
PARA ACTRIZ
Mejoraré la puntería
Anabel insiste en que quiso a su marido y merece otra oportunidad. El recuerdo del matrimonio conduce a una explicación muy particular de su muerte.
Comedia y Drama
Una mujer responde a alguien que cuestiona su responsabilidad
Edad
Personaje adulto con años de matrimonio a sus espaldas; admite distintas edades de interpretación.
Duración
3:30 min – 4:45 min, aproximadamente.
Duración orientativa estimada, con margen para los recuerdos, la revelación del disparo y el cierre sobre la puntería.
Qué puedes trabajar con este monólogo
Revelación progresiva
Cambiar el sentido del relato al precisar a quién alcanzó el disparo.
Ritmo y repetición
Transformar la insistencia en el amor a medida que aparecen los agravios.
Situación
Anabel responde a un interlocutor al que trata de usted. Defiende su amor por Manuel, repasa el deterioro del matrimonio y relata el disparo con el que murió su marido.
El monólogo
Anabel: ¿No puedo pedir una segunda oportunidad? Que desee una segunda oportunidad no significa que no quisiera a Manuel. ¡Claro que le quería, qué pregunta es esa! Una se casa con el hombre al que quiere. Y yo le quería. Le quise desde el día en que le conocí. Me enamoré de él nada más verlo. Recuerdo ese día: Fue cuando llegué a este pueblo. Yo acababa de bajar del tren. Salí a la calle arrastrando mi maleta y allí había ocho o diez taxis esperando. Y elegí el suyo. Qué puntería, verdad. Sí, sí, no sonría, eso es puntería: Diez taxis y elegí el suyo. No sé si buena o mala pero fue puntería… Porque nada más subir a su taxi supe que aquel era el hombre con el que me quería casar algún día. Y nos casamos. Y nos juramos fidelidad, “en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe”, nunca olvidaré esas palabras resonando en la iglesia, nunca olvidé ese juramento sagrado. Nos vinimos a vivir a esta casa, tan apartada, en medio de la naturaleza, como a él le gustaba. Y yo le quise siempre, sí señor, todos los días de mi vida le quise… a pesar de que él empezara a olvidar, con las semanas, darme aquel beso de buenos días que tanta falta me hacía; le quise todos los días aunque, con los meses, nuestras conversaciones fueran cada vez más cortas; le quise, juro que le quise en todo momento aunque, con los años, acabáramos compartiendo sólo el rato del desayuno, cuando él volvía del turno de noche y traía consigo ese extraño olor a sudor y perfume barato. ¡Claro que le quería! ¡Siento terriblemente su pérdida! Hice lo que pude por evitarla. ¿Qué habría hecho usted en mi lugar? Por más que lo pienso no veo manera de culparme: Era un domingo gris y me levanté tarde. Oí ruidos fuera. Salí y lo encontré en el suelo con ese lobo horrible encima. El animal le estaba mordiendo el cuello. Tomé la escopeta de caza y disparé. Y le volé la cabeza.
Y el lobo se fue.
Dios no obliga a saber disparar, señor. Dios obliga a querer. Y juro que le quise, ¡claro que sí!, le quise “en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, hasta”… hasta… hasta aquel domingo. La próxima vez –si hay próxima vez, señor–… tendré mejor puntería… sí, señor.
Claves escénicas
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¿Quién hay detrás de estos monólogos?
Marc Egea, dramaturgo
Escribo teatro desde 2004 y mis obras se han representado en más de veinte países. Estos monólogos son una parte de mi trabajo. Si buscas un texto para montar, puedes explorar mi repertorio de obras originales, adaptaciones y microteatro.

