Por qué algunas historias no parecen de amor (pero lo son)

A veces salgo de ver una película con una sensación curiosa. No tiene que ver con si me ha gustado más o menos, sino con la manera en que la película suele ser descrita después.

La etiqueta que se le pone parece correcta, pero no termina de explicar lo que he visto.

Una película puede ser, en efecto, una película de boxeo. Otra puede ser, sin duda, una película de terror. Eso es lo que aparece en la superficie, eso es lo que dicen los carteles y eso es también lo que el público suele repetir cuando habla de ellas. Pero a veces, por debajo de esa superficie tan clara, la historia está contando otra cosa.

Y esa otra cosa es, en realidad, lo que le da vida.

Eso me ocurre con Rocky y con La mosca. Sé perfectamente que Rocky es una película de boxeo y que La mosca pertenece al territorio del terror y de la ciencia ficción. No discuto eso. Pero si pienso en lo que realmente me queda de ambas, en el núcleo emocional que sostiene cada historia, lo que aparece no es ni el boxeo ni la mutación.

Lo que aparece es una historia de amor.

No me refiero simplemente a que haya una relación amorosa dentro de la trama. Muchas películas la tienen. Me refiero a algo más profundo: al hecho de que el verdadero centro dramático de la historia está ahí. El género organiza la superficie, da forma al envoltorio, atrae al espectador y coloca la película en una estantería reconocible. Pero el corazón de la historia late en otro lugar.

En Rocky, por ejemplo, todo parece conducirnos al combate. La memoria popular de la película está llena de guantes, entrenamientos, sudor, escaleras y música. Es lógico. Esas imágenes son tan poderosas que han terminado definiendo la película para generaciones enteras. Pero si uno se fija en lo que realmente está en juego para el personaje, el boxeo no basta para explicar por qué la historia funciona.

Porque el verdadero recorrido de Rocky no es solamente deportivo. Lo que la película cuenta de verdad es el proceso por el cual ese hombre, que al comienzo vive en los márgenes de su propia vida, intenta ponerse a la altura de la relación que ha descubierto con Adrian. Aquí aparece la palabra dignidad, que suele mencionarse mucho al hablar de la película. Pero conviene entender bien de qué dignidad estamos hablando.

No es solo orgullo ni superación personal en abstracto. La dignidad de Rocky tiene una dirección muy clara: está orientada hacia Adrian.

Rocky necesita conquistar una forma de dignidad porque solo desde ahí puede acercarse verdaderamente a ella. Adrian no está escrita como un premio sentimental ni como una recompensa para el héroe. Lo que la relación con ella provoca es una exigencia interior. Rocky deja de aceptar sin más la vida menor en la que parecía instalado al comienzo.

Por eso el combate final importa tanto. No importa solo porque haya que ver si gana o pierde. Importa porque es el lugar donde Rocky demuestra, ante sí mismo, que puede sostenerse en pie, que puede resistir y que puede dejar de ser el hombre resignado que era al principio de la historia. El boxeo funciona como el escenario visible de una transformación mucho más íntima.

Rocky pelea para convertirse en alguien digno de sí mismo y, al mismo tiempo, digno del amor que ha encontrado.

Con La mosca ocurre algo parecido, aunque de una manera mucho más oscura. La película de David Cronenberg suele recordarse como una gran historia de terror corporal. Y no es extraño. La transformación física del científico Seth Brundle es una de las metamorfosis más perturbadoras que ha mostrado el cine. La degradación del cuerpo, la pérdida de control y la violencia de ese proceso forman parte esencial de la experiencia de la película.

Pero si uno piensa en por qué La mosca resulta tan devastadora, el centro de la historia no está únicamente en el horror.

Está en la relación entre Seth Brundle y Veronica.

La película comienza con el encuentro entre dos personas que se sienten atraídas por la inteligencia y la curiosidad del otro. Lo que empieza a construirse entre ellos no es un simple elemento romántico añadido a la historia. Es el núcleo emocional de todo lo que vendrá después. Y precisamente por eso la transformación de Brundle resulta tan dolorosa.

Si la película fuera solo la historia de un experimento fallido, sería impactante, incluso brillante. Pero no tendría esa tristeza particular que deja cuando termina. Lo que el espectador presencia no es solo la transformación de un cuerpo.

Es la destrucción progresiva de una relación amorosa.

La mutación invade ese vínculo y lo vuelve imposible. Veronica no se enfrenta únicamente a un monstruo. Se enfrenta a la desaparición de la persona que ama. Ahí es donde la película deja de ser simplemente terrorífica y se vuelve profundamente trágica.

En ambos casos ocurre algo que, desde el punto de vista de la dramaturgia, resulta muy revelador. La historia que el espectador cree que va a ver —una película de boxeo o una película de terror— funciona como puerta de entrada. El género atrae la atención y organiza la superficie del relato. Pero lo que realmente sostiene la historia es una relación humana.

El espectáculo está en la forma visible.
La emoción está en el centro.

Eso explica también por qué algunas películas muy espectaculares se olvidan con bastante rapidez, mientras que otras permanecen en la memoria durante décadas. Las primeras ofrecen estímulos, acción e imágenes poderosas. Pero si debajo no hay una relación verdadera entre personajes, todo eso termina desvaneciéndose.

Las segundas pueden presentarse como deporte, terror o ciencia ficción, pero si en su núcleo hay un vínculo humano claro, el espectador encuentra ahí algo que reconoce como propio.

Como dramaturgo, esta observación siempre me ha parecido muy reveladora. A veces creemos que estamos contando una historia sobre una cosa concreta —un combate, un experimento, una persecución— y, si miramos con un poco más de atención, descubrimos que la historia verdadera está en otro sitio.

Está en la relación entre los personajes.

En Rocky, debajo del boxeo, hay un hombre intentando convertirse en alguien digno del amor que ha encontrado. En La mosca, debajo del horror, hay una historia de amor que se destruye desde dentro.

Y cuando una historia consigue esconder así su verdadero corazón sin perder fuerza en la superficie, suele ocurrir algo muy valioso.

Funciona como espectáculo.

Pero también como verdad emocional.

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