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Una mujer quiere cambiarse el nombre porque está harta de que la confundan con la Tokio de ‘La casa de papel’. Lo que empieza como una explicación razonable termina en un estallido cada vez más absurdo y furioso.
el monólogo
Tokio: Me llamo Tokio. Y cuando comenzó esta historia YA me llamaba así. Mis padres me llamaron Tokio para… recordar el lugar en el que me concibieron: el hostal pensión Tokio, aquí en el centro —creo que todavía existe—. Querían ir a la Pensión Albergue de las Religiosas Ursulinas Católicas pero no quedaban habitaciones aquel día. Menos mal. ¿Imagina el nombre que me habría quedado? Aunque… (piensa) viéndolo ahora, no habría sido peor. A ningún creativo de la tele se habría ocurrido llamar a alguien Religiosa Ursulina Católica. Cada vez que digo mi nombre —Tokio—… puede suponerlo, la broma fácil —“Recuerdos a Nairobi”, “Saludos al Profesor”, jiji, jaja…— hay hasta quien cree que soy peligrosa como la Tokio esa de papel. ¡Y no! ¡Yo no soy como esa Tokio! ¡Yo me llamo Tokio! ¡Me llamo Tokio! ¡Y la farsante ésa, no! ¡Ya estoy harta! Apunte eso: ¡Harta! Quiero cambiar de nombre porque estoy harta. Es un motivo suficiente, verdad, señor(el funcionario no sabe qué responder) ¿Verdad? (amenazadora)

Cómo funciona en escena
Este monólogo funciona cuando la actriz no lo lleva solo al chiste, sino a la exasperación verdadera de alguien que siente invadido algo muy íntimo. Tokio no está contando una anécdota graciosa sobre su nombre: está defendiendo su identidad frente a una asociación cultural que la persigue y la desfigura.
La pieza tiene fuerza por el contraste entre lo absurdo de la situación y la seriedad con la que ella la vive. Ahí aparece el humor, sí, pero también una herida real: que tu nombre deje de nombrarte a ti y empiece a remitir siempre a otra cosa. Esa mezcla de comicidad y hartazgo es la clave.
Es un monólogo que permite mostrar carácter, ritmo, precisión verbal y un cambio progresivo desde la explicación casi ligera hasta una exigencia final cargada de tensión.
- Permite trabajar humor con verdad emocional.
- Da juego a la indignación creciente y al orgullo herido.
- Funciona bien para mostrar presencia, ritmo y personalidad.
- Tiene un remate final potente si se dosifica bien.
No quiere otro nombre: quiere recuperar el suyo.
Trabajar el texto
Conviene empezar desde la necesidad de aclarar un malentendido que para ella ya resulta insoportable. La primera frase tiene que sonar como una corrección que ha tenido que hacer demasiadas veces. Eso coloca desde el principio el cansancio del personaje y evita que el texto parezca una ocurrencia improvisada.
También ayuda mucho cuidar el recorrido interno. Primero explica el origen del nombre, luego ironiza con otras posibilidades peores, después entra en el problema concreto de la referencia cultural y finalmente explota. Ese trayecto debe sentirse como una paciencia que se agota.
La comicidad funciona mejor si no se busca de forma ansiosa. Está en la situación, en los detalles, en el contraste entre lo ridículo y lo serio. Cuanto más honestamente defienda Tokio su caso, más fuerte será el humor y más verdadera resultará la rabia.
El final necesita tensión limpia. Cuando pregunta si estar harta es motivo suficiente, ya no está bromeando. Ahí conviene dejar que aparezca la amenaza sin convertirla en caricatura. Es el momento en que la escena deja de ser simpática y se vuelve urgente para ella.
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¿Es un monólogo original?
Sí. Es un texto original y poco conocido, escrito por Marc Egea para casting, lo que te permite construir una propuesta propia sin las comparaciones de un monólogo famoso.
Quién hay detrás de estos monólogos
Marc Egea, dramaturgo
Llevo más de 20 años escribiendo para el escenario, con textos representados en España y América Latina. Estos monólogos son solo una parte de mi trabajo: si buscas textos para montar, en mi catálogo encontrarás obras de teatro completas, adaptaciones de clásicos y piezas de microteatro.