dramaturgo
Antes de convertirse en una de las pensadoras más influyentes del siglo XX, Ayn Rand fue también una dramaturga profundamente interesada por el teatro. A veces se olvida este aspecto de su trayectoria, quizá porque sus novelas —El manantial y La rebelión de Atlas— han terminado ocupando un lugar mucho más visible dentro de su obra. Sin embargo, durante sus primeros años en Estados Unidos, el teatro fue uno de los espacios donde comenzó a desarrollar su mirada sobre el individuo, la libertad y el conflicto humano.
La relación de Rand con el teatro no fue accidental. Cuando llegó a Estados Unidos desde Rusia, en los años veinte, Nueva York era uno de los centros teatrales más dinámicos del mundo. Broadway concentraba una extraordinaria actividad cultural, y el teatro seguía siendo un lugar privilegiado para discutir ideas, confrontar visiones del mundo y explorar conflictos morales.
En ese ambiente, Ayn Rand escribió varias obras dramáticas. La más conocida es Night of January 16th (en español, La noche del 16 de enero), una pieza ambientada en un juicio en la que el jurado se elegía entre el propio público asistente. Dependiendo del veredicto que los espectadores decidieran, el final de la obra podía variar.
El recurso es brillante desde el punto de vista teatral. Introduce al espectador directamente en el corazón del conflicto moral de la historia. El público no se limita a observar el drama: participa de alguna manera en él.
Pero más allá de ese mecanismo escénico, lo verdaderamente interesante del teatro de Ayn Rand es la naturaleza de sus personajes.
Sus protagonistas suelen ser individuos que se enfrentan a una presión colectiva muy intensa. Personajes que se niegan a diluir su identidad en el grupo y que defienden sus convicciones incluso cuando el entorno los considera incómodos, arrogantes o peligrosos.
Desde el punto de vista dramatúrgico, este tipo de personajes generan una energía muy particular.
El teatro vive precisamente de ese choque entre voluntades.
Cuando un personaje quiere algo con intensidad y el mundo que lo rodea intenta impedírselo, la escena se llena inmediatamente de tensión.
En ese sentido, el teatro de Ayn Rand se conecta con una tradición dramática muy antigua. Desde la tragedia griega hasta el drama contemporáneo, el conflicto entre el individuo y la comunidad ha sido uno de los motores más potentes del teatro.
En Edipo rey, por ejemplo, el protagonista decide buscar la verdad aunque esa búsqueda termine destruyéndolo. En Antígona, la heroína desafía al poder político para obedecer lo que considera una ley más profunda. En el teatro de Rand aparece ese mismo tipo de tensión, aunque formulada en términos propios del siglo XX.
El individuo que afirma su libertad frente a las estructuras colectivas.
Hay algo que siempre me ha interesado especialmente en el teatro de Ayn Rand: sus personajes no son simplemente víctimas de las circunstancias. Son personajes que actúan.
Esto puede parecer una obviedad, pero en realidad no lo es.
Muchas obras dramáticas presentan personajes que reaccionan pasivamente a lo que ocurre a su alrededor. En cambio, en los textos de Rand encontramos individuos que toman decisiones, que defienden sus ideas y que están dispuestos a asumir las consecuencias de esas decisiones.
Desde el punto de vista de la dramaturgia, eso es extremadamente poderoso.
Un personaje que tiene una voluntad clara produce conflicto.
Y el conflicto es el corazón del teatro.
Cuando observo el teatro de Ayn Rand siempre tengo la impresión de que comprendía muy bien este principio. Sus obras no se basan tanto en la introspección psicológica como en el choque de ideas y de principios. Los personajes hablan, discuten, se enfrentan verbalmente, defienden su visión del mundo.
En escena, eso genera una tensión muy directa.
Y esa tensión es profundamente teatral.
También resulta fascinante observar la propia peripecia vital de Ayn Rand en el Nueva York teatral de los años treinta.
Era una joven inmigrante rusa que llegaba a Estados Unidos con una determinación muy clara: convertirse en escritora. No tenía contactos, ni una posición consolidada en el mundo cultural. Pero sí tenía algo que aparece con frecuencia en sus personajes: una voluntad extraordinariamente fuerte.
Ese rasgo aparece también en su teatro.
En muchos de sus personajes encontramos individuos que se niegan a aceptar las expectativas que otros proyectan sobre ellos. Personas que insisten en definir su propio destino incluso cuando el entorno los considera equivocados.
No es difícil imaginar hasta qué punto esa actitud estaba ligada a la propia experiencia vital de Rand.
Para cualquier dramaturgo resulta interesante observar cómo la experiencia personal del autor se filtra en sus historias.
En el caso de Ayn Rand, esa conexión es especialmente evidente.
Hay otro aspecto del pensamiento de Ayn Rand que me parece particularmente interesante desde el punto de vista teatral: su sentido de la justicia y de la responsabilidad individual.
En muchas de sus historias aparece una idea muy clara: los personajes deben responder por lo que hacen, por lo que deciden y por aquello que están dispuestos —o no— a defender frente al mundo.
El conflicto dramático nace a menudo de ese momento en que un individuo comprende que no puede seguir evitando una decisión.
Ese tipo de tensión —entre convicción personal y presión del entorno— es profundamente teatral.
Quizá por eso siempre me han interesado especialmente las historias donde un personaje se ve obligado a mantenerse fiel a lo que cree aun cuando todo lo que lo rodea parece empujarlo en otra dirección.
El teatro se vuelve especialmente intenso cuando un individuo debe sostener su posición frente a un mundo que intenta desmentirlo.
En ese sentido, algunas de las ideas presentes en el teatro y en las novelas de Ayn Rand han sido una referencia estimulante para mí como dramaturgo. De manera muy modesta, he intentado explorar ese tipo de conflicto en varias de mis propias obras.
En algunas piezas breves, por ejemplo, aparece esa tensión entre el individuo y las circunstancias que lo rodean.
En Suéltate o en Una buena abogada los personajes se enfrentan a decisiones que afectan directamente a su dignidad o a su sentido de la justicia.
Algo parecido ocurre en Heredarán las piedras, donde el conflicto se desarrolla en torno a la relación entre principios personales y estructuras de poder.
También en otras piezas de microteatro como Ocupa con C, A fuego lento, Por favor o La última novela del inspector Torres aparecen personajes que se ven obligados a posicionarse ante situaciones que ponen a prueba sus convicciones.
Pero esa presencia del individuo frente al entorno no aparece únicamente en mis piezas breves.
También en algunas de mis obras de mayor formato he intentado acercarme a ese tipo de conflicto.
En Se están equivocando, por ejemplo, el drama nace de la incomprensión que sufre un individuo cuando todo su entorno parece incapaz de ver aquello que para él resulta evidente.
Es una situación que recuerda a uno de los temas que aparece con fuerza en el universo narrativo de Ayn Rand: el personaje que percibe algo que los demás no ven y que debe sostener esa convicción frente a la presión del grupo.
En La rebelión de Atlas, Rand representa ese conflicto a través de distintos personajes que se enfrentan a una sociedad que cuestiona los valores que ellos consideran fundamentales.
Uno de los símbolos más sugerentes de esa novela es la figura del compositor Richard Halley, un artista que decide retirarse del mundo cuando comprende que su obra no puede existir en un entorno que desprecia aquello que la hace posible.
Ese tema —la incomprensión que puede sufrir el individuo que piensa de manera independiente— siempre me ha parecido profundamente dramático.
Algo parecido aparece también en A mi manera.
En esa obra hay un momento especialmente significativo en el que el protagonista decide decir la verdad aun sabiendo que esa confesión provocará un conflicto inmediato.
Lo hace con plena conciencia de las consecuencias.
Pero también con la convicción de que esa verdad debe ser dicha, incluso si eso significa asumir el precio que vendrá después.
Ese gesto —decir la verdad no matter what— tiene algo que siempre me ha parecido muy cercano al espíritu de los personajes de Ayn Rand.
En otras obras, esa tensión aparece en forma de lucha por los propios sueños.
En Quijoteando, por ejemplo, el personaje de Dulce encarna esa voluntad de atreverse a intentar algo que parece imposible.
La obra habla, entre otras cosas, de la necesidad de tener valor para perseguir aquello que uno quiere hacer, incluso cuando el camino está lleno de incertidumbre.
Ese impulso aparece también en Me pido Nueva York, donde el deseo de alcanzar una vida distinta se convierte en el motor de la historia.
Como en muchas tragedias modernas, la búsqueda de ese sueño conduce finalmente a una situación límite en la que la justicia —o una cierta idea de justicia— termina imponiéndose de forma dura e inevitable.
Cuando observo estas obras con cierta distancia, veo aparecer una constante que también está muy presente en el universo de Ayn Rand:
personajes que se enfrentan a decisiones que afectan directamente a su identidad.
Personajes que no pueden limitarse a adaptarse a lo que el entorno espera de ellos.
Personajes que deben decidir quiénes quieren ser.
Quizá una de las razones por las que el teatro de Ayn Rand sigue resultando interesante es que plantea una pregunta muy simple pero profundamente teatral:
¿qué ocurre cuando un individuo decide no renunciar a lo que cree?
El teatro ha explorado esa pregunta durante siglos.
En distintos contextos históricos, con distintas formas estéticas, pero siempre con el mismo núcleo dramático:
un individuo frente al mundo.
Cuando ese enfrentamiento se construye con claridad y con personajes que tienen verdadera voluntad, la escena adquiere una energía especial.
Como dramaturgo, siempre me ha interesado ese momento en que un personaje comprende que debe tomar una decisión y que esa decisión tendrá consecuencias.
Ahí empieza el verdadero drama.
Y quizá por eso el teatro de Ayn Rand, más allá de las interpretaciones ideológicas que puedan hacerse de su pensamiento, conserva un interés muy concreto desde el punto de vista escénico:
sus historias se sostienen sobre personajes que actúan.
Y cuando los personajes actúan con convicción, el teatro respira.