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Una cirujana decide no consolar con mentiras: reconoce su miedo para convertirlo, delante del paciente, en la mayor garantía de concentración y verdad.
el monólogo
Irina: Miedo… (Piensa un instante) Te diré algo: Tengo miedo. Sí. Lo que oyes. A estas alturas, con todo lo que llevo recorrido, tengo miedo. Entrar en un quirófano me da miedo. Siempre me ha dado miedo. Y hoy no es diferente. Si esperabas oír de mi boca: “Será como poner un empaste en un diente”, no lo haré, porque no va a ser como poner un empaste en un diente, va a ser algo mucho más serio, va a ser una operación quirúrgica importante, con riesgo. Y lo sabes. Y lo sé yo. No estoy aquí para mentirte, estoy aquí para operarte. Es lo que yo hago, operar. Llevo unos cuantos años haciéndolo y hasta ahora me ha ido bien –¡aquí estoy!–, nunca he tenido ningún problema. ¿Por qué? Porque en el quirófano, cuando opero, me concentro, me concentro mucho, muchísimo. Y ¿sabes qué es lo que me mantiene concentrada? El miedo. Tengo miedo, sí, déjamelo a mí, tú no tengas. Solo duerme.

Cómo funciona en escena
Este monólogo funciona cuando la actriz no lo plantea como una confesión sentimental, sino como un acto de responsabilidad extrema. Irina no comparte su miedo para desahogarse: lo comparte porque rechaza la mentira tranquilizadora y porque sabe que su autoridad no depende de parecer invulnerable, sino de estar concentrada.
La fuerza del texto está en la paradoja. Una figura que debería transmitir seguridad absoluta reconoce su miedo, pero en lugar de debilitarse se vuelve más sólida. Esa inversión hace muy potente la escena y permite trabajar una mezcla muy fina de humanidad, control y prestigio profesional.
Es una pieza que exige contención, claridad y subtexto. No necesita grandes efectos ni explosiones emocionales. Necesita una presencia serena que deje ver el abismo sin caer dentro de él.
- Permite trabajar autoridad sin rigidez.
- Da juego a la emoción contenida y al pensamiento claro.
- Funciona bien para mostrar madurez escénica y verdad.
- Tiene un remate final limpio, sobrio y eficaz.
No calma negando el peligro: lo sostiene, en voz alta, para convertirlo en compromiso.
Trabajar el texto
Conviene empezar desde la calma, no desde la emoción. Irina está muy entrenada y habla desde un lugar profesional. El miedo existe, pero no la arrastra. Está integrado en su manera de operar, de pensar y de estar delante del paciente. Si la actriz arranca ya demasiado afectada, el texto pierde jerarquía.
También ayuda mucho separar bien los movimientos internos del discurso. Primero reconoce el miedo. Después rechaza la mentira tranquilizadora. Luego define con precisión la gravedad de lo que va a ocurrir. Y finalmente revela el núcleo del personaje: ese miedo no la bloquea, la concentra. Esa progresión debe sentirse.
La autoridad de Irina no está en endurecer la voz, sino en la claridad con la que asume lo real. Por eso conviene evitar cualquier tono altivo o enfático. Cuanto más simple, más directa y más segura sea su palabra, mejor funcionará la pieza.
El final pide mucha limpieza. “Tengo miedo, sí, déjamelo a mí, tú no tengas. Solo duerme.” no debería sonar a frase brillante, sino a cierre necesario. Ahí la actriz puede dejar una impresión muy fuerte si confía en la sencillez y no subraya de más.
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Quién hay detrás de estos monólogos
Marc Egea, dramaturgo
Llevo más de 20 años escribiendo para el escenario, con textos representados en España y América Latina. Estos monólogos son solo una parte de mi trabajo: si buscas textos para montar, en mi catálogo encontrarás obras de teatro completas, adaptaciones de clásicos y piezas de microteatro.