Por qué director y guionista podrían ser la misma persona en el audiovisual

Hace unos días publiqué un artículo en el que partía de una idea que empieza a ser difícil de discutir: la irrupción de la IA no solo va a acelerar la producción audiovisual, sino que va a cambiar qué trabajos son necesarios y cómo se realizan. Allí planteaba que, con cambios, dos perfiles parecen resistir: el director y el guionista. En ese artículo sobre cómo la IA puede cambiar el equilibrio entre YouTube y Netflix en el audiovisual, desarrollaba esta idea con más detalle.

Si llevamos esa línea un paso más allá, aparece una hipótesis que conviene tomar en serio: en un futuro cercano, director y guionista podrían tender a convertirse en la misma persona. No como norma absoluta, pero sí como una tendencia clara.

Hoy todavía pensamos el audiovisual desde una división relativamente estable: alguien escribe y alguien dirige. Pero esa división funciona bien solo mientras los procesos están compartimentados. En cuanto el proyecto entra en una fase real de construcción, esa frontera empieza a moverse.

Porque lo que está en juego no es la ejecución de tareas, sino el control del relato. Un guion no es solo una sucesión de escenas bien escritas. Es una organización precisa de la información, del punto de vista y del ritmo. Y eso no se fija únicamente en el texto. Se ajusta, se desplaza y se redefine en relación con decisiones que tradicionalmente atribuimos a la dirección.

Cuando un proyecto empieza a afinarse de verdad, aparecen problemas que no pertenecen claramente a un solo territorio: una escena que no sostiene la tensión, un punto de vista que debilita el conjunto, una progresión que no conduce a donde debería. Resolver eso implica intervenir a la vez en escritura y dirección. Ahí es donde la separación empieza a perder sentido.

La IA acelera este desplazamiento porque reduce el coste de producir material. Generar versiones, probar alternativas o desarrollar variaciones deja de ser un cuello de botella. Lo que pasa a primer plano es otra cosa: decidir qué se mantiene y qué se descarta. Y esa decisión no es solo de guion ni solo de dirección. Es una decisión sobre el conjunto.

En ese contexto, es razonable pensar que el audiovisual tienda hacia perfiles capaces de asumir ambas capas. No necesariamente con un único nombre, pero sí con una lógica de trabajo más integrada. No significa que desaparezcan los equipos ni que todos los proyectos funcionen igual. Pero sí que el núcleo creativo puede concentrarse.

De hecho, ya estamos viendo una primera forma de esto. Empiezan a aparecer películas completas desarrolladas por una sola persona, desde un entorno mínimo —una habitación, un ordenador— que concentra en sí misma todo el proceso creativo. Esa persona escribe, decide, prueba, descarta y construye el relato final sin separar funciones.

No es todavía el modelo dominante, pero ya existe. Y, sobre todo, empieza a ser viable.

Eso es importante porque no estamos hablando solo de una hipótesis de futuro, sino de una práctica que ya está produciendo resultados. Y detrás de esa práctica hay una lógica clara: cuando las herramientas permiten abarcar más fases del proceso, las funciones tienden a concentrarse.

Quien ha trabajado en más de un medio reconoce rápidamente este desplazamiento. El guion deja de ser un documento cerrado que otro va a interpretar después, y pasa a ser una herramienta que ya contiene decisiones de dirección. Decisiones que afectan al punto de vista, al ritmo y a la organización del relato.

Por eso, aunque sigamos nombrando las funciones por separado, en la práctica cada vez resulta más difícil sostener esa separación de manera estricta.

Plantearlo como hipótesis de futuro no significa que no esté ocurriendo ya en algunos procesos. Significa que puede convertirse en una lógica dominante.

Y eso tiene consecuencias.

Para el guionista, implica dejar de entender su trabajo como la entrega de un texto. Implica asumir responsabilidad sobre cómo ese texto se convierte en relato efectivo.

Para el director, implica no limitarse a interpretar un material dado, sino intervenir en su construcción desde fases tempranas.

En ambos casos, implica trabajar con un criterio más exigente. Porque cuando ambas funciones se acercan, desaparecen ciertos márgenes de protección. Lo que no funciona no se puede atribuir fácilmente a otro departamento. Y eso obliga a afinar más.

Desde mi punto de vista, esto no reduce el espacio del guionista. Lo redefine. Lo desplaza hacia un lugar donde escribir no es solo generar escenas, sino organizar un sistema de decisiones que afectan al conjunto del proyecto.

Y ahí es donde, probablemente, se va a situar el trabajo en los próximos años.

No tanto en producir más material, sino en saber qué hacer con él.

Quizá por eso la pregunta relevante no sea si director y guionista van a convertirse en la misma persona, sino quién está preparado para trabajar en ese terreno donde escribir y dirigir dejan de ser funciones separadas. Porque es ahí donde se va a decidir el resultado final.


Este artículo parte de una idea desarrollada previamente en el artículo:
Netflix vs YouTube: cómo la IA puede cambiar el audiovisual.