dramaturgo
Dramático irónico · Duración aproximada: 1:45–2:20 min · Edad: 30–55
Un monólogo muy eficaz para trabajar relato, contención y giro final. Empieza como una defensa dolida y acaba revelando una verdad mucho más oscura de lo que parecía.
Anabel: ¿No puedo pedir una segunda oportunidad? Que desee una segunda oportunidad no significa que no quisiera a Manuel. ¡Claro que le quería, qué pregunta es esa! Una se casa con el hombre al que quiere. Y yo le quería. Le quise desde el día en que le conocí. Me enamoré de él nada más verlo. Recuerdo ese día: Fue cuando llegué a este pueblo. Yo acababa de bajar del tren. Salí a la calle arrastrando mi maleta y allí había ocho o diez taxis esperando. Y elegí el suyo. Qué puntería, verdad. Sí, sí, no sonría, eso es puntería: Diez taxis y elegí el suyo. No sé si buena o mala pero fue puntería… Porque nada más subir a su taxi supe que aquel era el hombre con el que me quería casar algún día. Y nos casamos. Y nos juramos fidelidad, “en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe”, nunca olvidaré esas palabras resonando en la iglesia, nunca olvidé ese juramento sagrado. Nos vinimos a vivir a esta casa, tan apartada, en medio de la naturaleza, como a él le gustaba. Y yo le quise siempre, sí señor, todos los días de mi vida le quise… a pesar de que él empezara a olvidar, con las semanas, darme aquel beso de buenos días que tanta falta me hacía; le quise todos los días aunque, con los meses, nuestras conversaciones fueran cada vez más cortas; le quise, juro que le quise en todo momento aunque, con los años, acabáramos compartiendo sólo el rato del desayuno, cuando él volvía del turno de noche y traía consigo ese extraño olor a sudor y perfume barato. ¡Claro que le quería! ¡Siento terriblemente su pérdida! Hice lo que pude por evitarla. ¿Qué habría hecho usted en mi lugar? Por más que lo pienso no veo manera de culparme: Era un domingo gris y me levanté tarde. Oí ruidos fuera. Salí y lo encontré en el suelo con ese lobo horrible encima. El animal le estaba mordiendo el cuello. Tomé la escopeta de caza y disparé. Y le volé la cabeza.
Y el lobo se fue.
Dios no obliga a saber disparar, señor. Dios obliga a querer. Y juro que le quise, ¡claro que sí!, le quise “en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, hasta”… hasta… hasta aquel domingo. La próxima vez –si hay próxima vez, señor–… tendré mejor puntería… sí, señor.
El monólogo funciona porque se apoya en una defensa emocional muy convincente. Anabel habla como alguien que necesita ser comprendida, alguien que insiste en la sinceridad de su amor y en la pureza de sus intenciones. Esa base afectiva sostiene toda la escena y hace que el giro final golpee mucho más.
Su fuerza está en el desplazamiento progresivo del relato. Lo que empieza como declaración de amor y dolor conyugal va dejando pequeñas señales de desgaste, de decepción y de resentimiento, hasta llegar a una revelación final que cambia por completo la lectura de todo lo anterior.
Aquí el amor no desaparece: se vuelve peligroso.
La clave es no anticipar el final. Anabel debe sonar sincera durante casi todo el monólogo. Si la actriz deja ver demasiado pronto una intención oscura, el texto pierde su recorrido y el remate deja de sorprender.
Conviene cuidar mucho las pequeñas grietas del relato: el beso que desaparece, las conversaciones cada vez más cortas, el olor al volver del turno de noche. Ahí empieza a abrirse la herida real del personaje. No hace falta marcarlas de forma excesiva, pero sí dejar que pesen.
El final funciona mejor si se dice con serenidad. La frase sobre la puntería no necesita gran dramatismo. Cuanto más limpia y más asumida suene, más inquietante resulta todo el monólogo.
Este monólogo forma parte de El libro de los monólogos para casting (para actrices), donde aparece desarrollado como herramienta pensada para el trabajo real en ensayo, casting y videobook.
Si quieres trabajar diálogos (textos para 2 intérpretes), tienes escenas de libre disposición en el Laboratorio Dramático.

(responde Marc Egea)
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No hace falta, pero se agradecerá si lo haces. También puedes poner un enlace a la web, si quieres.
¿Vale la pena adquirir el libro?
Si quieres tener los monólogos bien ordenados, con un índice temático que te ayude a encontrar el monólogo adecuado para cada ocasión, sí. Además, las fichas del libro son exhaustivas.
