Dos maneras de construir una obra de teatro (III): cómo saber qué tipo de texto estás escribiendo
Hay una decisión en la escritura teatral que rara vez se formula, pero que condiciona todo el proceso. No aparece en los primeros apuntes ni suele discutirse en voz alta. Sin embargo, está operando desde muy pronto: el tipo de texto que estás escribiendo y, con él, el tipo de ensayo que esa obra va a necesitar.
El problema es que, en muchos casos, esa decisión no se toma. Se da por hecha. Se escribe como si el texto fuera a encontrar su forma en los ensayos, sin haber construido un terreno claro para que eso ocurra. O se escribe como si la obra debiera llegar ya cerrada a la sala, sin haber resuelto todavía lo que debería sostener ese cierre. Ahí es donde empiezan a aparecer síntomas.
Uno de los más habituales es la sensación de que el texto funciona mientras se lee, pero no termina de sostenerse cuando se lo examina. Hay escenas que “tienen algo”, diálogos que suenan bien, momentos que parecen cargados, pero si uno intenta precisar qué está empujando realmente la acción, dónde se produce el desplazamiento o qué obliga a avanzar, la respuesta se vuelve imprecisa. El texto no está fallando todavía. Está sin decidir.
Otro síntoma es la dependencia de una interpretación imaginada. Se escribe pensando en la intensidad con la que se dirá una frase, en la emoción que tendrá un momento, en el peso que alcanzará una escena. Pero esa intensidad no está generada por la estructura, sino por una proyección mental. Cuando el texto llega al ensayo y esa proyección no se produce, la escena se cae. No porque esté mal interpretada, sino porque no estaba construida.
También es frecuente encontrar textos en los que todo parece tener valor, pero nada organiza realmente el conjunto. Cada escena contiene algo interesante, cada personaje tiene su momento, cada diálogo aporta matices, pero no hay una jerarquía clara ni una administración precisa de la información o de la presión. El resultado es un material que se mueve, pero no avanza. Eso suele ocurrir cuando el texto se está comportando como si fuera abierto —en el sentido de que deja muchas decisiones para el ensayo— sin haber asumido lo que eso implica.
Pero el problema inverso también es habitual. Textos que intentan comportarse como cerrados, fijando ritmo, sentido y progresión desde la escritura, pero sin haber generado todavía la estructura que lo sostenga. Entonces aparecen escenas que explican en lugar de producir, diálogos que subrayan en lugar de tensionar, ritmos decididos desde fuera en lugar de nacidos del conflicto. En la lectura todo parece claro. En cuanto el material pasa por actores reales, empieza a ofrecer resistencia.
En ambos casos, el problema no es de talento ni de intención. Es de desajuste entre lo que el texto intenta ser y lo que realmente está construido. Porque un texto abierto no consiste en dejar cosas sin decidir, sino en decidir qué no se fija y por qué. Y un texto cerrado no consiste en fijarlo todo, sino en construir con precisión aquello de lo que depende la obra.
Cuando esa diferencia no está clara, el ensayo se convierte en un lugar incómodo. Si el texto esperaba construirse ahí, pero no ha generado un terreno legible, el proceso se llena de pruebas sin dirección. Si, en cambio, el texto pretendía estar ya construido, pero no lo está del todo, cualquier intervención externa se percibe como una distorsión, cuando en realidad está señalando un problema previo.
Por eso, más que preguntarse si un texto es abierto o cerrado, conviene preguntarse qué está pidiendo realmente el material. Hay textos que necesitan atravesar el ensayo para encontrar su forma. Y hay otros que dependen de haberla construido antes de llegar a la sala. No decidir eso no mantiene abiertas las opciones. Las confunde. Y esa confusión aparece siempre en algún momento del proceso: en ensayos que no terminan de avanzar, en montajes que funcionan por momentos pero no sostienen un recorrido, o en la sensación de que la obra podría haber sido otra cosa si ciertas decisiones se hubieran tomado antes.
Detectar en qué punto estás no es una cuestión teórica. Es una herramienta de trabajo. Porque no se trata solo de escribir una obra, sino de decidir dónde quieres que esa obra termine de construirse. Y esa decisión, aunque no se nombre, siempre está ahí.
Explora el blog
Dramaturgo. Llevo más de veinte años escribiendo teatro. En este blog comparto lo que voy aprendiendo del oficio, la escena, el sector y todo lo que se cruza con la dramaturgia.
Si trabajas con textos teatrales
Soy dramaturgo profesional. Mi catálogo de textos está disponible para productoras, compañías, escuelas e intérpretes que quieran montarlos, trabajarlos o usarlos en su práctica.
Obras de teatro
Más de 20 años de obras y adaptaciones.
Ver el catálogo →Microteatro
Piezas breves de 15-20 minutos.
Ver el catálogo →Monólogos para casting
Para audiciones de actores y actrices.
Ver el catálogo →Laboratorio Dramático
Escenas breves para practicar.
Ver el catálogo →
