dramaturgo
Humor negro · Duración aproximada: 1:40–2:00 min · Edad: 30-50 años
Un hombre convierte su alegato judicial en una explicación delirantemente lógica sobre cómo la escuela despertó en él una vocación tan artística como peligrosa.
Carlos: La culpa la tiene el sistema educativo. De joven —de más joven—, cuando hacía alguna trastada en el colegio, los profesores me castigaban mandándome copiar, —creo que esto ya no se hace, antes se hacía— copiar 50 veces “No maltrataré los lápices y los cuadernos de la escuela”. Después eran 100. 200 veces. Cumpliendo esos castigos descubrí el valor de la caligrafía porque tienes mucho tiempo para observar las letras. Luego fui descubriendo el valor de la composición, porque las frases no mantienen una columna recta, ¿saben?, sino que se contonean, y empecé a jugar con eso. Empecé a amar aquellos ejercicios —castigos, perdón—. Empecé a sentirme artista. (Disfrutando con el recuerdo) 500 veces “No maltrataré el mobiliario de la escuela”. 1000 veces. “No maltrataré a los compañeros de escuela”. 2000 veces. “Ni a los profesores”. 5000. Empecé a sentirme feliz solamente cuando copiaba. Y cuando se me terminaba el castigo, corría locamente a dañar algo, a alguien, lo que fuera. Y mientras hacia el daño empezaba a sentir placer porque sentía que anticipaba lo que me esperaba. Y así acabe disfrutando el propio hecho de dañar (Suspira). Si en lugar de mandarme copiar, mis profesores me hubiesen castigado con suspensos —por ejemplo—, hoy no estaría aquí. La culpa la tienen mis profesores. Es todo. Mi abogado me dijo que no empleara este último alegato para decir tonterías. Ya no es mi abogado. Y no se preocupe, no ha sido nada. Dicen que se recuperará. Los médicos. Dicen. Gracias. …
El monólogo funciona por la seriedad con que Carlos defiende un razonamiento completamente desviado. No se presenta como un loco caótico ni como alguien fuera de control: habla con lógica, con orden y con una convicción casi pedagógica. Esa combinación entre lucidez formal y fondo delirante es la clave de la escena.
La pieza gana mucho porque convierte la experiencia escolar en origen de una vocación artística deformada. Carlos no dice simplemente que copiar castigos le traumatizó. Dice algo mucho más inquietante: que ahí descubrió el placer estético, la composición, el gusto por la escritura… y que ese placer quedó unido para siempre al castigo y al daño.
Escénicamente, el remate final es decisivo. Cuando menciona al abogado y sugiere que ya no es su abogado porque “no ha sido nada”, el personaje se completa. Lo que hasta entonces podía sonar a extravagancia verbal encuentra de pronto un filo amenazante y muy oscuro.
Convirtió el castigo de copiar en una vocación artística unida para siempre al daño.
Lo primero es fijar bien la situación judicial. Carlos no cuenta una anécdota privada ni una confesión íntima: está defendiendo algo ante una autoridad. Eso da al texto una dirección muy concreta y una capa de falsa formalidad que la actriz debe sostener.
Conviene trabajar mucho la lógica interna del personaje. Cada paso de su razonamiento tiene que sonar legítimo para él: castigo, observación, caligrafía, composición, placer, daño. Si la actriz lo juega como absurdo desde el principio, el monólogo pierde fuerza. Tiene que parecer que Carlos realmente cree haber encontrado una explicación impecable.
El ritmo necesita variación. Hay zonas más analíticas, otras más gozosas y un último tramo mucho más oscuro. La acumulación numérica de castigos y la evocación del placer de copiar deben ir construyendo una incomodidad creciente sin perder claridad verbal.
El final exige mucha contención. La referencia al abogado y a su recuperación no debe sonar como remate cómico grueso, sino como una revelación dicha con naturalidad escalofriante. Cuanto más sobrio sea ese cierre, más inquietante quedará el personaje.
• Programa y accidente — otra voz que construye una lógica personal delirantemente coherente hasta llegar a una conclusión moralmente inquietante.
• Clandestinidad — ideal para trabajar discurso persuasivo, carisma oscuro y amenaza dicha con calma.
• El tesoro — comparte inteligencia verbal, construcción lógica del peligro y una relación muy precisa entre pensamiento y amenaza.
• Código rojo — otra pieza basada en una defensa argumentativa intensa, con mucha convicción y una moralidad profundamente torcida.
Si, además de monólogos, también buscas diálogos —textos para dos intérpretes—, en el Laboratorio Dramático de Marc Egea encontrarás escenas breves pensadas para ensayo, trabajo en clase o entrenamiento, que también pueden utilizarse en castings, reels o videobooks.

(responde Marc Egea)
¿Hay que pagar algo para utilizar este monólogo?
No.
¿Hay que pedir permiso para usar este monólogo?
No hace falta. Puedes utilizar cualquiera de mis monólogos para casting sin pedir permiso.
¿Estos monólogos breves sólo pueden utilizarse en castings?
También puedes usarlos en tu videobook (reel) y/o subirlos a redes sociales, o emplearlos como herramienta para tu entrenamiento actoral, lo que tú quieras.
¿Tengo que hacer constar la autoría del monólogo si subo un video a redes sociales?
No hace falta, pero se agradecerá si lo haces. También puedes poner un enlace a la web, si quieres.
¿Vale la pena adquirir el libro?
Si quieres tener los monólogos bien ordenados, con un índice temático que te ayude a encontrar el monólogo adecuado para cada ocasión, sí. Además, las fichas del libro son exhaustivas.
