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Sangre en las duchas


Primer capítulo traducido al español del libro “Mientras no escribo: La verdad sobre ‘Carrie’ y ‘El Resplandor’ de Stephen King” (“On watching. The truth about Stephen Kings’s youth masterpieces“), del historiador y periodista canadiense Buck Richman. Título del capítulo: ‘Blood in the shower’.

Sangre en las duchas

Era mediodía del tercer sábado de septiembre de 1963. Los muchachos de undécimo grado del Instituto Lisbon Falls de Maine habían celebrado un entrenamiento matutino de baloncesto, que terminó con un partidillo informal entre ellos. Los chicos se estaban vistiendo en el vestuario tras una reparadora ducha y comentaban los planes para la tarde, entre risas y bromas. Probablemente irían a ver una película de miedo al cine de reestreno del pueblo y acabarían en casa de alguno de ellos para comentar la película acaloradamente. Es lo que hacían todos los sábados. Aquellos no eran los muchachos más populares del instituto. Años atrás, el equipo de baloncesto era el más popular de todos los equipos de Lisbon Falls. Pero había perdido ese honor en favor del equipo de fútbol americano. La culpa la tuvo un joven llamado Brad Tailor. “Braddie”, como se le conocía popularmente, era un estudiante promedio, con un don prodigioso para el baloncesto. Su entrenador decía que era tan extraordinario jugando, que sin duda llegaría a triunfar en las ligas universitarias. Un día, en una inspección rutinaria, encontraron un kilo de marihuana en la taquilla de “Braddie”, escondida tras los libros de educación cívica. Y la joven promesa fue apartada del equipo sine díe. Aquella semana, el Lisbon Falls debía disputar la clasificación para la final del campeonato escolar. Las súplicas del entrenador no ablandaron al director del instituto, que se negó rotundamente a conmutarle el castigo. El equipo jugó contra el Stanton y perdió por 104 a 48. Un desastre. Pero lo peor no fue el resultado. En el cuarto tiempo del partido, “Braddie” Tailor, evidentemente despechado, organizó un tumulto en la grada que terminó con cuatro personas hospitalizadas. Entre ellas, el director del instituto, quien fue golpeado en la cabeza con un botiquín. No se supo quién lo hizo. Se sospecha que fue “Braddie” Tailor, pero no pudo demostrarse. Lo que sí se supo es que Tailor cayó en descrédito, y también el equipo de baloncesto, y los muchachos más populares del instituto se fueron decantando desde entonces por deportes menos estigmatizados, como el fútbol americano o el béisbol.

El baloncesto, en 1963, era un deporte “relajado”, por usar la expresión que empleaban los propios miembros del equipo. “Es el deporte menos cansado”, solía decir Josh Walters, el capitán del equipo, un muchacho orondo de sonrisa permanente, que sentía más deseo por los donuts de la pastelería que por encestar en el aro del equipo rival. Las películas de miedo, las novelas, los comics, el programa televisivo The Twilight Zone y los refrescos completaban las aficiones de los chicos del equipo de baloncesto, unos muchachos poco llamados a derramar sudor en la cancha. Entre las aficiones de esos adolescentes no se encontraban las chicas.

Antes de ver una película de miedo, Walters y los suyos solían especular acerca del número de muertes que verían en pantalla y, particularmente, sobre la forma en que se producirían esas muertes. Y jugaban a escenificarlas. Estaban todavía en el vestuario cuando Josh Walters sugirió de repente una muerte por aplastamiento y se lanzó sobre Frankie Raguso, el escuálido base del equipo, que no pudo esquivar los casi cien kilos de ingenio de Walters. El resto de muchachos reían y terminaban de vestirse. Uno de los chicos, sin embargo, continuaba en la ducha. Era el más alto de todos, el pívot del equipo. “Con visión telescópica de serie”, solía decir Walters, porque el muchacho llevaba siempre gafas de pasta, incluso para jugar al baloncesto. Las llevaba puestas también bajo el agua, en aquel momento. El muchacho estaba tan absorto en sus pensamientos que había olvidado quitárselas antes de acceder al habitáculo de las duchas. Estaba allí solo, parado, con la cabeza inclinada, dejando que el agua se precipitara sobre su cuerpo y cayera al suelo. Gotas de sangre formaban círculos del tamaño de una moneda, que luego se diluían en la corriente hasta perderse por el desagüe. Sangraba abundantemente. Y también derramaba lágrimas. “¡Eh, Stevie!”, gritó uno de sus compañeros desde el vestuario. “¿Estás bien?” “Sí”, respondió el muchacho desde las duchas, tratando de secar su llanto por debajo de las gafas empañadas. “¿Quieres que te acompañemos a la enfermería?”, preguntó otro desde la distancia, sin que ninguno hiciera amago de entrar a buscarlo. El chico había recibido un balonazo en el entrenamiento, y su nariz había cedido. Quizá se había roto. “¡No! ¡Estoy bien!”, gritó desde la distancia. “¡Ya dejó de sangrar! ¡Marchad sin mí! ¡Luego nos vemos!” Los compañeros no insistieron. Se marcharon entre bromas y el vestuario quedó en silencio, y cobraron fuerza los ecos y el ruido subterráneo del chapoteo del agua sobre las baldosas. El muchacho de la ducha lloró entonces abiertamente. Se llamaba: Stephen King.

Stephen Edwin King -éste era su nombre completo- nació dieciséis años antes, el 21 de septiembre de 1947, en la ciudad de Portland. Hijo de Donald y Nellie Ruth King, tuvo una llegada al mundo sorprendente. Los médicos habían asegurado a sus padres que no podrían tener hijos, motivo por el cual la joven pareja adoptó dos años antes a un pequeño, al que llamaron David. Pero los médicos erraron el diagnóstico. En la primavera de 1947, Ruth descubrió que estaba encinta. Y unos meses después dio luz a Stephen en el Hospital General de Maine. El niño nació completamente sano. La felicidad, no obstante, duró poco para Ruth. Apenas dos años después del nacimiento de Stephen, su marido la abandonó a ella y a los niños sin dar explicaciones, dejando a la joven madre en una situación económica preocupante. Cualquier joven de su edad se habría hundido en esas circunstancias, pero Ruth era una luchadora, y puso toda su voluntad en sacar adelante a sus pequeños. Se trasladó a su antiguo pueblo natal, Lisbon Falls, y trató de empezar allí una nueva vida. Para ello, tuvo que aceptar toda clase de empleos con tal de llevar dinero a casa. En ocasiones llegó a acumular hasta tres trabajos simultáneamente. Al principio, contrataba a niñeras para que cuidaran de sus dos hijos mientras ella trabajaba, pero las niñeras solían renunciar al empleo con una rapidez inusitada. Lo más probable es que Ruth les diera a cambio tan poco dinero que las chicas no tardaran en encontrar algo mejor. Pero cabe la posibilidad de que alguna de ellas se sintiera superada por la naturaleza de las trastadas que llevaban a cabo los dos pequeños. En una ocasión, David trepó por el tejado inclinado de un tercer piso mientras Stephen lo animaba desde la ventana del cuarto de baño, apoyándose descalzo en una estufa encendida. Otra vez, en ocasión del cumpleaños de Stephen, David se escapó por una ventana baja y volvió a casa con un conejo de una granja cercana. Le regaló el conejo a su hermano. “Felicidades”, dijo. Stephen montó al animal en su coche de juguete y lo lanzó calle bajo mientras gritaba: “‘¡Conduce, Bugs Bunny, conduce!”. El cochecito acabó bajo las ruedas de un camión. No es sorprendente que, al final, los niños terminaran quedándose solos en casa. Fue entonces cuando empezaron a aficionarse a la lectura. Pero no a los cuentos infantiles de siempre. A los hermanos King les gustaban los libros de misterio y los cómics de terror, en especial las publicaciones de EC Comics. Tenían una curiosa predilección por las escenas macabras que, contra todo pronóstico, captaban su atención de una manera hipnótica. Un día, Stephen, que sólo tendría cinco o seis años, preguntó a su madre si alguna vez había visto morir a alguien. Ruth contestó con naturalidad: Sí. Y le explicó con detalle cómo un día vio a un tipo arrojarse desde el último piso del Hotel Graymre de Portland y reventar contra el asfalto.

En ese contexto tan intelectualmente desinhibido, poco a poco, Stephen fue aficionándose a escribir. Al principio copiaba sus cuentos favoritos en un cuaderno y les cambiaba algunas palabras. Más tarde fue añadiéndoles frases enteras, incluso párrafos. Hasta que un día su madre le devolvió la libreta y le dijo: “Muy bien, Stevie. Ahora escribe tú uno”. Stephen tomó el encargo con abrumadora responsabilidad. Se concentró en la tarea y escribió un cuento de cuatro páginas sobre un gran conejo blanco que iba por el mundo conduciendo un automóvil. Se lo entregó a su madre y ésta se sentó en el salón a leerlo, bajo la luz de la lámpara. Cuando terminó, le preguntó seriamente a su hijo: “¿Éste no es copiado?” Stephen negó con la cabeza. “Pues creo”, añadió Ruth, “que debería ser publicado”. Aquella frase marcó el futuro del pequeño Stephen King.

Stevie pasó algunas temporadas enfermo, y eso le permitió disponer de más tiempo para su nueva y voluntariosa tarea de escribir. Las enfermedades que lo eximían de ir al colegio, si bien no fueron graves, sí le hicieron conocer el miedo en primera persona, sobre todo cuando debía visitar a un otólogo rupestre que le solía introducirle una larguísima jeringuilla en el oído para extraerle pus del tímpano. Muchos años después, Stephen confesó que nunca en su vida había sentido un dolor tan intenso como en aquellas visitas al otólogo, ni siquiera cuando le atropelló una camioneta en verano de 1999. El pequeño novelista guardaría ese miedo en su memoria para utilizarlo un día en las historias que estaba por escribir. Mientras tanto, escribía cuentos. Hasta el momento, sus únicos lectores habían sido su madre y su hermano, y también sus cuatro tías por parte materna, a quienes Ruth enviaba puntualmente los cuentos de su hijo. Era un público selecto, sin duda, pero el joven escritor empezaba a pensar que quizá merecía una audiencia un poco más amplia. Por otro lado, sentía que su universo ficticio era limitado. Hasta la fecha, sólo había escrito historias sobre el conejo blanco viajero que conducía su propio automóvil. Así que trató de solucionar ambas cosas con una sola jugada. Para ello fijó su mirada en Forrest J. Ackerman.

Forrest James Ackerman fue el Guttenberg de la Ciencia Ficción. Nacido en 1916, “Forry” -como le gustaba ser conocido- empezó a leer ciencia ficción a los diez años, y a los once ya escribía sus propios cuentos. Pasó su adolescencia escribiendo historias sobre ataques alienígenas y monstruos de inframundos. Y también sus años de universidad. Lo normal es que a un escritor en ciernes le llegue el día en que guarda los monstruos en un cajón y empieza a escribir cosas serias. Pero a “Forry” no le llegó ese día y permaneció toda su vida fiel a la Ciencia Ficción. Fue una suerte para el género. Y a pesar de que sus relatos tuvieron gran éxito, su contribución más importante a la floreciente industria de los rayos láser y platillos volantes la hizo en el terreno de la edición. A finales de los años cincuenta, “Forry” lanzó la revista Famous Monsters of Filmland. Y posteriormente, Spacemen. Dos auténticos hitos del fandom de las naves espaciales. Ambas revistas estaban entre las favoritas de Stephen King, así que, contagiado por el heroísmo galáctico que emanaban aquellas publicaciones, Stevie escribió un cuento nuevo -que, por primera vez, no trataba sobre el conejo blanco viajero- y lo envió a la editorial de Ackerman. Fue su primer rechazo.

Superado el disgusto inicial, Stephen hizo autocrítica. Realmente, las naves espaciales de su relato eran convencionales, el protagonista insulso y los malos apenas daban miedo. En otras palabras, se parecía demasiado a cualquier relato publicado por una de las muchas revistas baratas que trataban de imitar sin éxito a las de “Forry” Ackerman. Era normal, pues, que se lo hubieran rechazado. Y comprendió que para seducir a un editor de prestigio debía escribir algo nuevo, original, lo nunca visto. Así que hurgó en su imaginación en busca de historias que no se hubiesen contado antes.

Pero no encontró nada. Para su desgracia, descubrió que su mente era una especie de erial. Peor que eso: su mente era como un terreno baldío que hacía pendiente, con un depósito de chatarra al fondo y una vía de tren cortándolo en dos. Así la visualizó Stephen. ¿Qué buena historia podía surgir de un sitio como ése? Ninguna. Y le invadió el desánimo. En aquella época, Stevie conoció a Josh Walters y a Frankie Raguso. Dos chavales de Lisbon Falls a quienes sus padres permitían ir solos al cine del pueblo a ver películas de miedo. Stephen no tardó en unirse a ellos. Y poco a poco fue olvidando su deseo de contar historias. De la mano de sus dos nuevos amigos, pasó de ser contador de ficciones a consumidor compulsivo. Josh Walters era un rollizo judío que siempre estaba de buen humor. Frankie Raguso, un italoamericano invariablemente enfadado. Aquellos dos muchachos formaban una pareja peculiar. Les llamaban el Gordo y el Flaco de Lisbon Falls, cosa que molestaba solamente a Raguso. Aquellos particulares ‘Laurel y Hardy’ le introdujeron en su propio grupo de amigos, aficionados también a las películas de miedo, y Stephen comprobó que había vida inteligente más allá de los confines de su familia. Raguso, Walters y sus amigos eran también grandes aficionados a la lectura, aunque no tanto como Stephen, que podía leer cinco veces seguidas un libro si daba con uno que le gustaba. Pero sí podían repetir películas. Y hablar mucho de ellas. Los sábados por la tarde solía reunirse un buen grupo de chavales en casa de Walters donde, entre gritos, se comentaba hasta el menor detalle de los films de serie B que proyectaba el cine del pueblo. Jugaban, reían, comían y bebían soda hasta altas horas de la madrugada. De ese modo, Stephen pasó meses sin sentir la llamada de la escritura hasta que… un día su madre le dijo que necesitaba sellos.

Ruth debía cumplimentar cinco álbumes de sellos promocionales si quería que le regalaran una lámpara. Ya llevaba cuatro álbumes y medio completados. Pero se acababa el plazo y le faltaban sellos, unos estúpidos sellos verdes que regalaban con las compras del supermercado, y a Ruth el dinero no le daba para comprar tanto como hubiese deseado. “En fin, qué le vamos a hacer”, suspiró, “tendrá que ser otro año”. Bizqueó graciosamente y le sacó la lengua a su hijo para desdramatizar. Stephen vio que su madre tenía la lengua verde de tanto pegar sellos y una idea golpeó en su cabeza. ¿Qué tal si los fabricaban ellos mismos en el sótano de casa? Su madre no estuvo de acuerdo. Eso era falsificar. Y falsificar era un delito. Así que no lo iban a hacer. Pero Stephen se quedó con la idea y empezó a fabular en silencio. Luego corrió al papel y escribió lo que estaba pensando. Así nació el relato Happy Stamps. Stephen volvía a escribir.

En aquellos tiempos, Stephen era lo bastante mayor como para empezar a colaborar económicamente en casa. Algunos de sus amigos tenían pequeños empleos que les permitían pagarse al menos sus gastos personales: uno cortaba el césped de los vecinos, otro era mozo en el colmado del pueblo, Frankie Raguso ayudaba a su padre en no se sabe qué clase de negocios… Stephen, por su parte, encontró un trabajo de media jornada cavando tumbas en el cementerio municipal. Era un trabajo aburrido, cansado, y le dejó espacio para que sus pensamientos nuevamente fluyeran. Empezó a fabular que trabajaba para un científico chalado que le obligaba a desenterrar cuerpos para robar sus órganos. Le resultó gracioso. Hacía, al menos, que el trabajo fuera más llevadero. La fábula, no obstante, se hizo tan grande en su cabeza que le pidió salir al exterior. Así que corrió a su libreta y la volcó en el papel. Le puso por título: Yo fui un ladrón de tumbas adolescente

Stephen llevó los dos relatos a su madre -el del ladrón de tumbas y Happy Stamps- y le pidió que los valorara. Ruth se sentó en el salón a leerlos, bajo la luz de la lámpara. Cuando terminó los dos relatos, miró a su hijo y le dijo muy seriamente: “Son los mejores que has escrito”. Stephen sonrió, feliz. “Tu imaginación es tu mayor don, hijo”, subrayó Ruth. Luego le devolvió la libreta y le besó, orgullosa: “Sigue así, éste es el camino”.

Ése era el camino, sí, pero había un problema. Esos relatos no habían surgido de su imaginación: tenían su origen en hechos reales que había conocido en primera persona. Siempre que se había sentado ante una hoja en blanco para escribir un cuento desde cero, le había resultado imposible. “¿Es que sólo voy a poder escribir a partir de vivencias propias?”, se lamentó. Los escritores auténticos creaban desde la nada. ¿O acaso Lovecraft tuvo que pasar un verano en la ciudad sumergida de R’lyeh antes de escribir La llamada de Cthulhu?

¿Qué iba a hacer? No lo sabía. Lo único cierto es que debía seguir escribiendo, porque escribir era como cualquier actividad, como tocar el piano: había que ejercitarla si quería progresar. Pero para que Stevie pudiera ejercitarse en su particular piano de palabras necesitaba que alguien le pusiera una partitura delante. Entonces su hermano mayor, que era muy listo, salió al rescate. David tenía un cociente intelectual superior a la media y se aburría en el instituto, así que un día se presentó en el cuarto de Stephen con una genial ocurrencia: iban a lanzar una revista. La tituló Dave’s Rag, “el periodicucho de Dave”, y nombró a Stephen redactor jefe de la publicación. Instalaron la redacción en el sótano de casa y encomendó a Stephen la tarea de escribir noticias sobre acontecimientos locales. De esta manera tan peculiar, Stevie se convirtió en un periodista informal adolescente. Aquello no era escribir relatos, pero al menos era escribir. Las noticias del Dave’s Rag fueron todo lo que escribió en los meses siguientes. Y es que en aquellos tiempos Stephen iba a estar demasiado ocupado haciéndose mayor.

Normalmente los niños se hacen mayores de forma natural: entran en la adolescencia, transitan por ella y, a los pocos años, sin saber cómo, la abandonan convertidos en jóvenes adultos. En el caso de Stephen King, hacerse mayor fue una decisión deliberada. La idea la tuvo Frankie Raguso. Hacía tiempo que él y los demás chicos del grupo sentían interés por las chicas. Pero las chicas no correspondían fijándose en ellos. Ni siquiera los miraban. “El problema es que no somos lo bastante mayores para ellas”, sentenció un día Raguso. “Tenemos que hacernos mayores”. Y decidieron que se harían mayores. Aquel mismo día, para qué perder más tiempo. Cambiaron su indumentaria, cambiaron su forma de hablar y cambiaron los refrescos por cerveza cuando iban al bar. También suprimieron los cumpleaños. Y se volvió habitual que emplearan palabrotas y escupieran al suelo con una frecuencia casi rítmica. “¿Los cumpleaños?”, preguntó Alfred Stockton, un chaval rubio recién llegado de Alabama que se acababa de incorporar al grupo. “¿Qué pasa con los cumpleaños?” “Los cumpleaños son cosa de niños”, respondió Raguso, tajante. Y no volvieron a celebrar cumpleaños.

Frankie, Josh, Alfred, Stevie y el resto de muchachos se convirtieron de la noche a la mañana en una copia no motorizada de los moteros rebeldes de la película Salvaje (The wild one), de Marlon Brando. Andaban siempre en grupo, fumaban, y eran capaces de recitar de memoria todas las marcas de whiskey del mercado. Y, aun así, seguían sin despertar el interés de las chicas. “Es porque no tenemos motos”, sugirió un día Stockton. Nadie supo qué decir. Los muchachos más populares del instituto tampoco tenían moto y atraían a las chicas como si fueran imanes magnéticos. ¿Quizá no atraían a las chicas que ninguno de ellos se parecía a Marlon Brando?

A los pocos meses, tuvieron que admitir que ser tipos duros era una actividad cansada y, además, muy cara. El tabaco y la cerveza costaban el triple que los dulces y la soda, y eso de caminar siempre erguidos acababa por causar dolor de espalda. Así que, sin ni siquiera hablarlo, fueron recuperando poco a poco sus viejas indumentarias, los refrescos de toda la vida y la natural manera de andar y conversar que habían empleado desde siempre. Lo único que no recuperaron fueron los cumpleaños. Raguso tenía complejo de pequeño y no transigió con eso.

Y es que, ciertamente, ninguno de ellos recordaba al Marlon Brando de Salvaje, pero había uno que empezaba a parecerse peligrosamente al Marlon Brando que llenaría la pantalla tres décadas después. Era Josh Walters. Su creciente soprepeso había alertado incluso a la directora de estudios, quien un día lo llamó a su despacho, preocupada. “La hora semanal de gimnasia parece no surtir efecto en usted, señor Walters”, dijo mientras observaba abrumada los prominentes michelines del chico. “Le comunico que, por el bien de su salud, deberá usted incrementar las horas de educación física”. Y le obligó, a partir de aquel momento, a hace deporte en horario extraescolar. Walters trató de protestar, pero la directora se mostró firme. Lo hacía por su salud. Y también por la buena imagen del centro, aunque esto último no lo confesó en aquel momento. “Le ayudará también a socializar con otro tipo de alumnos”, añadió. Permitió al menos que Josh eligiera el deporte: atletismo, fútbol, béisbol… Walters se decantó por el que cansaba menos: el baloncesto.

En aquellos tiempos, Walters tenía gran ascendencia sobre sus amigos, debido probablemente al insobornable optimismo que emanaba de sus discursos. Así que reunió a los chicos en el recreo y les expuso durante media hora, para sorpresa de todos, las bondades del baloncesto. Luego les pidió que visualizaran en su mente un equipo competitivo liderado por ellos y habló sobre el orgullo de tomar parte en un proyecto ganador, pero no desde la arrogancia motera que acababan de dejar atrás sino desde la humildad serena y franca que había empezado a inculcar el nuevo Presidente de los Estados Unidos. “No os preguntéis qué podrá hacer vuestro equipo de baloncesto por vosotros”, proclamó parafraseando al Presidente, “Preguntaos qué podréis hacer vosotros por vuestro equipo de baloncesto”. Walters era tan carismático para su grupo como Kennedy lo estaba empezando a ser para los norteamericanos, así que los muchachos unieron sus manos en corro y gritaron entusiasmados: “¡Sí!”. Esa decisión cambió para siempre al equipo de baloncesto. Desde el incidente “Braddie” Tailor, el deporte de la canasta había ido perdiendo jugadores gradualmente. La semana en que ingresó aquel peculiar grupo de jóvenes, huyeron los pocos deportistas serios que quedaban y el pabellón de baloncesto se convirtió en una prolongación del salón de casa de Walters, repleto de refrescos, bolsas de aperitivos y comics por todas partes. Stephen remató el desprestigió del Lisbon Falls Basketball Team cuando publicó la crónica del su primer partido en el “periodicucho de Dave”. La tituló: Eclipse total en el pabellón Lisbon Falls. Significativamente, el baloncesto dejó de figurar en los anuarios del Lisbon Fall High School hasta muchos años después que se marcharan aquellos chavales.

Lo curioso de las bifurcaciones que te presenta la vida es que, a veces, el mejor camino es el que parece menos apropiado. Aquello del baloncesto era, sin duda, una mala idea: los muchachos perdían un partido tras otro, y también perdían trato con el resto de alumnos del instituto, porque ya casi no los veían después de clase. Por perder, perdieron incluso la lucha contra la báscula, particularmente Josh Walters, que ahora tenía una excusa para comer y beber más todavía. Sin embargo, lo que fue un desastre para la sociabilidad y la forma física de los chicos, resultó, en cambio, beneficioso para sus personalidades. De alguna manera, aquella nueva actividad los relajó. Los roles que ejercían en la cancha eran los que se habían naturalizado en su grupo de amigos -Frankie era el base que llevaba la batuta, Josh el escolta que lideraba realmente, Alfred Stockton el alero que se desvivía por sus compañeros y Stevie King el intimidante pívot bonachón que todos querían a su lado- y aquello no hizo sino reforzarlos. El hecho de ejercer esos roles en el contexto de un equipo, con una misión común, concreta, les llevó a sentir que formaban parte de algo, que estaban allí para algo, que el Destino tenía algo importante reservado para ellos.

Stephen lo sintió con particular intensidad dos meses después de empezar el siguiente curso. En noviembre de 1961 llegó una alumna nueva al Lisbon Falls High School. Ingresar en un instituto americano dos meses después de que hayan empezado las clases no es la mejor manera de pasar desapercibido. En realidad, es algo así como encender una bombilla en una habitación oscura. La bombilla que brilló de repente en aquel instituto al oeste de Maine se llamaba: Candy Brown.

Nadie supo en ese momento de dónde procedía Candy Brown. Ni por qué había ingresado en el instituto con dos meses de retraso. La muchacha no era del pueblo. Se dijo que vivía en alguna localidad vecina, con su madre, pero nunca se supo en cuál. Alguien dijo un día que Candy Brown acudía al instituto andando. A diario. Si tenemos en cuenta que el pueblo más cercano estaba a seis millas, aquella nueva alumna debía de recorrer más distancia en una jornada cualquiera que el equipo de baloncesto en un curso entero. Pero ella no lo exteriorizaba. Candy apenas exteriorizaba nada que no fuera serenidad. Llevaba siempre consigo una novela. Cuando no la leía, la pegaba a su pecho, como si fuera un bebé, y miraba a su alrededor con una amable calidez carente de curiosidad. Pero eso ocurría pocas veces porque la mayoría del tiempo estaba leyendo. Alguien dijo que la había visto leyendo incluso en el camino de vuelta a su casa, mientras transitaba impertérrita por el borde de una carretera llena de tráfico pesado.

La colocaron dos filas por delante del pupitre de Stephen, junto a Susan Schneider, una rubia con antepasados alemanes cuyo único mérito académico era saber hablar alemán. Candy no era rubia, pero lo aparentaba. Sus cabellos castaños tenían tonos claros, parecidos a los de la miel, y mostraban esa misma graciosa cualidad de variar de tono según les daba el sol. Stephen no podía dejar de mirarlos los primeros días de clase. Veía surgir de esos cabellos una especie de brillos fantásticos cada vez que la recién llegada movía la cabeza. Y eso le maravillaba. De naturaleza tímido, Stephen tardó tres semanas en intercambiar una mirada con aquella chica enigmática, y dos meses y medio en entablar por fin una conversación. Le dijo: “Se te ha caído el sacapuntas”. Candy se volvió. “No es mío”. El cabello de Candy emitió un destello y Stephen no supo qué más decir. “Pero… gracias de todos modos”, añadió dulcemente ella antes de regresar a sus apuntes. Stephen se quedó con el sacapuntas en la mano y una sonrisa bobalicona en la cara. Candy Brown era preciosa.

Un día, Candy recibió un balonazo cuando pasaba junto a la pista de baloncesto con su novela pegada al pecho. “¡Perdona, Candy!”, le dijeron un par de chicos y corrieron a recuperar la pelota. Stephen se apresuró a recoger el libro del suelo. “Emma, de Jane Austen”, leyó Stephen en la portada mientras se lo devolvía. “Sí”, sonrió Candy. “¿Te está gustando?”, preguntó Stephen, curioso. Por aquel tiempo, Stephen y los chicos ya intercambiaban más de tres frases con Candy. “La he leído cuatro veces”, respondió ella. “¿Cuatro? ¿Por qué?” “Porque me gusta”. “Porque te gusta”, repitió Stephen para sí. “Porque estoy enamorada de esta novela”, concluyó Candy. Acarició agradecida el brazo de Stephen y después se fue. A Stephen se enamoró de repente de aquella chica. Y sintió una especie de calambre en el brazo.

Aquel pívot bonachón encontró en los libros una excusa para acercarse a la solitaria y misteriosa Candy Brown. No compartían gustos literarios, pero sí una inclinación voraz por la lectura. Los autores preferidos de ella eran todo mujeres: Virgina Woolf, las hermanas Bronte, Luisa May Alcott y, su favorita indiscutible: Jane Austen. Candy llevaba tiempo suspirando por una rara edición de relatos de juventud de Austen, que no había conseguido encontrar. Stephen fue a la biblioteca del pueblo y sobornó a la bibliotecaria para que se la consiguiera. Cuando llegó el ejemplar, tres semanas después, corrió a llevárselo a Candy y ésta se lo agradeció con un abrazo. Stephen sintió un espasmo en la espalda.

Candy era una muchacha religiosa. Todas las chicas de Lisbon Falls lo eran por tradición, pero Candy lo era de verdad. Hablaba del Señor con natural familiaridad, vestía larguísimas faldas y lucía con orgullo un crucifijo que quedaba oculto cuando se apoyaba un libro sobre su pecho. Las otras chicas, en cambio, trataban de ocultar siempre el menor símbolo religioso que les obligaran a llevar sus padres y se acortaban las faldas en cuanto salían de casa. Sin duda, Candy era diferente. Y eso le gustaba a Stephen. Él también era diferente. Todos los muchachos de su grupo lo eran, pero él lo era de verdad. Siempre lo había sido. Él era aquel niño especial que tenía un talento incontrolable para escribir relatos fantásticos mientras los demás sólo eran capaces de leerlos. Relatos… “Mis relatos”, recordó de repente. Corrió a su habitación, abrió un cajón que llevaba años cerrado con llave y sacó su cuaderno de relatos. Seguía allí. Había pasado mucho tiempo desde que abrió su cuaderno por última vez. Lo miró con nostalgia. ¿Por qué dejó de escribir?, se preguntó. ¿Acaso no había estado orgulloso de sus cuentos? ¿Acaso no lo estaba aún? Entonces, ¿por qué los mantenía ocultos en un cajón sin que nadie pudiera admirarlos? Metió el cuaderno en la mochila de clase y lanzó la llave a un rincón de su habitación. Cuando le mostró el cuaderno a Candy al día siguiente, ambicionaba recibir a cambio un gesto de amable aprobación, de educado reconocimiento. Pero Candy tomó el cuaderno y leyó todos los cuentos de un tirón. “Tienes mucho talento”, le dijo cuando hubo terminado. “¿Por qué no has seguido escribiendo?” “Porque…”, balbuceó Stevie, “se me acabó el cuaderno”.

Aquel día Stephen sintió que se había establecido un vínculo verdadero entre él y Candy. Continuó llevando a su nueva amiga los libros que le faltaban, novelas rosa en su mayoría que, si bien seguían sin interesar literariamente a Stephen, se convirtieron en un botín valioso por el simple hecho de que arrancaban una sonrisa de la dulce muchacha de cabellos rubios que había llenado de luz sus días en el instituto Lisbon.

El 21 de setiembre del curso siguiente transcurrió con total normalidad. Stephen fue al instituto como todos los días y, al término de las clases, entrenó a baloncesto con sus compañeros, como siempre. Luego regresó a casa. Debían de ser las nueve de la noche cuando alguien llamó a la puerta. Stephen miró por la ventana y no vio a nadie. Era noche cerrada ya. Abrió la puerta y allí estaba Candy, con un regalo en la mano. “Feliz cumpleaños, Stevie”, le dijo. Y le besó en la mejilla. ¡Se había acordado! ¡Lo había sabido a pesar de los esfuerzos de Raguso para sepultar los cumpleaños en el olvido! El regalo era un cuaderno de piel, con cientos de páginas en blanco. Stevie notó que una descarga eléctrica le atravesaba el cuerpo. Aquel 21 de septiembre decidió que Candy iba a ser la mujer de su vida. “No la dejaré perder”, pensó mientras la veía marcharse por el camino, “No”. Un año después exactamente, el 21 de septiembre del curso siguiente, Stephen vivió sensaciones muy distintas. Era sábado. Los sábados por la mañana solía tener entreno de baloncesto en el instituto. Fieles a la norma de no celebrar los cumpleaños, los amigos volvieron a no felicitar a Stephen en ningún momento de la mañana. A las doce del mediodía, habían terminado el partidillo típico de los sábados y estaban todos en el vestuario, comentando entre risas y bromas los planes para la tarde, tras una ducha reparadora. Todos menos Stephen, que había recibido un balonazo y se resistía a salir de la ducha. Llevaba rato allí dentro, solo, con la cabeza inclinada, viendo cómo gotas de sangre formaban círculos del tamaño de una moneda y se diluían en la corriente hasta perderse por el desagüe. La nariz no le dolía realmente. Lo que ocurría es que no quería que sus amigos le vieran llorar. Lloraba porque Candy ya no estaba. Lloraba porque Candy había dejado Lisbon Falls y no la iba a volver a ver nunca más.

Siguiente capítulo: Estallido

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