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Nada cambia


Los trabajadores de una empresa celebran que les acaba de tocar la lotería. Juan Carlos ha dejado la fiesta y ha entrado en el despacho del jefe. Tras intercambiar unas palabras, Juan Carlos se sincera.

JUAN CARLOS:  …No, no tiene mérito, se lo habría dicho la semana pasada si me lo hubiera preguntado, señor, o hace una hora. ¿Le ha gustado oírlo? Se lo repito: No imagino un director mejor para esta empresa que usted. Para mí, nada cambia. Qué pasa, los otros… no han sido tan amables… (Mira por la ventana interior del despacho) Qué cambio. Natalia… pensaba que no se hablaba con nadie y, mírela, no calla; Romero, que no sonríe nunca… vaya carcajadas; y García, subido encima de la mesa, el tío… Y sólo hace una hora estaban todos con la vista pegada al teclado, como siempre…

¿Por qué este cambio? (Piensa) No es el alcohol. Están brindando con sidra -sí, con sidra, compré sidra, es lo único que había en la tienda-. Y me da a mí que tampoco es el premio, se lo digo yo, no es el premio. ¿Por qué este cambio, entonces? ¿O será que no han cambiado y solo están exteriorizando lo que llevan dentro, lo que siempre han llevado dentro? Es eso, sí… ¿Puedo hacerle una pregunta, señor -ya que parece que hoy todo el mundo se sincera-? ¿Qué le duele más, las cosas que les está oyendo decir de usted o que no le ofrecieran comprar ningún décimo de la lotería? No me conteste.

(Mira el reloj) Son las doce y aún no hemos hecho los pedidos de extranjero, ni las entradas de almacén, y falta pasar los albaranes… No, no, no, no tranquilo, ya me ocupo yo, no se levante. Nadie se va a ir de la empresa.

Verá como los convenzo. Parece que soy el único que sabe que no están bebiendo champán. Y supongo que tendré que ser yo quien les diga que… no les ha tocado la lotería. Qué despiste, verdad. ¿No lo sabía? No le miento, soy el encargado de la lotería este mes. Y… se me olvidó ir a comprarla. En fin… que nada cambia. Siempre he pensado que usted eran un buen jefe, el mejor jefe posible. ¿Quiere un poco de sidra, señor?

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La tercera cabina


ADUANERA:  Tengo para ti una noticia buena y una mala. La mala es que sé lo que hay en tu maleta. No te molestes en negarlo, lo he visto por rayos X. Calculo que llevas cuatro quilos. Si te tomaste la molestia de conocer un poco nuestra legislación antes de lanzarte a hacer la tontería que has hecho, sabrás que por cuatro kilos te condenan a 20 años. Veinte largos años en un auténtico infierno. ¿La buena noticia? Lo más probable es que el pesaje oficial diga que llevabas tres kilos. Uno menos. Así que, en vez de 20 años, te caerán 15. Quince años en un auténtico infierno.

¿Te parece justo? A mí no me lo parece. Quizá ahora mismo no quieras ni pensar en ello pero te aseguro que no es justo, no lo es. Gracias a estas “pérdidas”, los funcionarios de pesaje ganan en un minuto lo que un funcionario honrado de aduanas no gana en una vida entera trabajando. He visto a muchas chicas como tú encubrirlos. Por 5 años. 5 miserables años de rebaja. ¿Acaso son pocos, quince años de cárcel? Es un mal negocio, te lo digo yo. Estoy harta de verlo. Luego os arrepentís todas, pero para cuando llegan las lágrimas es tarde. Esos corruptos van a ganar en unos minutos muchísimo más de lo ibas a ganar tú por este transporte, y sin ningún riesgo. Ellos son parte del negocio, bonita. Y tú eres la tonta necesaria. Lo has arriesgado todo para nada. Y la rueda sigue girando. Después de ti vendrá otra, y otra, y otra…

No llores, escúchame. La mala noticia es que he descubierto que llevas cuatro kilos en la maleta, sí. Pero la buena noticia no es que esos cuatro kilos se vayan a quedar en tres. La buena noticia es que sólo lo he visto yo. Nadie más. Y eso significa que vas a tener una segunda oportunidad. Quiero poner fin a estas injusticias. La corrupción lo está pudriendo todo. Escúchame bien, te diré lo que vas a hacer: Te secarás las lágrimas y saldrás de esta habitación con total normalidad. Esto sólo ha sido un control rutinario de pasaporte. Tomarás el pasillo de embarques y te detendrás al llegar a las terminales. Allí, a la izquierda, verás que hay unos baños. Entrarás en el de mujeres. Dentro verás que hay seis cabinas. Entrarás en la tercera. En la tercera empezando por la izquierda, no te equivoques. Una vez dentro, abrirás el depósito de agua y meterás dentro, con cuidado, esos cuatro paquetes. Luego saldrás del baño, irás a tu mostrador de embarque, tomarás el avión con el resto de pasajeros y no volverás a pisar este país nunca más. ¿De acuerdo? No llores. Anda, ve. No me lo agradezcas. No lo hago por ti, ni por mí: Sólo hago lo que es correcto. La tercera cabina, recuerda, la tercera, no te equivoques.

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Antes de contestar


DANI:  Antes de que contestes, te voy a contar una cosa: estaba el otro día en una cafetería sin hacer nada, perdiendo miserablemente el tiempo -era un viernes por la noche, sí, era un viernes por la noche-, sin ni siquiera fumar –porque ahora no se puede fumar en los bares-, cuando de repente veo que entra por la puerta una chica guapísima, con un vestido negro ajustado, tacón alto, rubia, unos pechos impresionantes… la bomba, vamos, el tipo de chica con la que siempre has soñado y nunca ves andando por el mundo real, sólo en las revistas, ¿sabes? Pues bueno, la chica, desde la puerta mismo, busca con la mirada por entre todas las mesas y, al final, parece que se decide, acaba de entrar, se me acerca y me pregunta: “¿Eres Carlos?” No soy un aventurero ni un mentiroso, pero en aquel momento pensé que si dejaba pasar una oportunidad como esa, me arrepentiría toda la vida, así que le dije: “Sí”. Y me arreó un bofetón que me dejó el tímpano silbando. Qué hostión me dio. Y estaba la tía insultándome de mala manera cuando aún pude ver que, en el otro extremo del bar, un tipo se levanta sigiloso, paga y se marcha discretamente, mirando de reojo nuestra mesa. Quiero la verdad. La pregunta es muy clara –como ves, no soy un aventurero ni un mentiroso-, dime: “¿Eres Galadriel3540?”

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Como en los Puentes de Madison


Carolina y Mario llevan 4 años viviendo juntos. Las cosas ya no son como antes.

CAROLINA:  No te estoy pidiendo que cambiemos de coche; está bien el que tenemos, vamos, me da igual. En la escena del semáforo… En esa escena -te la explico-, Francesca va con su marido en coche y llegan a un cruce. El semáforo está rojo. LLueve. No hablan, sólo se oye el tic tac del intermitente, el batir de los limpia parabrisas. El semáforo cambia a verde. Los coche de delante no arrancan -el coche de delante no arranca-. El marido se queja: “Pero, ¿a qué está esperando?” Francesca no dice nada. En silencio, ha llevado la mano a la manilla de la puerta porque quiere salir corriendo. Quiere montarse en ese coche que hay delante. Y no va de coches, cariño. Va de… De que no sabes de qué te estoy hablando. Va de es eso, justamente. No es una gran película -ni una gran novela-, tranquilo. No te perdiste nada. Es que… recuerdo que me quedé sola viéndola, en el salón, como tantas veces… Va de eso, de quedarme sola viendo películas. ¿Por qué ya no vemos películas juntos? ¿Cuándo dejamos de hacerlo? Si hubiésemos seguido haciéndolo, sabrías de qué escena te hablo. Sabrías lo que quiero decir. Y probablemente yo no estaría como Francesca, ahora, con la mano en la manilla de la puerta…

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Ponte la ropa


Irene ha suspendido el trabajo de final de carrera de diseño. No está conforme con la nota que le ha puesto su profesor, Gabriel. Va a verlo a su despacho.

GABRIEL:  Tu trabajo merecía más nota. Te he suspendido porque quería que vinieras hoy a mi despacho. El día de mañana, cuando presentes un proyecto, probablemente verás cómo lo rechazan, sin más, porque sí. Los clientes no saben lo que quieren pero sí saben lo que no quieren: cualquier cosa que no hayan diseñado ellos. Cuando eso pase, si crees que tu trabajo es el mejor posible, vas a tener que defenderlo, vas a tener que trabajar duro por él, mucho más que cuando te sentaste a diseñar. Tendrás que explicar la naturaleza de tu diseño -qué significa, qué transmite, qué lo hace especial, qué lo hace perfecto para esa empresa, para ese cliente, para ese momento particular-, y para eso tendrás conocer bien el porqué de la composición que has elegido, el porqué de la textura, el porqué de cada color, de cada trazo, tendrás que sumergirte en tu proceso creativo y vomitar una explicación con palabras, para que el cliente comprenda que ese diseño que le estás mostrando es el que él habría hecho si hubiera tenido el talento que tú tienes para dibujar. Tu trabajo no merecía un suspenso. Ni un aprobado. Merecía un sobresaliente, matrícula de honor, es el mejor proyecto que he visto en veinte años que llevo dando clase. Sólo tenías que decirme por qué merecía eso. Sólo quería oirte… hablar. Estás suspendida. Esto no es lo que tenías que hacer. Ponte la ropa, por favor.
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No me entra


Noelia y Álex tienen una cena de exalumnos. A los dos les hace mucha ilusión reencontrarse con los viejos compañeros de instituto. De repente, parece que Noelia deja de estar ilusionada.

NOELIA(irritada, sosteniendo una prenda de ropa, habla a su marido que está en otra habitación) En frío, en frío, en frío… las lavadoras se hacen en frío. Una vez que haces una y… toma, la haces en caliente. No me escuchas, cariño, no me escuchas. Las lavadoras se hacen en frío. Mira, se ha encogido todo. Estos pantalones antes me entraban, esta camiseta me entraba, las braguitas rojas me entraban… y ahora no me entran. No me entra nada. Todo pequeño. La próxima lavadora que compremos no tendrá programa caliente -será de las baratas- para que no puedas cagarla. ¿Me oyes? ¡Me pongo así porque le tenía mucho cariño a esta ropa, qué pasa! ¡Sí, le tenía cariño! ¡Y no quiero comprar ropa nueva! ¡Quiero esta ropa! Álex, no quiero ir. No quiero ir. No voy. Yo no voy. Mañana voy al cine, estrenan la de Amenábar. Sí, la voy a ver. ¿Cuánto hace que la estoy esperando? Me compro unas palomitas y ale, a ver la peli. Ve tú al baile si quieres. Yo no voy. También era tu curso, eh. Mierda de Facebook. Si he estado veinte años sin verlas será por algo. Todas operadas. ¿Has visto las fotos? Yo no voy. Y este espejo, joder, está descolgado, se ha vuelto a descolgar, Álex, mira, hace comba, qué horror, todo se rompe en esta casa. (Su marido le dice algo) ¿Resistencia? ¿Qué es una resistencia? Pues si también tiene rota la resistencia, con más motivo, tiramos la lavadora y compramos una nueva, una de las baratas, que solo lave en frío, para que no la vuelvas a cagar… Mira (vuelve a la prenda de ropa), qué pena. Me quedaba perfecta…

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No puedo hacer nada


ROBERTO:  Te fuiste de esta empresa por tu propia voluntad. Te marchaste por dinero, ni más ni menos que a la competencia, a la todopoderosa competencia. Fue un golpe duro para nosotros. Quién iba a pensar que un año después tu nueva empresa quebraría. ¿Sabes?, tuvimos que ocupar tu puesto. ¿Ves aquel hombre de allí, el de la camisa blanca? Se llama Javier. Es un buen tipo, trabaja bien. No es tan bueno como tú, pero trabaja bien. Hay que tener cojones para venir aquí, joder, Andrés. A ver si lo entiendo: ¿Te falta autoestima o tienes demasiada? Eres la última persona a la que esperaba ver. Nos ha ido bien sin ti, ¿sabes? ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? No hay plazas vacantes. Estamos completos. ¿Qué significa esto, que tengo que echar a alguien? ¿Tengo que despedir a Javier, así, por las buenas, porque el señorito ha vuelto? Sabes que nunca haría eso. Yo nunca haría esa clase de cosas, pero tú… sí. Tú eres de otra manera. Es ese carácter tuyo el que puso sobre mi mesa las mejores cifras de ventas en la historia de esta empresa durante 35 meses seguidos. Lo sé perfectamente. Y yo, que no soy como tú, te dejé hacer. Sin preguntar. Callando. Mirando. Y fíjate dónde nos ha llevado tu inercia: a ser el número uno. Somos líderes del sector, pudiste verlo estando en el otro barco. Pero, con tu perspicacia, estoy seguro de que pudiste ver también que nuestras cifras no son las de antes. Han bajado desde que te fuiste. Y eso al consejo de administración le gusta poco. Pero yo no puedo hacer nada, Andrés. Esta es mi respuesta: No puedo hacer nada. Ahí está Javier –el de la camisa blanca-. Puedes ir y hablar con él, si quieres. Cuéntale todo lo que me has dicho a mí, háblale de coraje, de ambición, dile lo que quieras. Yo no haré nada. Me sentaré aquí, callaré… miraré.
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Tu padre era un tipo estupendo


GERARDO:  (a una niñita en la cuna) ¿Sabes? Tu padre era un tipo estupendo. Salía mucho con tu padre, yo. Salíamos todo el grupo: a cenar, de bares, al cine, a ver fútbol, a jugar a fútbol… Era buenísimo jugando a fútbol, tu padre, ¿lo sabías? Jugaba por la banda, se escapaba de todos, qué bueno era. Joder… Pero lo que más me gustaba de tu padre era que podías hablar con él, en cualquier momento, de cualquier cosa. Anda que no pasé horas hablando con tu padre de todo: de política, de fútbol, de ciencia, de todo.

Y ahora… Ahora… Joder.

Siempre que le llamo me dice que no puede porque… No te lo tomes mal pero… no puede por ti. Se pasaría las veinticuatro horas del día mirándote. Y se gastaría, ¡se gasta!, todo el dinero en ti: “Necesita una cuna”, la mejor cuna; “Necesita un humidificador para la habitación”, humidificador; “y luz natural”; Toma luz natural. Ahí no había ventana, ¿lo sabías? Era todo pared y la hizo agujerear. Por ti. “Necesita ropita”, y joder qué armario. “Y zapatitos”, ¿de verdad necesitas zapatitos, criatura? Si casi no sales de la cuna, que sólo gateas. Y un walkie talkie, ¡un walkie talkie!, ¡pero si no hablas! ¡Para qué coño quieres un walkie talkie!

Él no era así. Lo han cambiado. Tu madre lo ha cambiado. Tu madre –te lo digo en confianza- no me gusta un pelo. Nunca me ha gustado. Ya se lo dije el primer día: “Lleva cuidado con Carmen”. Y vaya si me hizo caso. Tu padre era un tío despreocupado y, míralo ahora, está neurótico, está obsesionado: cunita para la nena, humidificador para la nena, ventana para la nena, ropitas para la nena, ochocientos zapatitos para la nena, un walkie talkie para la nena ¡un walkie talkie! ¡Para qué coño quieres un walkie talkie si no hablas!  (Un impacto lo calla súbitamente)

¿Qué has dicho? (Mira a la niña con aterradora sorpresa. La niña no contesta. Parece que el sonido viene de la cuna) Carmen… ¿Carmen?… ¿Jose?…

(Nota: en el arranque puede parecer que el padre de la niña ha fallecido)

 

 

Logo Marc Egea

 

Preguntas frecuentes:

(responde Marc Egea)

¿Hay que pagar algo para utilizar este monólogo ?

No.

¿Hay que pedir permiso para usar este monólogo?

No hace falta. Puedes utilizar este monólogo breve y los que quieras, sin pedir ningún permiso.

¿Estos monólogos breves sólo pueden utilizarse en castings?

También puedes usarlos en tu videobook y colgarlos en internet, o emplearlos como herramienta en tus clases de teatro. Como tú quieras.

¿Tengo que hacer constar la autoría del monólogo si cuelgo un video en internet?

Por supuesto que no, pero se agradecerá si lo haces. También puedes poner un enlace a la web.

 
 

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Le defenderé con éxito


MAXWELL:  Buenas tardes, mi nombre es Maxwell. Soy su abogado. Creo que ya lo sabe: el fiscal ha solicitado contra usted la pena capital. Lo máximo que puede obtenerse, a la vista de los hechos, es una cadena perpetua. La fiscalía no acepta tratos, así que, para conseguir esa cadena perpetua, habrá que pelearla en el tribunal. Y le soy sincero: las posibilidades de éxito son escasas.
Tiene que saber que yo no soy el primer abogado que le asignan. Antes de que me eligieran a mí, nombraron a otro abogado de oficio. Rechazó el caso. Luego le asignaron otro, y otro y otro… Solo yo he querido asumir su defensa. Los crímenes por los que se le acusa –debe saberlo- han causado una alarma social sin precedentes en este Estado. En el país entero, diría yo.
También quiero que sepa que le odio. Le odio profundamente por lo que ha hecho. Para mí, es usted el ser más despreciable de la tierra. Si quiere, puede recusarme, pero sepa que, entonces, tendrá que comparecer en el juicio sin abogado. Y las posibilidades de éxito, en esas circunstancias, se reducen a cero.
Estoy casado desde hace diez años con mi mujer, Linda. Tengo dos hijos. El mayor se llama Martin y el pequeño, Peter. Martin es muy bueno jugando a beisbol. A Peter le encanta tocar el piano, y lo toca muy bien. Son dos niños maravillosos. Tienen siete y cinco años. Las mismas edades exactas que tenían Andrew y Steve, los niños que usted… (no termina la frase)
Si dentro de un año usted es ejecutado en la silla eléctrica, su muerte proporcionará un ligero alivio a los padres y madres de este Estado. Ligero. Y a usted lo aliviará completamente. Y yo no quiero concederle ese triunfo. Deseo que usted se pudra en la cárcel el resto de su vida, que sufra lentamente la miseria de ese oscuro laberinto tóxico sin final que es la penitenciaría del Estado. La muerte sería una salida inmerecida. No me impida ayudarle. Haré todo lo posible para ganar este juicio.

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Conozco a esa clase de hombres


Inés está preocupada porque Laura, su nueva compañera en la cadena de montaje de la fábrica, tiene una vida triste y aburrida. El viernes por la noche la saca para que se divierta y conozca gente. Están sentadas junto a la barra de un bar. Inés está buscando algún hombre interesante para Laura.

LAURA:  (refiriéndose al último hombre que le ha señalado Inés) Te refieres a ese de ahí, el de la americana oscura… Sí, es guapo, y parece simpático, divertido, pero… no. (Segura de lo que dice) Conozco a esa clase de hombres: Son hombres encantadores que luego resultan tener una cara oculta. Son hombres que te ahora sacan a bailar y te hace flotar por la pista como si fueras la princesa de una monarquía europea, luego te llevan afuera y te dicen las cosas más bonitas del mundo a la luz de la luna, te acompañan a tu casa y te respetan, te sonríen, y se marchan elegantemente, haciendo que los desees con todas tus fuerzas, y empiezas a contar los minutos para que llegue el viernes siguiente y puedas verlos de nuevo, temiendo que quizá estén con otra chica, pero no, están aquí, en el mismo sitio, esperándote con un ramo de flores que lleva escrito tu nombre dentro, y les besas, y les pides que te lleven a sus casas, y hacéis el amor, y los dos decís al mismo tiempo que queréis pasar el resto de vuestra vida juntos, y lo dejas todo por ellos, os casáis, y… meses después, una noche, cuando te preocupas porque es tarde y aún no ha llegado a casa, pasas por delante de un bar y los encuentras bailando con un chica cualquiera a la que mira como si fuera la princesa de una monarquía europea… (Se vuelve hacia Inés) Es Ignacio, mi exmarido. Si hoy te apetece sentirte como una princesa… (invitándola a que salga a bailar)

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Atacar la cumbre


PABLO:  (afectado) Llevábamos días esperando que mejorara el tiempo. Por fin, el jueves 21 el viento aflojó. No era un buen día, pero al menos había dejado de azotarnos aquel viento huracanado. Y eso nos animó. Las previsiones meteorológicas para el resto de la semana no eran optimistas, así que se nos presentaba una oportunidad única, teníamos una pequeña ventana para intentarlo, era “ahora o nunca”.

Había mucho riesgo, sí. Así que lo hablamos. Lo discutimos los seis. Somos un equipo, éramos un equipo. Hasta ese momento, habíamos estado de acuerdo en todo, nunca había estado en una expedición tan cohesionda como ésta pero… en aquel momento crucial tuvimos opiniones diferentes. No criticaré la capacidad de nadie. Todos éramos grandes alpinistas, con mucha experiencia a nuestras espaldas, pero en aquellas circunstancias quedó claro que teníamos maneras diferentes de entender la aventura. Cinco contra uno. Me quedé solo. Lo lógico habría sido acatar la decisión del grupo y mantener el bloque pero… pero… los que conozcan la alta montaña sabrán que, a siete mil metros de altura te estás jugando la vida y lo justo es que cada uno pueda decidir por sí mismo sobre sí mismo, así que… optamos por separarnos.

(Triste, nostálgico).

Aún recuerdo sus caras cuando nos separamos. Si estuvieran aquí, podríamos escuchar su relato pero… no están.

(Detiene la narración un instante, embargado por el recuerdo doloroso)

¿Qué pasó? Me despedí así, con el brazo, y… emprendí el camino de la cumbre en solitario. Fue una ascensión dura. Llegué a la cima a la una del mediodía -el primer europeo en alcanzar la cumbre del Kananda sin oxígeno-. Ellos se fueron a casa. No he vuelto a saber de ellos… No me hablan… Creo que se han enfadado conmigo…

(Nota: Arranca como una narración trágica pero, en realidad, se trata de una infantil cuestión de envidia. La gracia está en que, por unos momentos, parezca que los compañeros murieron al intentar alcanzar la cumbre)
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¿Tiene hijos?


ERICA:  (A su amiga) Estaba muy nerviosa. Es que no era una entrevista de trabajo, era más bien… una ‘conversación’. Y eso es mucho más difícil que una entrevista de trabajo. Se trataba de charlar conmigo y ver cómo era, cómo me desenvolvía. La entrevista la superé, tía. Era la candidata perfecta. Yo y tres chicas más. Pero yo era la mejor posicionada. Estaba a diez minutos de conseguir el trabajo. Sólo tenía que ser yo misma, hablar con naturalidad y sonreír mucho. Eso sí: tenía que arrancar yo la conversación. Joder, con lo que me gusta a mí ponerme a hablar con desconocidos. Y me acordé de un trucó que dicen que siempre funciona en estos casos, que rompe el hielo muy bien: y es preguntar “¿Tiene hijos? ¿Qué edad tienen?” Por lo visto, nunca falla: el otro se pone hablar, se le cae la baba contando lo buenos que son sus nenes, a ti te encanta lo que te cuenta… y se hace muy agradable todo y pasa mucho rato. Así que le pregunto al hombre: “¿Tiene hijos?” Me dice: “No”. Y yo le digo: “¿Qué hacen?” (Pausa) Joder. (Pausa) Ni le escuché. Me quedé muda. No supe qué más decir. Como no hablaba, el hombre al final me dice: “¿Y tú? ¿Tienes hijos?” Y yo: “¿Hijos?” “Nooooooo” “Para mí lo más importante es el trabajo”. (Suplicando tiernamente a su amiga) Por favor, ¿te los puedes quedar hoy… por favor? Será tomar una copa… diez minutos…

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El compás 35


CAROLINA:  Fallé en el 35. Sí. Es verdad. Fallé en el 35. ¿Eso es todo lo que tienes que decirme en este momento? Sé que significa poco para ti pero… ¿has visto lo que ha pasado después de la actuación? ¿Te has fijado en esa gente que se ha acercado a hablarme? (Bajando la voz, como si revelara un secreto) Me estaban felicitando. ¿Qué es eso? ¿Felicitar? (Ella misma responde) Es algo muy raro. Unos dicen: “Qué bien lo has hecho”, otros: “Me ha encantado”, hay quien te confiesa que se ha emocionado escuchándote, y alguno incluso llega a reconocer que te envidia por tocar así el piano. No les cuentes que la partitura está dividida en compases, que la pieza entera está sujeta a una tonalidad, a un tempo, y que tiene que interpretarse con total exactitud, siguiendo escrupulosamente las reglas. Simplemente, les ha gustado… porque no ha sonado mal. No ha sonado nada mal. Ha sonado bastante bien. Ha sonado bien, muy bien… Y si, en ese momento, cuando te están felicitando, se te ocurre decirles que has fallado en el compás 35… te responden que no, ¡lo niegan!, te dicen que no ha habido ningún fallo, que has tocado la pieza maravillosamente bien. Y con el tiempo aprendes a no discutirlo… Porque discutirlo es como poner en duda su sensibilidad, es como decirles que no entienden sus propios sentimientos. Y ellos saben bien lo que han sentido, no sabrán de música pero saben bien lo que sienten. No hace falta saber música para sentir. Todo el mundo siente. “Fallaste en el 35”. ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? Muy bien. Mañana, en clase, lo trabajaremos. Repetiré mil veces la partitura hasta que la toque perfecto para ti. Hoy, para ellos, la he tocado perfecto. Y, hasta hace un momento, era una noche perfecta. Hasta que he hablado contigo.

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Se acabó el sueño


TONY:  Mira que me gusta esta piscina… y qué pocas veces me he bañado en ella. ¿Me puedes prestar atención, cariño? Sé que no te gusta que te hable de mi trabajo, pero hay algo que tengo que contarte. Ahora. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Qué noche. Qué fiestas, aquellas. Qué guapa estabas. Llevábamos rato hablando y, de repente, te dije que no era productor musical y te cambió la cara: “¿Tú no eres Tony Baldaci?” Casi se te cae la copa al suelo. Te dije: “Sí. Pero no soy productor musical”. ¿Recuerdas qué te dije?: “Mi trabajo consiste en convertir los sueños en realidad”. Y tú me contestaste: “Me gustaría comprobarlo…”.

No soy mago, cariño. Tampoco es suerte. Mi trabajo es sencillo pero laborioso -ha sido el mismo durante treinta años-: ver tocar muchos grupos en directo, escuchar muchas maquetas, tener mucha paciencia y, en cuanto detecto un diamante en bruto, poner dinero sobre la mesa y lanzar la apuesta. La mayoría de las veces he ganado. Y cuando no he ganado sólo he perdido el dinero de la apuesta. No más. Porque siempre he mantenido mi dinero al margen. Hasta Jimmie Max. No sé qué talento artístico le has visto a este chico, cariño, ni en qué estaba pensando yo para romper la regla y apostarlo todo. Quizá fue tu amenaza –hoy lo siento como una amenaza, sí-: “O lanzas a este chico al estrellato o me entristeceré mucho”. Y para lanzarlo al estrellato hacía falta dinero, mucho dinero. Más del que he gastado jamás. Y ni con esas. Ahora ya tenemos las cifras. Ha sido un desastre. Hemos cancelado las giras, lo hemos cancelado todo. He dilapidado el dinero de la compañía… y el mío, el nuestro. Espero que, al menos, no estés triste: Lo he intentado, cariño. Disfruta ese gintonic, es tuyo; el siguiente… no. No es una amenaza. Es la realidad.
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Chantaje bibliotecario


EMMA:  No está bien, me parece muy mal. Qué quieren, se quedó detrás de unas cajas, escondido, lo acabo de ver ahora. He venido corriendo a traerlo. Y ustedes, como agradecimiento, me castigan –porque… sí, esto es un castigo- Ya sé que siete años es mucho tiempo, pero me parece injusto: lo llego a saber y no vengo, mire qué le digo, sí, y ese dinero que me ahorro, porque… ¿cuánto dinero es en total? No se preocupe, ya lo calculo yo. Cincuenta céntimos por cada día de retraso, ha dicho, ¿verdad? (Saca su teléfono móvil). A ver, siete años son… (teclea en el móvil, a modo de calculadora) Doce meses por siete…: Ochenta y cuatro meses… Cada mes tiene, de media, treinta días… Eso son…: Dos mil quinientos veinte días… Dos mil quinientos veinte días por cincuenta céntimos día… Total a pagar…: ¡¡Mil dos cientos sesenta euros!! ¡Mil dos cientos sesenta euros por devolver un libro! ¡Y una mierda! ¡Ni se le ocurra cargarme eso en mi cuenta! ¡Qué se ha creído! ¡Borre mi domiciliación ahora mismo! ¡Están locos o qué! ¡Vaya norma de mierda! ¿No se dan cuenta de que con eso sólo van a conseguir que la gente no quiera devolver los libros? Te retrasas un par de semanas y te cuesta más que un libro nuevo; Te despistas unos meses y ya te puedes pedir un crédito. Y yo… ¿qué tengo que hacer yo? Pues suerte que se me ha ocurrido reformar la habitación y ha aparecido el libro… Se supone que una biblioteca tendría que promover buenos valores, y a mí, ahora mismo, me está revolviendo las tripas, me está despertando los peores instintos, mire qué le digo. (Suplicando) Perdóneme, joder, se lo suplico. No me venga con normas ni tonterías. Y usted, para qué está ahí, ¿Es un robot? Venga, por favor, perdóneme. Escúcheme, por favor. ¿No me perdona? Muy bien. Haremos una cosa: Teclee “Ciberíada”. Stanislaw Lem. Y “Cántico por Leibowitz”, de Walter M. Miller. Y “Viaje al país de Orfir”, de Mijaíl Cherbátov. ¿Qué le sale? Oh, llevan siete años fuera. Uy, ahora que pienso, creo que los tengo yo. Qué fastidio. Seguro que hay mucha gente muriéndose de ganas por leer esos libros, qué pena. Mire, le propongo algo: Si quiere recuperar cuatro libros, perdóneme la multa, de lo contrario, en cuanto llegue a casa, empezaré a arrancarles las páginas, una a una, a esos tres libros. Despacito, raaaas… (imitando la rotura de una página con sádico placer).

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