Una buena
abogada
«Sí. Mató a esas dos niñas. Lo hizo por placer. Es algo que ya sabía. ¿Podemos continuar?»
Houston, Texas. Una abogada entra en una sala de interrogatorios de una cárcel. Viene a defender al asesino más despreciable del momento. Y sabe perfectamente lo que hizo.
Un hombre está en prisión preventiva acusado de haber asesinado a dos niñas. Lleva semanas esperando juicio sin conseguir que ningún abogado de oficio quiera representarle. Entonces llega Amanda Evans.
Amanda es una buena abogada. Está casada, tiene dos hijos, y viene dispuesta a hacer su trabajo. El hombre le confirma que es culpable. Ella asiente y pregunta si pueden continuar.
Una obra que no toma partido — ni por la abogada ni contra el reo — sino que planta una pregunta incómoda en el centro y deja que el público la resuelva.
- Un thriller que plantea uno de los dilemas éticos más intensos del derecho: ¿merece un asesino confeso que un abogado le defienda? La obra no responde. El público tampoco puede quedarse indiferente.
- Escenografía mínima: una mesa, dos sillas, un dossier. Sala de interrogatorios de una cárcel norteamericana.
- La dinámica de poder entre los dos personajes es inesperada desde el principio — el reo lleva la iniciativa, la abogada aguanta. Eso solo ya genera tensión.
- Dos personajes moralmente complejos: ninguno es el villano evidente que parece al principio.
- Una de las obras más representadas del catálogo: España, Ecuador, Perú, Colombia, Nueva York, Puerto Rico, Grecia, México, Venezuela, República Dominicana.
Casada, madre de dos hijos. Firme, profesional, serena. Sabe exactamente lo que hizo el hombre que tiene delante. Y ha decidido defenderle de todas formas. La pregunta que la obra no contesta es por qué.
Solitario, violento, conflictivo. Sin remordimientos. Ha rechazado a cuatro abogados anteriores. Cuando llega Amanda, empieza a jugar — no para intimidarla, sino para entenderla. Algo en ella no cuadra.
La obra plantea un dilema ético pero no lo resuelve. El director no debe tomar partido — si la puesta en escena sugiere que la abogada tiene razón o que el reo la tiene, se rompe la tensión moral que es el corazón de la obra.
El reo está esposado a una mesa pero dirige la conversación. La abogada es libre pero responde a sus preguntas. El director debe trabajar esa inversión de poder desde la primera réplica.
Lo más perturbador de la abogada es su calma. No está nerviosa, no duda, no justifica. Cuanto más serena esté la actriz ante las provocaciones del reo, más incómodo se sentirá el público.
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