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¿Tiene hijos?


ERICA:  (A su amiga) Estaba muy nerviosa. Es que no era una entrevista de trabajo, era más bien… una ‘conversación’. Y eso es mucho más difícil que una entrevista de trabajo. Se trataba de charlar conmigo y ver cómo era, cómo me desenvolvía. La entrevista la superé, tía. Era la candidata perfecta. Yo y tres chicas más. Pero yo era la mejor posicionada. Estaba a diez minutos de conseguir el trabajo. Sólo tenía que ser yo misma, hablar con naturalidad y sonreír mucho. Eso sí: tenía que arrancar yo la conversación. Joder, con lo que me gusta a mí ponerme a hablar con desconocidos. Y me acordé de un trucó que dicen que siempre funciona en estos casos, que rompe el hielo muy bien: y es preguntar “¿Tiene hijos? ¿Qué edad tienen?” Por lo visto, nunca falla: el otro se pone hablar, se le cae la baba contando lo buenos que son sus nenes, a ti te encanta lo que te cuenta… y se hace muy agradable todo y pasa mucho rato. Así que le pregunto al hombre: “¿Tiene hijos?” Me dice: “No”. Y yo le digo: “¿Qué hacen?” (Pausa) Joder. (Pausa) Ni le escuché. Me quedé muda. No supe qué más decir. Como no hablaba, el hombre al final me dice: “¿Y tú? ¿Tienes hijos?” Y yo: “¿Hijos?” “Nooooooo” “Para mí lo más importante es el trabajo”. (Suplicando tiernamente a su amiga) Por favor, ¿te los puedes quedar hoy… por favor? Será tomar una copa… diez minutos…

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El compás 35


CAROLINA:  Fallé en el 35. Sí. Es verdad. Fallé en el 35. ¿Eso es todo lo que tienes que decirme en este momento? Sé que significa poco para ti pero… ¿has visto lo que ha pasado después de la actuación? ¿Te has fijado en esa gente que se ha acercado a hablarme? (Bajando la voz, como si revelara un secreto) Me estaban felicitando. ¿Qué es eso? ¿Felicitar? (Ella misma responde) Es algo muy raro. Unos dicen: “Qué bien lo has hecho”, otros: “Me ha encantado”, hay quien te confiesa que se ha emocionado escuchándote, y alguno incluso llega a reconocer que te envidia por tocar así el piano. No les cuentes que la partitura está dividida en compases, que la pieza entera está sujeta a una tonalidad, a un tempo, y que tiene que interpretarse con total exactitud, siguiendo escrupulosamente las reglas. Simplemente, les ha gustado… porque no ha sonado mal. No ha sonado nada mal. Ha sonado bastante bien. Ha sonado bien, muy bien… Y si, en ese momento, cuando te están felicitando, se te ocurre decirles que has fallado en el compás 35… te responden que no, ¡lo niegan!, te dicen que no ha habido ningún fallo, que has tocado la pieza maravillosamente bien. Y con el tiempo aprendes a no discutirlo… Porque discutirlo es como poner en duda su sensibilidad, es como decirles que no entienden sus propios sentimientos. Y ellos saben bien lo que han sentido, no sabrán de música pero saben bien lo que sienten. No hace falta saber música para sentir. Todo el mundo siente. “Fallaste en el 35”. ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? Muy bien. Mañana, en clase, lo trabajaremos. Repetiré mil veces la partitura hasta que la toque perfecto para ti. Hoy, para ellos, la he tocado perfecto. Y, hasta hace un momento, era una noche perfecta. Hasta que he hablado contigo.

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Chantaje bibliotecario


EMMA:  No está bien, me parece muy mal. Qué quieren, se quedó detrás de unas cajas, escondido, lo acabo de ver ahora. He venido corriendo a traerlo. Y ustedes, como agradecimiento, me castigan –porque… sí, esto es un castigo- Ya sé que siete años es mucho tiempo, pero me parece injusto: lo llego a saber y no vengo, mire qué le digo, sí, y ese dinero que me ahorro, porque… ¿cuánto dinero es en total? No se preocupe, ya lo calculo yo. Cincuenta céntimos por cada día de retraso, ha dicho, ¿verdad? (Saca su teléfono móvil). A ver, siete años son… (teclea en el móvil, a modo de calculadora) Doce meses por siete…: Ochenta y cuatro meses… Cada mes tiene, de media, treinta días… Eso son…: Dos mil quinientos veinte días… Dos mil quinientos veinte días por cincuenta céntimos día… Total a pagar…: ¡¡Mil dos cientos sesenta euros!! ¡Mil dos cientos sesenta euros por devolver un libro! ¡Y una mierda! ¡Ni se le ocurra cargarme eso en mi cuenta! ¡Qué se ha creído! ¡Borre mi domiciliación ahora mismo! ¡Están locos o qué! ¡Vaya norma de mierda! ¿No se dan cuenta de que con eso sólo van a conseguir que la gente no quiera devolver los libros? Te retrasas un par de semanas y te cuesta más que un libro nuevo; Te despistas unos meses y ya te puedes pedir un crédito. Y yo… ¿qué tengo que hacer yo? Pues suerte que se me ha ocurrido reformar la habitación y ha aparecido el libro… Se supone que una biblioteca tendría que promover buenos valores, y a mí, ahora mismo, me está revolviendo las tripas, me está despertando los peores instintos, mire qué le digo. (Suplicando) Perdóneme, joder, se lo suplico. No me venga con normas ni tonterías. Y usted, para qué está ahí, ¿Es un robot? Venga, por favor, perdóneme. Escúcheme, por favor. ¿No me perdona? Muy bien. Haremos una cosa: Teclee “Ciberíada”. Stanislaw Lem. Y “Cántico por Leibowitz”, de Walter M. Miller. Y “Viaje al país de Orfir”, de Mijaíl Cherbátov. ¿Qué le sale? Oh, llevan siete años fuera. Uy, ahora que pienso, creo que los tengo yo. Qué fastidio. Seguro que hay mucha gente muriéndose de ganas por leer esos libros, qué pena. Mire, le propongo algo: Si quiere recuperar cuatro libros, perdóneme la multa, de lo contrario, en cuanto llegue a casa, empezaré a arrancarles las páginas, una a una, a esos tres libros. Despacito, raaaas… (imitando la rotura de una página con sádico placer).

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Mejoraré la puntería


ANABEL:  ¿No puedo pedir una segunda oportunidad? Que desee una segunda oportunidad no significa que no quisiera a Manuel. ¡Claro que le quería, qué pregunta es esa! Una se casa con el hombre al que quiere. Y yo le quería. Le quise desde el primer día. Me enamoré de él nada más verlo. Recuerdo el día en que lo conocí: Fue cuando llegué a este pueblo. Acababa de bajar del tren. Salí a la calle arrastrando mi maleta y allí había ocho o diez taxis esperando. Y elegí el suyo. Qué puntería, verdad. Sí, sí, no sonría, eso es puntería: Diez taxis y elegí el suyo. No sé si buena o mala pero fue puntería… Porque nada más subir a su taxi supe que aquel era el hombre con el que me quería casar. Y nos casamos. Y nos juramos fidelidad, “en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe”, nunca olvidaré esas palabras resonando en la iglesia, nunca olvidé ese juramento sagrado. Nos vinimos a vivir a esta casa, tan apartada, en medio de la naturaleza, como a él le gustaba. Y yo le quise siempre, sí señor, todos los días le quise… a pesar de que él empezara a olvidar, con las semanas, darme aquel beso de buenos días que tanta falta me hacía; le quise todos los días aunque, con los meses, nuestras conversaciones fueran cada vez más cortas; le quise, juro que le quise en todo momento aunque, con los años, acabáramos compartiendo sólo el rato del desayuno, cuando él volvía del turno de noche y se traía consigo ese extraño olor a sudor y perfume barato. ¡Claro que le quería! ¡Siento terriblemente su pérdida! Hice lo que pude por evitarla. ¿Qué habría hecho usted en mi lugar? Por más que lo pienso no veo manera de culparme: Era un domingo gris y me levanté tarde. Oí ruidos fuera. Salí y lo encontré en el suelo con ese perro horrible encima. El animal le estaba mordiendo el cuello. Cogí la escopeta de caza y disparé. Y le volé la cabeza. Y el perro se fue.

Dios no obliga a saber disparar, señor. Dios obliga a querer. Y juro que le quise, ¡claro que sí!, le quise “en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, hasta”… hasta… hasta aquel domingo. La próxima vez –si hay próxima vez, señor-… tendré mejor puntería… sí, señor.
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¿Señorita?


Gloria lleva media hora encerrada en un ascensor y, no obstante, se la ve extraordinariamente tranquila, feliz. Habla por teléfono con dulzura, sin borrársele la sonrisa de los labios, como si estuviera contándole intimidades a una amiga. Mientras habla, se abrocha lentamente los últimos botones de la blusa.

GLORIA:  Señorita, soy yo otra vez. La llamé hace media hora porque, verá, estoy en un ascensor del número 215 de la calle Juan XXIII, que se ha quedado detenido entre dos plantas. Si, la llamé hace media hora, ¿recuerda? No, no, tranquila, era sólo para comentarle que aún no ha venido nadie y me preguntaba si tardarían mucho esos operarios de emergencias que usted dijo. Sí, antes dijo que, en quince minutos, estarían aquí. No se preocupe, tranquila, lo único que ocurre es que este sitio, realmente, es bastante pequeño y empieza a resultar un poco claustrofóbico. Luego, además, tengo una reunión importante en el último piso y, a esta hora, han empezado sin mí. He intentando llevar la reunión desde aquí, pero es imposible. Tengo toda la documentación arriba, los informes, las presentaciones, todo, ¿sabe? No, no tranquila, no pasa nada, me lo figuro, estas cosas tienen su tiempo, sólo quería saber… el caballero que se ha quedado encerrado aquí conmigo y yo sólo queríamos saber si está la cosa en camino ¿No nos han olvidado, verdad? Se acuerda de nosotros, nos tiene presentes… Bien… ¿Sí?… ¿En todo momento?… ¿Cámara? ¿Qué cámara? (Se abrocha el último botón de la blusa. Busca con la mirada, por un momento, una cámara en algún lugar del techo, de las paredes. Luego mira al hombre que tiene a su lado)

(Al teléfono, de nuevo) Mire, señorita, como no venga nadie a rescatarnos en menos de cinco minutos, le monto un pollo que se va a enterar. ¡Quiere darse prisa!… ¡Ha dicho cámara!
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Nosotras no éramos así


JULIA:  Me dice: “Soy la única a la que no dejan ir”. Y yo le dije: “Me da igual. No tienes edad para salir”. Yo alucino con las otras madres. O sea, que las niñas se les van de discotecas y les da igual. Y no es que salgan por la tarde, el viernes, no, es que salen por la tarde… y siguen por la noche, oye, y vuelven vete a saber a qué hora. Y ya están empezando a salir los sábados, ¿tú crees? Tía, no tiene ni doce años. Yo alucino. Ya la tengo cabreada desde lo del piercing. Tía, ¡un piercing! Que las demás se han puesto uno. ¡Y a mí qué! Que no se ve, que no se ve, que es en el ombligo. Que todas llevan uno. ¡Y a mí qué! ¿Y si las demás se tiran por la ventana, tú te tiras? Y me dijo que sí. ¿Cómo voy a dejarla salir? Y las peleas que tengo con la ropa. Entre semana aún, que me lleva uniforme, pero los fines de semana no te cuento… Bueno, lo que descubrí del uniforme –no te lo he dicho-…: las vi el otro día, todas allí juntitas, y ¿sabes lo que hacen? Se suben la falda del uniforme hasta aquí –cuando salen de clase-. Se la arremangan, le dan vueltas aquí en la cintura y la dejan cortita como una mini falda. Parecen las niñas esas de los mangas japoneses… Que no, que no, ya me puede venir con el cuento de que los padres de las otras son más enrollados. Pero, qué es esto. ¿Hemos perdido el norte? Nosotras no éramos igual… ¿Qué haces moviendo así la cabeza? (La amiga no habla, le basta mover la cabeza para hacerse entender) No jodas…
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No mires en el armario


Carlos regresa a casa después de un viaje. Parece que acaba de sorprender a su mujer con un amante. Ésta, no obstante, se enfrenta a su marido, entre triste y desafiante.

ANA:  No mires en el armario de la habitación, Carlos. (Habla muy despacio, eligiendo bien las palabras) Vete. Sal a dar un paseo. Vuelve a entrar por esa puerta dentro de media hora y haz como si esto no hubiera pasado, como si no estuviera saliendo de la cama, a las seis de la tarde, desnuda, con la respiración alterada… sólo porque no has vuelto en el vuelo en que dijiste que ibas a volver.

Mientras, me vestiré, haré la cama, bajaré a la cocina y me pondré a preparar la cena, tranquilamente, como si no hubiese pasado nada: como si el martes no hubiese tenido el estúpido impulso de llamarte al trabajo para decirte cuánto te quiero y así no hubiese podido averiguar que esa ‘agotadora y estúpida’ feria de muestras era en realidad un viaje a París para dos personas…

Yo no te saldré con aquello de que hay que llevar cuidado en el metro porque está lleno de carteristas, que un día no es suficiente para ver el Louvre, que vale la pena hacer la cola para subir a la torre Eiffel, que lo mejor de París es navegar de noche por el Sena. Tú… Tú, Carlos… No mires en el armario de la habitación. Eso es… abre la puerta y sal. ¿Qué querrás para cenar?

(Puede plantearse también con la premisa de que en el armario no hay nadie) Sigue leyendo

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Mi problema


Vanesa está en la azotea de un edificio de oficinas hablando con un hombre amenaza con suicidarse.

VANESA:  Usted tiene sus problemas, pero no es la única persona que tiene problemas, ¿sabe? Mi problema es éste: He quedado con una amiga, que se llama Cintia, dentro de un rato, para ir a comprar una blusa que vimos la semana pasada. Es la última blusa que queda en la tienda –tendría que verla, es preciosa, una blusa entalladita, color crema, con unos reflejos granates, ¿sabe?, tendría que ver cómo me queda, parece hecha para mí- y me la están guardando, pero sólo me la guardan hasta hoy, mañana ya no me la guardan. La tienda cierra a las nueve y media y yo termino de trabajar a las nueve. Llegamos con el tiempo justo, muy justo, no nos sobra ni un minuto. Piense que aún tengo que cambiarme, porque no voy a ir vestida así. No es que tenga manías, es que no me dejan. Como no me quiere mirar, le digo cómo voy vestida: voy vestida de barrendera municipal. No soy una policía disfrazada de barrendera, ni una psiquiatra o una negociadora de esas de las películas disfrazada de barrendera, no. Soy una barrendera de verdad -si lo prefiere, operaria de la brigada de mantenimiento del Ayuntamiento-. Y pasaba por aquí con mi carrito y mi escoba y he visto el pollo que ha montando. Y me he acordado inmediatamente de la blusa que me está esperando. El asunto es que tengo que dejar esta calle limpia al final de mi turno. El turno termina a las nueve. Son las nueve menos cuarto. Si usted se tira, me va a fastidiar porque me va a llenar la acera de sangre, víscera y pedacitos de cerebro y no me voy a poder ir hasta que lo haya limpiado. Y usted no sabe lo que cuesta limpiar eso. O sea, resumiendo: Si se tira me deja sin blusa. (Un instante de silencio) Piénselo bien. (Con gravedad) Si se quiere tirar, tírese -me da igual-… pero espere a que haya terminado mi turno, por favor. Quince minutos. Usted tiene sus problemas, yo tengo mis problemas, todos tenemos problemas. No nos fastidiemos. (Mira la hora) Qué digo quince minutos: Diez minutos. Aguante diez minutos, señor. No cree problemas donde no los hay.

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Mi hija


Julia es una mujer de cuarenta y tantos años que aparenta tener más edad por culpa de la adicciones y alcoholismo que ha sufrido hasta la fecha. Está en la Terminal de llegadas del aeropuerto sosteniendo un papel en el que pone, escrito a mano: “Marta”.

JULIA:  (A una señora que tiene al lado) Yo también estoy esperando a mi hija. Viene en ese avión. (Explica el motivo de su cartel) No la he visto nunca. Bueno, cuando nació, claro. Me ha enviado alguna foto, me las envió la semana pasada, pero no estoy segura de reconocerla cuando salga por ahí, cambiamos tanto al natural. Yo no le he sabido enviar ninguna foto, no me aclaro mucho con estos aparatos de hoy, soy de otra generación. Antes no teníamos tantas facilidades de comunicación. Antes, un hombre te decía: “Voy a por tabaco” y no lo volvías a ver. Su padre hizo eso, fue a por tabaco cuando me quedé embarazada de ella. Me dijo: “No tardaré”. Y no lo volví a ver. Eran otros tiempos. Ha sido ella que ha querido conocerme. Me buscó. Es la edad, supongo, quiere poner en orden su vida. Tiene un novio muy guapo, en una de las fotos sale con él. Creo que me ha perdonado. No, no es que hiciera nada malo, hice lo que tenía que hacer en ese momento, lo que habría hecho cualquier buena madre: ahora tiene un futuro. Es médico, ¿sabe?, en un hospital, qué responsabilidad, médico, mi pequeña es un médico. Son buena gente, los médicos. A mí me han curado, les debo mucho. Su novio es médico también. Cuánto médico… Y el padre de su novio es un doctor famoso. Son familia de médicos. Gente de mucho dinero. Pero el dinero no es lo primero. Hay cosas más importantes que el dinero. En la foto se les ve muy juntos, él la coge así, por detrás, abrazándola, y ella le mira y se sonríen. Apuesto a que se acaban casando algún día. La foto no miente, se les ve enamorados. Igual viene a decirme que se casa. Si, igual es eso. Y igual… quiere que vaya a la boda… y que conozca a su familia. Sí querrá que conozca a su familia y que… ellos me conozcan… a mí… A mí. (Refiriéndose al panel de llegadas) Ahí pone 11:30, ¿verdad? El vuelo llega a las 11:30. Uh, aún falta mucho. Son las 11. Voy a salir un rato. Voy a fumar un rato afuera. ¿Me lo sujeta, por favor? No tardaré. Gracias…
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Me casé


Eva ha vuelto de unas vacaciones con su novio. Han hecho un viaje por Estado Unidos. Va a ver a su madre, María. María siempre soñó con darle a su hija una preciosa boda con cientos de invitados. Unos rumores llevan días inquietándola.

EVA:  Sí, mami, esos rumores son ciertos: me casé. No te avisé porque ni siquiera yo sabía que me iba a casar. Ni Pedro tampoco. Simplemente, surgió. Salimos del casino, fuimos a dar una vuelta en limusina y… sí, mami, en limusina, es que ganamos en el casino. Gané yo. Pedro jugó a cartas, a dados, a la ruleta, a todo… como una hora o dos, y al final le dije: “Ey, la última ficha para mí”, la metí en la máquina tragaperras, le di a la palanca –como en las películas, zas, zas- y, joder, se encendió una luz roja, sonó una alarma, como si fuera una sirena de la policía y empezó a caer dinero -no he dicho joder, mami, he dicho jolín…-. “Ostras”. Pensé: “Ostras, me la he cargado”. Pero no. Era el premio gordo de la noche. No habíamos recogido todo el dinero que ya teníamos a tres o cuatro tíos ofreciéndonos toda clase lujos: espectáculos, suites, limusinas, cenas de lujo, de todo. Nos cogimos una limusina y nos fuimos a dar una vuelta. Champán, caviar. Y en estas que vimos una capilla, en una calle perdida, con luces de neón y eso, y dijimos “¿…Qué, vamos?” Y fuimos. Entramos. Nos casamos. Y salimos. Nos casó Elvis Presley, mami. El testigo fue una señora gorda que pasaba por la calle. La invitamos a caviar. Y luego nos fuimos a dormir. A una suite.
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Los reyes magos


Ester está sentada cara a cara con su hijo de ocho años. Tiene en la mano la lista de cosas que el niño va a pedir a los reyes magos, pero esta vez se ha acabado: Ester y Sergio, su marido, han decidido contarle al niño la verdad sobre los reyes magos. Sería más fácil si Sergio no se hubiera quedado en el salón viendo el fútbol.

ESTER:  Cariño, hay momentos en la vida en que conviene dejar ciertas cosas cómodas atrás y afrontar la realidad. Y nunca es fácil. Ya tienes ocho años, vida, y es hora de que sepas algo: Los reyes magos somos… Los Reyes Magos son… Los Reyes Magos no… (Baja la vista al papel) Cuántas cosas, eh. Tendría que estar papá aquí contándote esto conmigo y no viendo el fútbol en el salón, sería más fácil… (Sonríe de nuevo) ¿No has oído a los niños decir algo sobre los reyes magos? ¿No te han contado nada raro? Tienes ocho años… (Su marido no viene) Debe de ser un partido muy importante, siempre lo son, él a la suya y yo siempre cargando con todo, y nunca pasa nada porque soy imbé… (Señalando el papel) ¿Qué es esto? ¿Una pistola de agua? Ah… (De fondo sólo oye la retransmisión del partido de fútbol) Fútbol, fútbol, fútbol. Papá metió un gol de penalti hace muchos años, vida, ocho años; no me arrepiento de haber concedido el gol, cómo voy a arrepentirme de eso, pero quizá sí tenía que haberme marchado con el balón a otra parte… (El niño le señala el papel) ¿Un balón? ¿También un balón? (Lee) “El balón de… esta temporada”, ah… Cariño, hay momentos en la vida en que conviene dejar ciertas cosas cómodas atrás y afrontar la realidad. Pero no es fácil. No es nada fácil. Sólo he venido a decirte que…: Ya es hora de irse a dormir, y no olvides dejar un poco de agua para los camellos. Sigue leyendo

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Fijaciones


Cris y Laura son dos amigas que van, todas las noches, a tomar una cerveza al mismo bar. Cris está loca por el camarero.

LAURA:  No es que se fije mucho, es que ayer llevabas el pelo moreno y hoy lo llevas rubio, pero rubio rubio… Y ha dicho: “Vaya cambio”. No ha dicho que le gustara. Vamos, lo correcto, de buena educación. Seguro que, por lo menos, doscientas personas te han dicho lo mismo, hoy, y ¿qué va a ser, que están todas coladas por ti? Nada, olvídalo, tía. No se fija en ti, es que le ha venido perfecto para hacer el comentario… porque siempre hace un comentario, ¿te has fijado? Siempre -sobre el tiempo, sobre las noticias, sobre cualquier cosa-, siempre dice algo: “Hola, ¿dos cañas?”… y pum, el comentario. Sobre todo a principio de semana, si te fijas. En fin de semana va más de culo, con el bar lleno, y no está para muchos comentarios, pero los lunes, los martes…: “El día cada vez es más corto, eh”, “Ya va refrescando”… “Vaya cambio”… No, no se fija mucho en ti, cariño; vamos, lo normal, no especialmente. Sólo intenta ser correcto. Cuando habla con los clientes -¿te has fijado?- pone como una media sonrisa, así (pone una media sonrisa) en plan correcto, para ser correcto. Es una postura porque, si te fijas, cuando viene algún amigo suyo, cuando ha venido algún amigo suyo, le cambia la cara, se le ve de otra manera, como más suelto, sonríe, pero de otra manera, se le marcan aquí dos holluelos pequeñitos –eh que sí-, está más mono, ¿lo has visto? (se da cuenta de que la amiga le está clavando una mirada interrogante) ¿No te has fijado?
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Entrevista a una actriz


SUSANA:  Sí, todas aquellas películas quedaron atrás. No reniego de ellas, qué va. Fueron buenas películas para adolescentes pero, ya digo… para adolescentes, ¿entiende? Ahora mi carrera ha dado un giro. Estoy en la madurez. Ahora preparo a conciencia los papeles. Papeles serios. Me sumerjo en los personajes, en sus circunstancias. Estudio a fondo todo lo que tiene que ver con ellos. Para hacer de Jenny, la prostituta de “Camino de rendición”, estuve tres meses frecuentando el parque de la Libertad, por la noche. Me vestía como una Jenny de verdad y pasaba horas allí. Fue impresionante. Luego, en el rodaje, cuando decían ‘¡acción!’ para mí era como si dijeran ‘¡documental!’. Era… ¡tan real para mí! Aún me escribo mails con algunas de las chicas. Me está sirviendo para tomar conciencia sobre muchas cosas: la problemática de la prostitución, por ejemplo. Ahora lo veo todo de otra manera. Me está ayudando a crecer como persona. Estoy ganando… conciencia social. Profundidad. Si Unicef me lo propone, no dudaré en hacerme algún día embajadora de buena voluntad, qué va, seguro. Desde hace un tiempo elijo las películas con mucho cuidado. Leo muchos guiones. Tendría que ver la cantidad de porquería que me llega. Y hay que seleccionar. De entrada no descarto nada, lo leo todo, porque puede que se esconda una pequeña joya en una montaña de guiones. Y es el caso de esta película. Tenía en casa una montaña de guiones. Los leí todos; y el último, éste. Bueno, la película no es maravillosa, el guión tiene algunos fallos, pero lo compensa el personaje de Eileen. La primera mujer en el corredor de la muerte. Bueno, no la primera, pero sí la más importante. La pena de muerte parece una cosa de hombres, verdad. Pues, no lo es. También hay mujeres en el corredor de la muerte. ¿Cuánto rato ha pensado en ello? Yo no había pensado nada. Y ahora, desde hace unos meses, estoy sumergida. He tomado conciencia, mucha conciencia. La pena de muerte es, es terrible. Había querido hablar con Eileen, la Eileen autentica –porque esta historia está basada en un hecho real- y cuando fui a hablar con ella no pude porque… ya la habían ejecutado. Es terrible la pena de muerte… (abatida) Tuve que interpretar el personaje sin referencias. Aun así, creo que lo hice bastante bien.
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Diez minutos


Andrea se presenta por sorpresa en casa de su hermana. Hace diez años que no se ven. Andrea, de repente, quiere conocer a su sobrino.

ANDREA:  Diez minutos (se la ve cansada). Diez minutos (se esfuerza por ocultar el enfado que lleva dentro). Nueve horas en tren, una hora y media de autocar, y cuarenta y cinco minutos andando –¡a qué puñetero rincón del mundo has ido a vivir!- y me dices que hace diez minutos que has puesto a dormir al niño. Diez minutos. Ya es mala suerte. ¡Por diez minutos! En fin, como veo que no haces el gesto de subir a ver si quizá está despierto –ni se me ocurre pedirte que lo despiertes para mí-, pues nada, yo me iré tal como he venido –andaré los seis kilómetros que hay desde esta preciosa urbanización hasta el pueblo ese tan solitario, cogeré el autobús que lleva a la ciudad, y allí veré si, de madrugada, aún sale algún tren hacia mi casa. No te preocupes. Diez minutos son diez minutos. Lo entiendo (la hermana no dice nada)

Es lo que tiene la vida moderna.¿Te acuerdas de cuando éramos pequeñas? Qué despacio iba todo. En verano. Mamá nos daba la merienda y nos pasábamos la tarde entera con el bocadillo en la mano, sin decir nada, hasta que se hacía de noche. Y no pasaba nada. No hacía falta que pasara nada. Nos sobraba el tiempo. Estábamos bien. Ahora, nada está bien. Parece que en diez minutos puede cambiar todo.

¿Quién la dijo más gorda aquel día, Marta? ¿Quién empezó, tú o yo? ¿Qué coño nos dijimos? Ya no me acuerdo. ¿Tuvo algo que ver tu marido? ¿Tuvo algo que ver mi trabajo? Joder, ni me acuerdo. ¡Sólo discutimos diez minutos! ¡Qué son diez minutos en diez años! (Ríe)

Ayer fui al médico. El dolor de cabeza ese que tenía… No lees mis mails, verdad. Ayer fui al médico. Llevaba unos días con un… Llevo una temporada con dolores de cabeza. Me hicieron unas pruebas. Me dieron el resultado muy rápido. Al salir del hospital, ¿sabes qué hice? ¿Sabes qué fue lo primero que hice? Coger un tren, y un autocar y encarar una carretera interminable. Me acordé de mi pequeño sobrino. Eso hice. Y pensé que me gustaría verlo una sola vez antes de irme. Ya ves. Qué lástima. Por diez minutos, Marta. Diez minutos. (Mira el reloj) Perderé el autobús. Me voy. No te muevas…
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Cógelo


Laura y Pedro son una joven pareja. Se conocieron en el instituto, siete años atrás, y desde entonces están juntos. Laura renunció, de muy joven, a su sueño de ser diseñadora de moda para trabajar en un supermercado. A Pedro, sin embargo, acaban de ofrecerle ahora el trabajo soñado en Estados Unidos. Está tan emocionado que parece no acordarse de Laura para la nueva aventura.

LAURA:   ¿Mi opinión? Diles que sí. Es lo tuyo. Siempre has querido hacer esto. ¿Qué son tres años? Puedo ir a verte. En verano, o en navidad, o en el Thanks givin day… Me acuerdo, en el instituto, que siempre estabas haciendo dibujos… Y un día te pillaron. ¿Te acuerdas? ¿Quién fue? ¿El de mates? ¿Fue en lengua? Sí, fue en clase de lengua. El profe levantó tus apuntes y nos dijo a todos: “Mirad cómo se desperdicia una vida”. No sé cómo pudiste aguantar eso. Y tus padres, cuando se enteraron de que no estabas yendo a Derecho. Tiene que ser duro que te dejen de hablar unos padres. La escuela del cómic no era un antro para fracasados, yo lo sabía. Ni trabajar en revistas sin cobrar, ni vivir en un piso como éste, tan apretados, los dos, en un barrio como éste…

Cógelo. Sería un error no cogerlo. Si te viera ahora el profe de lengua. ¿Cómo se llamaba? Ni me acuerdo. ¿Se acordará él de tu nombre? ¿Saldrá tu nombre en los títulos de crédito? ¿Dan Oscars también a los dibujantes? Cógelo, no lo dudes. No cogerlo sería como no haberte apuntado a la escuela de cómic por no disgustar a tus padres. No lo hiciste entonces, no lo hagas ahora. Y mira qué contentos están ahora. Podré ir a verte, cambiando unos cuantos turnos en el súper puedo reunir cinco días. ¿Será suficiente? No hay que pensar en los otros cuando se persigue un sueño, Pedro. Un sueño es cualquier cosa que uno desea con el corazón: ser abogado, ser dibujante… o… diseñadora de modas. No renuncies a tu sueño por otra persona. No lo hagas. Lo lamentarías. Ahora sonríes pero acabarías llorando. Lo sé… No, no, estoy bien. Estoy feliz de poder darte un bueno consejo: cógelo. (Llora)
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