de hablar en este momento, pero ella le sigue interrogando con la mirada) He contestado a tu pregunta: Sí, sé dónde está enterrada tu hermana. (Haciendo un esfuerzo, la mira a la cara) ¿No es suficiente? ¿Tengo que decirte dónde?

Te voy a ser sincero -como siempre-: Me molesta tu pregunta. Me recuerda a las comprobaciones que se hacen cuando olvidas la contraseña del correo electrónico: “¿A qué colegio fuiste de pequeño?”, “¿Cuál es el nombre de tu mascota?”… “¿Dónde está enterrada la hermana de tu mujer?”

(Directo) ¿A qué viene esto, Sandra? ¿Me estás poniendo a prueba? ¿Tan mal estamos? Creo que antes se preguntaba: (cerrando los ojos) “Cariño, ¿de qué color son mis ojos?” Y si fallabas (abre los ojos), la habías cagado. Me parece rarísimo que haya personas que no recuerden el color de los ojos de su pareja. Pero… si existe esa pregunta será porque eso pasa. Tus ojos son ojos azules -te lo digo aunque no me lo hayas preguntado-. Un azul intenso, vivo. Demasiado llamativos para pillarme con eso, ¿no?

¿Sabes? Me gusta tener esos ojos cerca, son los ojos más bonitos del mundo, pero no porque sean bonitos sino porque son los tuyos. Me gusta tenerte cerca. Recuerdo cuando me hablaste por primera vez de tu hermana. Recuerdo el día en que me contaste lo del accidente. Valoro mucho que lo hicieras porque luego he visto que es algo de lo que te cuesta hablar. También me contaste en qué cementerio está enterrada. ¿Te acuerdas? Fue el día que estrenamos esta casa. Estábamos sentados ahí. La echabas de menos y me lo contaste todo. No has olvidado ese día, y yo tampoco.

Contesto a la pregunta que me has hecho, Sandra: Tu hermana está enterrada en el cementerio de San Carlos. En la sección C, exactamente, fila 12, número 3. (A ella le sorprende que él conozca tanto detalle) Lo recuerdo bien porque fui a llevarle flores el 1 de noviembre, por todos los santos, hace tres años, cuando tú no pudiste ir porque estabas de viaje en Chicago, ¿te acuerdas? Haz memoria. Me llamaste por la noche –en Chicago era mediodía, creo- y me pediste que le llevara flores. Me lo suplicaste. Para ti era muy importante que tu hermana tuviera flores nuevas ese día. No hacía falta que suplicaras, cariño. Salté de la cama y fui corriendo al cementerio. Doscientos kilómetros. Llegué de madrugada. Salté la verja. Recorrí el cementerio a oscuras con una linterna. Y le dejé las flores. ¿Te suena? Te llamé luego para contártelo. Tú casi habías olvidado que me habías pedido eso. Estabas tan ocupada con la feria, las reuniones, los clientes… que no pensaste más en tu hermana, ni en mí. ¿Te acuerdas..? Te supo mal, te sentiste fatal, y a mí me encantó… porque significaba que te habías quedado tranquila, porque confiabas en mí. ¿Te acuerdas ahora? ¿Te vas acordando?

Pues, sí. Resulta que sí sé dónde está enterrada tu hermana. Mírame. Mírame, por favor, no gires la cara. Se empieza haciendo eso y se acaba olvidando el color de los ojos de quien tienes a tu lado…
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Una pieza insignificante


Francisco es un hombre de unos 40 años. Está en la cafetería de un aeropuerto, sentado junto a un ventanal que permite contemplar el aterrizaje y despegue de los aviones. En la mano tiene un largo y extraño tornillo y juega con él como si se tratase de un avión. Se detiene en cuanto ve que un niño le está observando.

FRANCISCO:  (Al niño) Hola, grandullón. Me llamo Francisco. No es un avión, qué va. Un avión es una máquina muy compleja. Los aviones tienen cientos de piezas como ésta. Qué digo cientos, miles. Y todas necesarias. Los aviones son un prodigio de la técnica. (Volviéndose hacia la ventana) Míralo, mira como despega ese. Bruuuum. (Al avión) Adiós… (Vuelve al tornillo de su mano). Esto no es nada. Es solo una pieza insignificante. Se llama: tornillo de sujeción hidráulica. No lo habías oído nunca, ¿verdad? Me llamo Francisco; puedes llamarme Paco, si quieres. Trabajo aquí. Bueno, trabajaba. He trabajado veintidós años en este aeropuerto. Mecánico de mantenimiento. Todos esos aviones que ves ahí pasan por mis manos y mi trabajo es revisarlos para que sigan volando con normalidad. Bueno, era. No sabías que se hacía eso, ¿verdad? Creías que los aviones volaban y ya está. Pues, no. Hay que comprobarlos después de cada viaje: apretar tuercas, engrasar, revisar niveles… Nadie lo sabe, tranquilo. Nadie lo tiene en cuenta. Nadie lo valora. De eso se trata, supongo, de que nadie piense en ello. No tienen que aplaudirte por hacer bien tu trabajo; sólo respetarte. Te prometo, grandullón, que en estos veintidós años siempre he hecho bien mi trabajo. Muy bien. Hoy he venido a recoger mis cosas. Resulta que ya no me necesitan. Qué te parece. Y eso que soy un mecánico de primera. Según ellos soy prescindible. Reducción de personal. Ni siquiera me cambian por otro. Me enteré ayer mismo. Me dejaron una carta en la taquilla. Ya ves, amigo, soy una pieza insignificante. Como este tornillo. ¿Cómo se llama este tornillo? (Responde él mismo) Tornillo de sujeción hidráulica. A ver, dilo tú: “Tornillo de sujeción hidráulica”. Muy bien. (Volviéndose hacia la ventana) Tornillo de sujeción hidráulica, tornillo de sujeción hidráulica…
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