Hitchcock habría sido el primero en hacer cine con inteligencia artificial

Durante décadas, el acceso a la producción cinematográfica ha estado condicionado por una barrera muy concreta: la necesidad de una maquinaria compleja, costosa y coordinada que permitiera llevar una idea a imágenes. Esa barrera ha funcionado, en la práctica, como un filtro. No solo económico, también creativo. Determinaba quién podía hacer cine y quién no. Hoy ese filtro empieza a resquebrajarse. La aparición de herramientas que permiten hacer cine con inteligencia artificial plantea un escenario nuevo: la posibilidad de producir imágenes con una calidad comparable a la del cine industrial sin necesidad de pasar por ese proceso tradicional. Ante esto, es comprensible que voces como las de Steven Spielberg o Guillermo del Toro muestren reservas. No tanto por la herramienta en sí, sino por lo que implica: una pérdida de control sobre un territorio que hasta ahora exigía estructuras difíciles de replicar.

Esa reacción es comprensible. Pero junto a ella empieza a extenderse otra idea más discutible: que el cine con inteligencia artificial será, por definición, un cine menor. Que quienes lo utilicen no serán cineastas, sino perfiles técnicos sin relación real con el lenguaje cinematográfico. Es una afirmación que parte de una confusión habitual: identificar el medio de producción con la calidad o la naturaleza del resultado. Como si el cine dependiera del aparato que lo hace posible y no de las decisiones que lo construyen.

Conviene detenerse un momento aquí. Porque lo que está en juego no es solo una herramienta nueva, sino algo más antiguo: quién puede hacer cine y quién no. La inteligencia artificial va a llenar el cine de todo tipo de propuestas, también de trabajos de baja calidad. Eso es lo que ocurre cuando una herramienta se vuelve accesible. Pero no va a ser lo único que ocurra. Va a permitir que aparezcan también cineastas que hasta ahora no podían trabajar.

Para pensar esto con cierta distancia conviene mirar hacia atrás. No hacia la tecnología, sino hacia el oficio. Y en ese recorrido aparece una figura difícil de ignorar: Alfred Hitchcock. No como anécdota, sino como referencia estructural. Porque su forma de entender el cine pone en cuestión muchas de las ideas que hoy se están dando por supuestas.

Hitchcock no fue solo un director de éxito. Fue uno de los nombres centrales en la consolidación del lenguaje cinematográfico en el siglo XX. Formado en el contexto del cine mudo británico, con una fuerte influencia del expresionismo alemán en sus primeras etapas, desarrolló su carrera atravesando el paso al sonoro y consolidándose en Hollywood como un director capaz de combinar control formal y éxito comercial. Películas como “Vértigo”, “La ventana indiscreta” o “Psicosis” no solo funcionaron en taquilla, sino que definieron formas de construir tensión, de organizar la mirada del espectador y de articular el relato visual. Su reconocimiento no es retrospectivo: ya en vida era una figura central del cine mundial.

Pero lo que interesa aquí no es su prestigio, sino su método. Hitchcock concebía la película como un proceso que se resolvía antes del rodaje. En las conversaciones recogidas por François Truffaut en el libro Hitchcock/Truffaut, fruto de entrevistas realizadas en 1962, lo expresa con una claridad poco habitual: “Once the screenplay is finished, I’d just as soon not make the film at all” («Una vez terminado el guion, casi preferiría no tener que hacer la película»).

La frase no es una provocación. Es una descripción precisa de su manera de trabajar. Para él, el cine se construía en el guion y en la planificación. El rodaje era la ejecución de algo ya decidido. Si hoy dispusiera de herramientas capaces de generar imágenes directamente a partir de esa planificación, ese paso intermedio dejaría de ser necesario.

Esa forma de entender el proceso tiene consecuencias. La primera es el control. Hitchcock diseñaba sus películas plano a plano antes de rodarlas. Sabía exactamente qué iba a ocurrir en cada momento. No dejaba espacio a la improvisación ni a la reformulación durante el rodaje. La segunda es el lugar que ocupan los actores dentro de ese sistema. Su conocida frase “Actors are cattle” («Los actores son ganado»), pronunciada en distintas ocasiones y recogida en múltiples testimonios, suele interpretarse como desprecio. Y no digo que no lo sea. Pero sobre todo responde a una lógica interna: si la película ya está construida, el actor no es quien la define. Forma parte de un engranaje más amplio que ya ha sido fijado.

Esto no significa que Hitchcock no valorara el trabajo actoral. Significa que no lo situaba en el centro del proceso creativo. Su cine no dependía de lo que el actor descubriera en el rodaje, sino de lo que el director había decidido previamente. Y esto nos devuelve a una idea que hoy resulta especialmente relevante: para Hitchcock, el rodaje no era el lugar donde ocurría el cine. Era un paso necesario, pero no el núcleo del trabajo.

Si llevamos esta lógica al presente, la conexión con las herramientas que permiten hacer películas con IA es directa. Lo que estas herramientas ponen sobre la mesa no es simplemente una reducción de costes. Es la posibilidad de acortar el camino entre la concepción y la imagen. De trabajar, por primera vez de forma masiva, en un entorno donde la ejecución no dependa de una infraestructura industrial compleja.

A partir de aquí, la pregunta cambia de naturaleza. No se trata de si el cine con inteligencia artificial será mejor o peor. Se trata de quién lo hará. Es cierto que aparecerá una producción abundante, irregular y en muchos casos carente de criterio. Como ocurre con cualquier herramienta accesible. Pero eso no define el medio. Define su uso mayoritario en una fase inicial.

Lo relevante es otra cosa: la desaparición de una barrera histórica. Durante décadas, muchos posibles cineastas no han tenido acceso a los medios necesarios para desarrollar su trabajo. No por falta de ideas, ni de comprensión del lenguaje, sino por la imposibilidad de reunir los recursos necesarios para producir imágenes. Esa limitación ha condicionado el mapa del cine tanto como cualquier decisión artística.

En ese contexto, la aparición de herramientas para hacer cine con inteligencia artificial no garantiza la calidad, pero sí abre una posibilidad: que aparezcan autores que hasta ahora no podían trabajar. Y entre ellos, inevitablemente, habrá perfiles con una comprensión profunda del lenguaje cinematográfico. Personas capaces de construir imágenes con sentido, con criterio, con intención. No porque la herramienta lo haga por ellos, sino porque saben qué hacer con ella.

Volver a Hitchcock en este punto no es un recurso retórico. Es una forma de ajustar el foco. Si atendemos a sus propias palabras y a su manera de trabajar, es razonable pensar que un cineasta con su concepción del medio habría encontrado en estas herramientas un terreno fértil. No porque sustituyan su trabajo, sino porque eliminan aquello que él consideraba accesorio. Le habrían permitido operar directamente sobre lo que le interesaba: la construcción de la imagen, el control del punto de vista, la organización de la experiencia del espectador.

Esto no convierte la inteligencia artificial en una garantía de buen cine. Pero tampoco permite reducir el cine con IA a un espacio marginal o de baja calidad por definición. Como en cualquier otro momento de cambio técnico, lo que está en juego no es el valor del medio, sino la relación entre quien lo utiliza y el lenguaje que maneja. Y esa relación no depende de la herramienta.

Si algo empieza a cambiar ahora no es la calidad posible del cine, sino el acceso a la posibilidad de hacerlo. Y cuando eso ocurre, lo que aparece no es solo ruido. Aparece también aquello que antes no podía aparecer.