dramaturgo
Cómico cotidiano · Duración aproximada: 1:45–2:20 min · Edad: 35–50 años
Un monólogo muy reconocible y muy jugable, perfecto para trabajar contradicción, ritmo cotidiano y un giro final que desmonta con humor toda la seguridad del personaje.
Julia: Me dice: “Soy la única a la que no dejan ir”. Y yo le dije: “Me da igual. No tienes edad para salir”. Yo alucino con las otras madres. O sea, que las niñas se les van de discotecas y les da igual. Y no es que salgan por la tarde, el viernes, no, es que salen por la tarde… y siguen por la noche, oye, y vuelven vete a saber a qué hora. Y ya están empezando a salir los sábados, ¿tú crees? Tía, no tiene ni doce años. Yo alucino. Ya la tengo cabreada desde lo del piercing. Tía, ¡un piercing! Que las demás se han puesto uno. ¡Y a mí qué! Que no se ve, que no se ve, que es en el ombligo. Que todas llevan uno. ¡Y a mí qué! ¿Y si las demás se tiran por un puente, tú te tiras? Y me dijo que sí. ¿Cómo voy a dejarla salir? Y las peleas que tengo con la ropa. Entre semana aún, que me lleva el uniforme del colegio, pero los fines de semana no te cuento… Dice que quiero fastidiarla, que solo pienso en fastidiarla. Que estoy contra ella. Como si esto fuera una guerra. “Que no estoy contra ti”. Aquí no hay dos bandos. Aquí solo hay sentido común. Bueno, lo que descubrí del uniforme –no te lo he dicho–…: las vi el otro día, todas allí juntitas, y ¿sabes lo que hacen? Se suben la falda del uniforme hasta aquí –cuando salen de clase–. Se la arremangan, le dan vueltas aquí en la cintura y la dejan cortita como una mini falda. Parecen las niñas esas de los mangas japoneses… Que no, que no, ya me puede venir con el cuento de que los padres de las otras son más enrollados. Pero, qué es esto. ¿Hemos perdido el norte? Nosotras no éramos así, nosotras no éramos así, ¿verdad?… ¿Cómo?… (La amiga le está diciendo “Sí” con la cabeza: “Nosotras sí éramos así”) ¿Tú de qué lado estás?
El monólogo funciona muy bien porque parte de una queja cotidiana y muy reconocible. Julia habla como tantas madres que creen estar defendiendo el sentido común frente a un mundo que se ha desquiciado. Esa convicción sostiene el texto y le da verdad.
Su fuerza está en la contradicción. Mientras critica a su hija y a las otras niñas, Julia va dejando ver sin darse cuenta que el conflicto no es solo con la adolescencia actual, sino también con su propia memoria. El remate final reorganiza el texto entero y lo vuelve mucho más rico y más divertido.
Lo incómodo aquí no es la hija: es recordar demasiado bien quién fuiste.
La clave es no hacer de Julia una caricatura de madre escandalizada. Ella cree sinceramente que tiene razón. Si la actriz entra ya desde la burla o la exageración, el texto pierde verdad y también pierde el efecto del final.
Conviene sostener el discurso como una conversación real con una amiga. El texto avanza por acumulación: la discoteca, el piercing, la ropa, la falda del uniforme. Todo eso debe sonar como material vivido, no como lista preparada para hacer gracia.
El final funciona mejor si se deja caer con limpieza. No hace falta empujar la última frase. Lo importante es que el gesto de la amiga desarme a Julia de golpe y la deje, por un instante, sin suelo.
Este monólogo forma parte de El libro de los monólogos para casting (para actrices), donde aparece desarrollado como herramienta pensada para el trabajo real en ensayo, casting y videobook.
Si quieres trabajar diálogos (textos para 2 intérpretes), tienes escenas de libre disposición en el Laboratorio Dramático.

(responde Marc Egea)
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