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Sangre en las duchas


Primer capítulo del libro “Mientras no escribo: La verdad sobre ‘Carrie’ y ‘El Resplandor’ de Stephen King” (“On watching. The truth about Stephen Kings’s youth masterpieces“), del historiador y periodista canadiense Buck Richman, traducido al español. Título del capítulo: ‘Blood in the shower’.

Sangre en las duchas

Era mediodía del tercer sábado de septiembre de 1963. Los muchachos de undécimo grado del Instituto Lisbon Falls de Maine habían celebrado un entrenamiento matutino de baloncesto, que terminó con un partidillo informal entre ellos. Los chicos se estaban vistiendo en el vestuario tras una reparadora ducha y comentaban los planes para la tarde, entre risas y bromas. Probablemente irían a ver una película de miedo al cine de reestreno y acabarían en casa de alguno de ellos para comentar la película acaloradamente. Es lo que hacían todos los sábados. Aquellos no eran los muchachos más populares del instituto. Años atrás, el equipo de baloncesto era el más popular de todos los equipos de Lisbon Falls. Pero había perdido ese honor en favor del equipo de fútbol americano. La culpa la tuvo un joven llamado Brad Tailor. “Braddie”, como se le conocía popularmente, era un estudiante promedio, con un don prodigioso para el baloncesto. Su entrenador decía que era tan extraordinario jugando a aquel deporte que sin duda llegaría a triunfar en las ligas universitarias. Un día, en una inspección rutinaria, encontraron un kilo de marihuana en la taquilla de “Braddie”, escondida tras los libros de educación cívica. Y la joven promesa fue apartada del equipo sine díe. Aquella semana, el Lisbon Falls debía disputar la clasificación para la final del campeonato escolar. Las súplicas del entrenador no ablandaron al director del instituto, que se negó rotundamente a conmutarle el castigo. El equipo jugó contra el Stanton y perdió por 104 a 48. Un desastre. Pero lo peor no fue el resultado. En el cuarto tiempo del partido, “Braddie” Tailor, evidentemente despechado, organizó un tumulto en la grada que terminó con cuatro personas hospitalizadas. Entre ellas, el director del instituto, quien fue golpeado en la cabeza con un botiquín. No se supo quién lo hizo. Se sospecha que fue “Braddie” Tailor, pero no pudo comprobarse. Lo que sí se supo es que Tailor cayó en descrédito, y también el equipo de baloncesto, y los muchachos más populares se fueron decantando desde entonces por deportes menos estigmatizados, como el fútbol americano o el béisbol.

El baloncesto, en 1963, era un deporte “relajado”, por usar la expresión que empleaban los propios miembros del equipo. “Es el deporte en el que menos te cansas”, afirmó un día Josh Walters, el capitán del equipo, un muchacho orondo de sonrisa permanente, que sentía más querencia por los donuts de la pastelería que por el aro del equipo rival. Las películas, los comics, el programa televisivo The Twilight Zone y los refrescos completaban las aficiones de aquellos muchachos poco llamados a derramar sudor en la cancha. Entre sus aficiones no se encontraban las chicas.

Antes de ver una película de miedo, los chicos solían especular acerca del número de muertes que verían en pantalla y, particularmente, sobre la forma en que se producirían esas muertes. Y jugaban a escenificarlas. Josh Walters sugirió de repente una muerte por aplastamiento y se lanzó sobre Frankie Raguso, el escuálido base del equipo, que no pudo esquivar los casi cien kilos de ingenio de Walters. El resto de muchachos reían y terminaban de vestirse. Uno de los chicos, sin embargo, continuaba en la ducha. Era el más alto de todos, el pívot del equipo. “Con visión telescópica de serie”, solía decir Walters, porque el muchacho llevaba siempre gafas de pasta, incluso para jugar al baloncesto. Las llevaba puestas también bajo el agua, en aquel momento. Estaba tan absorto en sus pensamientos que había olvidado quitárselas antes de acceder al habitáculo de las duchas. El chico estaba allí parado, en soledad, con la cabeza inclinada, dejando que el agua se precipitara sobre su cuerpo y cayera al suelo. Gotas de sangre formaban círculos del tamaño de una moneda, que luego se diluían en la corriente hasta perderse por el desagüe. Sangraba abundantemente. Y también derramaba lágrimas. “¡Eh, Stevie!”, gritó uno de sus compañeros desde el vestuario. “¿Estás bien?” “Sí”, respondió el chico, tratando de secar su llanto por debajo de las gafas empañadas. “¿Quieres que te acompañemos a la enfermería?”, preguntó otro desde la distancia, sin que ninguno hiciera amago de acercarse. El chico había recibido un balonazo en el entrenamiento, y su nariz había cedido. Quizá se había roto. “¡No, estoy bien!”, gritó desde la ducha. “¡Ya dejó de sangrar! ¡Marchad sin mí! ¡Luego nos vemos!” Los compañeros no insistieron. Se fueron entre bromas y el vestuario quedó en silencio, permitiendo que cobraran fuerza los ecos y el ruido subterráneo del chapoteo del agua sobre las baldosas. El muchacho lloró entonces abiertamente. Se llamaba: Stephen King.

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