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Dos maneras de construir una obra de teatro (y IV): errores al trabajar un texto abierto y un texto cerrado

Una vez que se entiende que no todas las obras se construyen de la misma manera, aparece una consecuencia práctica que no siempre se nombra: los errores no son los mismos en un tipo de texto que en otro.

De hecho, muchos problemas de ensayo no tienen que ver con falta de talento ni con malas intenciones, sino con algo más simple: estar trabajando un texto como si fuera de un tipo… cuando en realidad pertenece al otro.

Ese desajuste es bastante habitual.

En los textos abiertos, uno de los errores más frecuentes es confundir apertura con indefinición. Se parte de la idea de que la obra se va a construir en los ensayos, pero no se establece un terreno claro sobre el que hacerlo. Entonces todo queda disponible: el tono, el ritmo, la jerarquía de las escenas, incluso el sentido de lo que ocurre. Eso genera una sensación inicial de libertad, pero pronto se convierte en dispersión. Se prueban cosas, aparecen momentos interesantes, pero cuesta articular un recorrido. La obra no termina de organizarse porque nadie está decidiendo realmente qué la sostiene.

Otro error típico en este tipo de procesos es confundir hallazgo con solución. Algo funciona en un pase, produce efecto, parece que la escena mejora… y se da por válido sin comprobar qué está haciendo en el conjunto. A veces ese hallazgo resuelve un momento puntual, pero debilita la progresión general, desplaza el foco o rompe una relación que era necesaria para lo que viene después. El problema no es encontrar cosas, sino saber qué lugar ocupan.

También es habitual que el conflicto quede difuso. No desaparece, pero se desplaza constantemente. Cada ensayo parece empujar en una dirección distinta, según lo que va apareciendo. Sin una organización clara, la obra puede terminar funcionando por acumulación de momentos, pero sin una verdadera línea de avance.

En estos casos, el ensayo necesita más dirección de la que a veces se le da. No para cerrar lo que el texto ha dejado abierto, sino para organizar esa apertura con criterio.

En los textos cerrados, los errores son otros, pero no menos frecuentes.

Uno de los más comunes es confundir precisión con control excesivo. Se intenta fijar cada elemento en la escritura, pero sin haber construido realmente aquello que se está fijando. Entonces aparecen escenas muy explicadas, ritmos impuestos desde fuera, diálogos que subrayan en lugar de generar tensión. En la lectura todo parece claro. En la escena, pierde vida.

Otro error habitual es defender el texto frente a cualquier intervención sin distinguir entre lo que forma parte de su estructura y lo que no. No todo lo que está escrito es esencial. A veces hay redundancias, rigideces o soluciones que funcionan en la página pero no en el espacio. Si no se distingue eso, el ensayo se convierte en una resistencia continua en lugar de una verificación útil.

También ocurre que se atribuyen a la interpretación problemas que en realidad son de construcción. Cuando una escena no funciona, es fácil pensar que falta intensidad, ritmo o intención. Pero a veces lo que falta es otra cosa: una mejor organización de la información, un desplazamiento más claro, una presión más definida. El ensayo no puede solucionar eso si el texto no lo contiene.

En estos casos, el riesgo es otro: que la obra se mantenga formalmente estable, pero sin terminar de activarse del todo en escena.

Lo interesante es que ambos tipos de error tienen algo en común. No están en el modelo, sino en su aplicación.

Un texto abierto mal trabajado se dispersa. Un texto cerrado mal construido se rigidiza. En los dos casos, la obra pierde fuerza, aunque por razones distintas.

Por eso no se trata solo de elegir una manera de construir, sino de asumir lo que implica cada una. De saber qué exige cada enfoque y dónde aparecen sus puntos de fragilidad.

Porque el ensayo no es el mismo en un caso que en otro.

Y trabajar como si lo fuera suele ser el origen de muchos problemas que luego cuesta nombrar.

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Dramaturgo. Llevo más de veinte años escribiendo teatro. En este blog comparto lo que voy aprendiendo del oficio, la escena, el sector y todo lo que se cruza con la dramaturgia.

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Soy dramaturgo profesional. Mi catálogo de textos está disponible para productoras, compañías, escuelas e intérpretes que quieran montarlos, trabajarlos o usarlos en su práctica.

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