Hay obras de teatro que concentran toda su acción en un único espacio, con pocos personajes y durante un periodo de tiempo limitado. Es una forma de plantear el teatro que me gusta especialmente. Cuando los personajes no pueden escapar del lugar ni del conflicto, la tensión puede crecer de una manera muy intensa. Pero no todas las historias piden lo mismo.
La adaptación teatral de Los 39 escalones, escrita por Patrick Barlow a partir de la novela de John Buchan y, sobre todo, de la película de Alfred Hitchcock, plantea casi el caso contrario. Su historia transcurre en apartamentos, teatros, trenes, estaciones, carreteras, páramos escoceses, casas aisladas, hoteles y salones de actos. Hay persecuciones, asesinatos, huidas, cambios de identidad y más de cien personajes interpretados por cuatro actores. En principio, no parece el material más fácil para una obra de teatro, y mucho menos con una escenografía limitada.
Ese es precisamente lo que la hace especial. La puesta en escena de Los 39 escalones no intenta esconder que el teatro dispone de menos medios que el cine para representar literalmente todo ese recorrido. Tampoco trata de compensarlo con un gran decorado o una acumulación de tecnología. Acepta la limitación y construye su lenguaje a partir de ella.
La obra no solo cuenta las aventuras de Richard Hannay. También nos deja ver cómo cuatro intérpretes levantan ante nosotros todos los personajes, lugares y situaciones que Hannay va encontrando. Seguimos la persecución y, al mismo tiempo, el trabajo escénico necesario para representarla. Ahí está, en mi opinión, el mayor valor teatral de Los 39 escalones. No solo en que cuatro actores interpreten a más de cien personajes, ni en la rapidez de los cambios, el humor físico o la inventiva de sus soluciones. Todo eso nace de una idea previa: convertir el propio acto de representar una película con pocos medios en parte del espectáculo.
De la novela de John Buchan a la película de Alfred Hitchcock
La historia de Los 39 escalones procede de la novela de John Buchan, publicada en 1915. Alfred Hitchcock la llevó al cine en 1935 y transformó bastante el material original. Décadas después, Patrick Barlow escribió la adaptación teatral a partir de la novela, de la película y del concepto escénico desarrollado anteriormente por Simon Corble y Nobby Dimon. La obra de teatro se apoya, por tanto, sobre todo en la película de Hitchcock.
Esto es importante porque el movimiento forma parte de la identidad de esa película. Hannay pasa de un lugar a otro sin apenas descanso. Huye de la policía, intenta descubrir una conspiración y se encuentra continuamente con personajes que pueden ayudarlo, denunciarlo o ponerlo en peligro. La película avanza mediante grandes episodios visuales: el espectáculo de Mr. Memory, el asesinato en el apartamento, la huida en tren, el puente de Forth, los paisajes de Escocia, la falsa reunión política, las esposas que unen a Hannay y Pamela y el regreso final al teatro.
Una adaptación teatral podía haber reducido ese recorrido. Podía haber seleccionado unas pocas localizaciones, eliminado personajes y concentrado la historia en un número menor de situaciones. Habría sido una decisión perfectamente legítima. Adaptar también consiste en escoger y renunciar. Pero Los 39 escalones toma otra dirección.
En lugar de reducir la historia hasta hacerla más manejable para el escenario, busca una forma teatral capaz de conservar su velocidad, su variedad y su gusto por la aventura. No intenta reproducir las imágenes de Hitchcock con menos medios. Se pregunta qué efecto producen esas imágenes y cómo puede alcanzarse algo parecido mediante actor es, objetos, sonido, iluminación y movimiento. Parece tener claro que adaptar una película al teatro no deber consistir necesariamente en copiarla con menor precisión, sino en encontrar acciones escénicas que cumplan una función equivalente.
Cuatro actores para interpretar más de cien personajes
El planteamiento de la versión teatral de Los 39 escalones es que cuatro actores interpretan a todos los personajes de la historia. Uno encarna a Richard Hannay, una actriz asume los principales papeles femeninos y los otros dos representan a casi todos los demás. Esta multiplicación de personajes es muy vistosa, pero no debería entenderse solo como una exhibición de versatilidad interpretativa. Su verdadera importancia está en que condiciona toda la puesta en escena.
El público sabe desde el principio que los mismos actores aparecerán una y otra vez con otros sombreros, abrigos, pelucas, voces y maneras de moverse. La transformación no pretende ser invisible. Una parte del placer consiste en reconocer al intérprete y ver cómo se convierte, en pocos segundos, en otra persona. Un actor puede aparecer como policía y regresar inmediatamente como vendedor, ferroviario o propietario de un hotel. El espectador sabe que es el mismo, pero acepta el nuevo personaje porque la obra establece con claridad las reglas de su lenguaje.
Basta un cambio de postura, una voz distinta, una prenda y otra relación con Hannay para que aparezca una nueva identidad. El espectáculo no intenta hacernos creer que hay más de cien actores. Propone algo mucho más propio del teatro: aceptar que cuatro intérpretes pueden hacer presentes a más de cien personajes. En este caso, la convención no debilita la ficción: hace que el público participe de forma más activa en ella. Ya no espera una reproducción detallada de la realidad. Aprende a reconocer personas y lugares mediante unos pocos signos bien escogidos.
Cuando los actores también son tramoyistas
En una crítica publicada en The Guardian, Mark Fisher explicó que en Los 39 escalones vemos dos historias al mismo tiempo. Por un lado, la aventura de Hannay. Por otro, el trabajo de cuatro actores que intentan representarla. La observación resume muy bien el funcionamiento de la obra.
Los intérpretes no se limitan a encarnar personajes. También mueven elementos escenográficos, manipulan objetos, producen sonidos, preparan cambios de vestuario y ayudan a construir las escenas de sus compañeros. Por momentos son actores, tramoyistas, utileros y asistentes de vestuario de su propia función. Esto no significa que el montaje pueda prescindir de un verdadero equipo técnico. Al contrario. Para que una puesta en escena así funcione hacen falta una dirección precisa, una regiduría sólida y una coordinación exacta entre interpretación, escenografía, iluminación, sonido y vestuario.
Lo que sucede es que una parte de ese trabajo se incorpora de forma visible a la representación. En muchas obras, el cambio de escenografía interrumpe brevemente la acción. Aquí, el cambio forma parte de ella. Los actores construyen un tren, desmontan una habitación, hacen aparecer una puerta o preparan un nuevo personaje delante del público. La transición deja de ser un trámite entre dos escenas y también empieza a narrar.
Mostrar el mecanismo, sin embargo, no equivale a trabajar de cualquier manera. Una entrada aparentemente tardía, una peluca mal colocada o un objeto que parece resistirse tienen que estar muy ensayados. De lo contrario, la sensación de descontrol deja de ser cómica y se convierte en verdadero desorden. La representación parece estar siempre a punto de complicarse, pero esa impresión solo funciona cuando todo está bajo control.
El humor de la película y el humor de la obra teatral
La película de Hitchcock no es una comedia, pero tampoco es un thriller solemne. El peligro convive con la ironía, los equívocos, los personajes excéntricos y la relación cada vez más incómoda entre Hannay y Pamela. El protagonista está acusado de asesinato, es perseguido por la policía y trata de impedir una operación de espionaje. Sin embargo, la película mantiene una ligereza que permite que la aventura avance sin convertirse en un relato opresivo.
La obra teatral conserva ese tono, pero añade otro nivel de humor: el contraste entre la magnitud de lo que quiere contar y los medios que emplea para hacerlo. El espectáculo quiere mostrarnos un tren, un avión, un páramo, una persecución y una multitud. Para conseguirlo dispone de cuatro actores, algunas estructuras, unas cuantas piezas de vestuario, objetos, luz y sonido. El humor no nace simplemente de que haya pocos recursos. Nace de la precisión con la que se utilizan.
Un tren cinematográfico puede resultar emocionante porque vemos un tren real o una reproducción convincente. En Los 39 escalones, el tren funciona porque unos pocos elementos y movimientos permiten reconocerlo. Al mismo tiempo, vemos el procedimiento y podemos reírnos de su sencillez. La adaptación se relaciona con Hitchcock desde el afecto. Recupera escenas, situaciones y códigos de su cine, pero también exagera algunos de sus recursos. La iluminación expresionista, el suspense, los efectos sonoros y las grandes imágenes cinematográficas se convierten en materiales para una parodia teatral.
Pero cuidado, esa parodia no anula el peligro. Podemos reírnos de la forma en que se representa una persecución y seguir queriendo que Hannay escape. Podemos ver cómo se construye el tren y aceptar que el personaje corre un riesgo real. El humor funciona alrededor del conflicto, no en su lugar.
El trabajo actoral en Los 39 escalones
La escenografía, el sonido, el vestuario y la iluminación son fundamentales, pero Los 39 escalones depende sobre todo de sus intérpretes. Los cambios de personaje exigen velocidad, pero también claridad. Cada nueva figura debe aparecer suficientemente definida para que el espectador entienda enseguida quién es, qué relación mantiene con Hannay y qué función ocupa dentro de la historia.
No hay tiempo para desarrollar lentamente una caracterización. El personaje debe estar presente desde la entrada. Una forma de caminar puede establecer su edad. La manera de mirar al protagonista puede indicar autoridad o desconfianza. Una posición corporal, una voz o una respiración pueden bastar para diferenciarlo. El vestuario ayuda, pero el cambio empieza en el cuerpo del actor.
Los intérpretes que concentran la mayoría de los personajes secundarios deben llevar algunas caracterizaciones muy lejos sin perder su función narrativa. Si solo buscan el efecto cómico, la historia se detiene. Si se limitan a transmitir información, desaparece una parte importante de la propuesta. Hannay ocupa una posición diferente. Es el personaje que da continuidad al conjunto. Mientras todos los demás cambian de identidad, él permanece reconocible. Por eso necesita cierta seriedad.
Debe creer de verdad que ha sido acusado, que pueden detenerlo y que existe una conspiración. Si tratara cada situación como una broma, la historia perdería tensión. El espectáculo puede ser muy cómico, pero Hannay necesita una razón verdadera para huir. Esta diferencia entre la verdad del personaje y el tono general de la puesta en escena es una de las claves de la obra.
Los cambios de escena también cuentan la historia
Una obra con tantas localizaciones puede quedar atrapada en sus propias transiciones. Si cada cambio obliga a cerrar una escena, apagar las luces, sustituir los elementos y empezar de nuevo, la narración pierde velocidad. Los 39 escalones evita ese problema porque los cambios nacen de la propia acción.
Hannay sale huyendo de un lugar y el escenario ya empieza a convertirse en el siguiente. Un actor termina un personaje mientras se prepara para encarnar otro. La luz abre un nuevo espacio antes de que haya desaparecido completamente el anterior. Un objeto entra y empieza a construir la siguiente situación. La obra no separa con claridad la escena y el cambio de escena. Ambos forman parte de un mismo movimiento.
Además, los cambios a la vista permiten que un mismo elemento escenográfico tenga distintas funciones. Una estructura puede ser una puerta, parte de un vagón, una ventana o un fragmento del paisaje. Su identidad depende menos de su forma que del uso que los actores hacen de ella.
Esto no significa que todas las obras de teatro deban mostrar sus cambios ni utilizar escenografías transformables. Hay historias que necesitan un espacio estable. Hay conflictos cuya fuerza procede precisamente de que los personajes están encerrados en un lugar que no cambia. La enseñanza es otra: la forma de cambiar de escena debe estar relacionada con la manera en que avanza la historia. En esta obra, la acción no deja de moverse. Por eso las transformaciones tampoco pueden detenerla.
Una escenografía funcional y transformable
La riqueza escénica de una obra no depende de la cantidad de objetos que haya sobre el escenario. Puede haber un decorado lleno de elementos y que ninguno tenga una verdadera función dramática. En Los 39 escalones, la escenografía y la utilería están pensadas para producir acción.
Las puertas se abren, se cierran, esconden, separan o permiten escapar. Las ventanas crean un marco, sirven para entrar o salir y sitúan al personaje en un espacio. Las sillas pueden convertirse en un compartimento o en parte de un vehículo. Los sombreros y los abrigos permiten pasar de un personaje a otro.
Las esposas que unen a Hannay y Pamela son un ejemplo especialmente claro. No se limitan a mostrar que están encadenados. Cambian la manera en que pueden moverse, dificultan la huida, los obligan a coordinarse y crean una cercanía física que influye en su relación. El objeto introduce una condición que ambos deben afrontar.
Cuando un elemento modifica el comportamiento de los actores y las posibilidades de la escena, deja de ser decorativo. Muchos objetos cumplen además varias funciones. Esta reutilización responde a una necesidad práctica, pero también refuerza el lenguaje general de la puesta en escena. El público aprende que los elementos no necesitan parecerse por completo a aquello que representan.
Una puerta puede ser solo un marco sostenido por dos actores. Pero si alguien llama, otro abre, un personaje cruza y alguien queda al otro lado, la puerta existe para el espectador.
Qué son los efectos Foley en teatro
Los efectos Foley proceden del cine. Consisten en recrear sonidos relacionados con acciones concretas: pasos, golpes, roces de ropa, puertas, objetos o movimientos corporales. Suelen grabarse después del rodaje y sincronizarse con la imagen para reforzar la sensación de realidad.
En Los 39 escalones, este recurso se traslada al escenario de una forma muy teatral. Los sonidos no siempre llegan desde una fuente escondida. En ocasiones, los propios intérpretes o los mecanismos escénicos producen ante el público el ruido de unos pasos, un disparo, el viento, un tren o una puerta. El sonido construye la ficción, pero también deja ver cómo se construye.
De ahí nace parte de la parodia técnica de la obra. Un efecto puede estar perfectamente sincronizado y resultar cómico porque vemos el procedimiento artesanal que lo produce. También puede parecer que llega tarde, que es excesivo o que exige un esfuerzo desproporcionado. La clave está en que ese pequeño fallo sea aparente, no real. No se trata de ejecutar mal el efecto, sino de representar de manera controlada la posibilidad de que el mecanismo falle.
El diseño sonoro también amplía el espacio. Unas pocas estructuras y varios cuerpos pueden sugerir un vagón, pero el ruido de las ruedas, el silbato y el ritmo convierten esa composición en un trayecto. El espectador no necesita ver todo el tren. Necesita recibir la información suficiente para imaginarlo.
La iluminación teatral como forma de montaje
La relación de Los 39 escalones con el cine no está solo en la historia ni en las referencias a Hitchcock. La iluminación ayuda a producir una sensación cercana al montaje cinematográfico. En una película, un corte permite pasar inmediatamente de un espacio a otro, cambiar de un plano general a un primer plano o dirigir la atención hacia un detalle.
En el escenario no existe ese corte literal. Todo el espacio permanece delante del público. Sin embargo, la iluminación teatral puede decidir qué parte debe ser observada en cada momento. Una zona concreta puede convertirse en un apartamento. Un foco puede aislar el rostro de un personaje. Una silueta puede recordar el lenguaje visual del thriller. Un cambio brusco puede abrir una nueva localización aunque los actores todavía estén terminando de preparar sus elementos.
La luz permite cambiar de espacio sin tener que sustituir físicamente todo el escenario. De este modo, la puesta en escena conserva parte de la velocidad del cine, pero no pierde su condición teatral. Los actores y los objetos siguen presentes. El público puede ver la continuidad material entre una imagen y otra. La obra no copia el montaje cinematográfico. Encuentra una manera escénica de producir cortes, cambios de atención y distintas escalas.
Ritmo escénico, coordinación y ensayos
Los 39 escalones puede dar una sensación de espontaneidad. Los personajes entran y salen, los actores cambian de vestuario, los objetos se transforman y algunas situaciones parecen resolverse sobre la marcha. Sin embargo, una obra así necesita una partitura muy precisa.
Cada elemento debe estar en el lugar adecuado. Cada actor tiene que saber qué objeto necesita, qué personaje debe interpretar después y cuánto tiempo dispone para transformarse. El sonido y la iluminación deben coordinarse con los movimientos. La velocidad no consiste simplemente en hacer las cosas deprisa.
Una producción puede correr tanto que el público deje de entender quién entra, dónde se encuentra Hannay o qué está sucediendo. También puede recrearse demasiado en cada solución escénica y frenar la aventura. El objetivo es que la narración avance sin perder claridad.
Esto condiciona el proceso de ensayos. No basta con trabajar cada escena de forma aislada. Hay que ensayar los enlaces, los recorridos de los objetos, los cambios de vestuario y las transformaciones de los intérpretes. En muchas obras, la transición se incorpora cuando las escenas ya están construidas. Aquí forma parte de la construcción desde el principio.
La producción de Los 39 escalones en el Eixample Teatre
La versión de Los 39 escalones que yo he podido ver en un teatro es la que se representó en el Eixample Teatre de Barcelona en el año 2018, dirigida por Pau Doz y producida por Som-hi Films.
El reparto estaba formado por Xavi Duch, Marta Tomasa, Laura Olivella y Rubén Yuste o Javier Arroyo, según las funciones. Entre los cuatro interpretaban a más de cien personajes. La escenografía era de Pau Doz y Escenografía Moià; la iluminación, de Néstor González, y el sonido, de Cesc Mojica.
Aunque el texto de Patrick Barlow ya contiene el planteamiento general y muchas de las soluciones, cada producción debe convertirlo en un espectáculo concreto. Hay que decidir el grado de exageración de los personajes, la relación visual con Hitchcock, la forma de los elementos escenográficos y el ritmo de cada transformación. La dirección también debe encontrar el equilibrio entre la parodia y la aventura. Si todo se convierte en comentario cómico, la historia pierde importancia. Si el montaje se toma demasiado en serio, desaparece buena parte de la gracia del dispositivo.
En la producción dirigida por Pau Doz podía verse con claridad que todos los departamentos trabajaban dentro de una misma lógica. La escenografía no era un fondo: los actores la manipulaban y la transformaban. El sonido construía espacios y acciones que no podían representarse literalmente. La iluminación organizaba la mirada y permitía pasar con rapidez de un lugar a otro. Por eso sería injusto reducir la propuesta a la capacidad de los actores para interpretar muchos personajes. Esa habilidad solo funciona cuando dirección, interpretación, escenografía, vestuario, iluminación y sonido se coordinan para sostenerla.
Una forma de hacer teatro, no una fórmula universal
El éxito de Los 39 escalones puede llevar a pensar que una obra resulta más teatral cuanto más visible es su artificio, más rápido cambia de espacio o más funciones asumen sus actores. No necesariamente.
Una obra puede transcurrir entera en una habitación y alcanzar una enorme intensidad. Dos personajes pueden sostener una función sin apenas moverse. Una escenografía realista puede responder con total precisión a las necesidades de un texto. El valor de Los 39 escalones no está en demostrar que esta forma de hacer teatro sea superior. Está en mostrar hasta dónde puede llegar cuando se utiliza con coherencia.
La historia necesita recorrer muchos lugares, presentar numerosos personajes y mantener una persecución casi continua. La puesta en escena acepta esas exigencias y encuentra una solución teatral para resolverlas. No se ha elegido este lenguaje para adornar la obra ni para llamar la atención sobre la dirección. Se ha elegido porque permite contar esta historia.
En otra obra, las decisiones deberían ser distintas. Si el conflicto depende de que nadie pueda salir de una habitación, quizá lo mejor sea no cambiar nunca de espacio. Si la acción transcurre durante una espera, acelerar los acontecimientos puede ir contra el material. Si una escena necesita silencio, llenarla de movimientos y efectos no la hará más teatral. La imaginación escénica no consiste en añadir recursos, sino en elegir los que necesita cada obra.
Cómo convertir una película en una experiencia teatral
Los 39 escalones conserva muchas características de la película de Hitchcock. Tiene velocidad, persecuciones, cambios de localización, efectos, personajes excéntricos y grandes secuencias de aventura. Pero no trata de comportarse exactamente como una película.
Su fuerza está en que todo sucede delante del público. Los actores cambian de personaje a la vista, los objetos adoptan nuevas funciones y el escenario se transforma sin que la representación se detenga. Una película también podría utilizar cuatro intérpretes para representar a cien personajes. Podría hacerlo mediante montaje, maquillaje y efectos visuales. Pero no produciría la misma experiencia.
En el teatro vemos al actor salir, transformarse y regresar. Compartimos el tiempo que necesita para hacerlo. Percibimos la dificultad y la precisión de su trabajo. Sabemos que la representación se está produciendo en ese mismo instante. Por eso la puesta en escena no es un acompañamiento del texto ni una capa añadida después. Es el verdadero mecanismo de la adaptación teatral.
Sin ese lenguaje, Los 39 escalones sería otra versión de la historia de John Buchan. Gracias a él, se convierte también en una obra sobre la capacidad del teatro para representar aquello que, en principio, parece superar sus medios. El humor puede dar la impresión de que la obra se ríe del teatro. En realidad, demuestra una gran confianza en él.
No esconde que un escenario no es un páramo escocés, que cuatro actores no forman una multitud y que unas estructuras móviles no son un tren. Pero tampoco considera que esto sea un problema. El teatro no necesita que una cosa sea literalmente otra. Necesita que la acción sea clara, que las convenciones se mantengan y que el público disponga de la información necesaria para completar lo que ve.
Los 39 escalones construye todo su lenguaje sobre esa confianza. No pide disculpas por no disponer de los medios del cine ni intenta competir con ellos. Utiliza el cuerpo del actor, la transformación del espacio, los objetos, el sonido, la iluminación y la imaginación del espectador.
No todas las obras necesitan una puesta en escena tan física, rápida y transformable. Algunas necesitan quietud. Otras piden un único espacio. Lo importante no es elegir siempre el mismo lenguaje, sino que las decisiones escénicas nazcan de la obra y se lleven hasta el final con rigor.
En Los 39 escalones, la puesta en escena no es solo su aspecto más llamativo. Es la solución que permite que una película entera pueda existir sobre un escenario.
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Dramaturgo. Llevo más de veinte años escribiendo teatro. En este blog comparto lo que voy aprendiendo del oficio, la escena, el sector y todo lo que se cruza con la dramaturgia.
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