dramaturgo
Si tuviera que explicar Un tranvía llamado deseo con una sola imagen, elegiría la Torre de Pisa. Es una construcción extraordinaria, admirada en todo el mundo. Millones de personas viajan cada año para verla. Su singularidad forma parte de su belleza. Y sin embargo hay un hecho evidente: la torre está inclinada. Eso no la convierte en una mala obra de arquitectura, pero sí significa que el edificio no está exactamente donde su estructura original preveía. Algo parecido ocurre con la obra de Tennessee Williams.
Un tranvía llamado deseo es uno de los grandes textos del teatro del siglo XX. Su construcción dramática es sólida, su exploración de la fragilidad humana es profunda y sus personajes pertenecen ya al imaginario del teatro moderno. Sin embargo, hay un fenómeno escénico asociado a esta obra que siempre me ha hecho pensar como dramaturgo. Es una obra cuyo protagonista es Blanche DuBois, pero durante décadas muchos espectadores han tenido la sensación de que el protagonista era Stanley Kowalski.
Desde el punto de vista de la dramaturgia, el eje de la obra es bastante claro. La historia sigue el recorrido emocional de Blanche desde su llegada a Nueva Orleans hasta su derrumbe final. Es su identidad la que se pone en juego, su mundo el que empieza a desmoronarse y su fragilidad la que el espectador observa escena tras escena. Stanley cumple otra función dentro de la arquitectura dramática: es la fuerza que pone a prueba ese mundo que Blanche intenta sostener. Es el antagonista que desmonta sus ficciones, el personaje que ejerce una presión constante sobre ella. Dicho de forma sencilla, la historia pertenece a Blanche.
La construcción de Tennessee Williams está pensada para que el recorrido dramático sea el de Blanche DuBois. Pero entonces apareció Marlon Brando. Cuando la obra se estrenó en Broadway en 1947, Brando era prácticamente un desconocido. Aquella interpretación se convirtió muy pronto en un fenómeno escénico. Su forma de estar en el escenario tenía algo radicalmente nuevo: una presencia física intensa, casi peligrosa, que rompía con muchas convenciones interpretativas de la época. El público empezó a acudir al teatro para verlo. No simplemente para ver la obra, sino para verlo a él.
Y en escena ocurrió algo profundamente teatral. La energía escénica de Brando era tan grande que el centro de gravedad de la función parecía desplazarse hacia su personaje. El público miraba hacia Stanley incluso cuando la estructura dramática seguía empujando la historia hacia Blanche. El texto no había cambiado, pero la sensación de la obra sí.
Este fenómeno revela algo importante sobre el teatro. Un texto dramático puede estar construido con un equilibrio muy preciso entre personajes, pero cuando comienza la representación ese equilibrio entra en contacto con otro elemento imprevisible: la presencia de los actores. El dramaturgo calcula relaciones y pesos dentro de la estructura; el actor introduce energía escénica. Y cuando esa energía es excepcional puede modificar la percepción del espectador sin alterar una sola línea del texto.
Eso es exactamente lo que ocurrió con Stanley Kowalski. El centro dramático de la obra seguía siendo Blanche, pero el centro perceptivo del espectáculo empezaba a inclinarse hacia Stanley. Ahí aparece la metáfora de la Torre de Pisa. No porque la obra esté mal construida —todo lo contrario—, sino porque la presencia escénica de un actor extraordinario introdujo una ligera inclinación en la forma en que el público experimentaba la historia.
Como dramaturgo, ese fenómeno siempre me ha parecido fascinante y también ligeramente inquietante. Cuando uno escribe una obra, cada personaje ocupa un lugar muy preciso dentro de la arquitectura dramática. El peso de cada figura está pensado para que la historia avance con equilibrio. Si uno de esos elementos adquiere un peso escénico excesivo, la obra puede perder parte de ese equilibrio. No necesariamente para mal. A veces ocurre lo contrario.
La inclinación puede generar una energía escénica extraordinaria. Puede producir una tensión inesperada que atraiga todavía más al espectador. La Torre de Pisa lo demuestra: su inclinación no la ha destruido; la ha convertido en uno de los edificios más fascinantes del mundo. Algo parecido ocurrió con Un tranvía llamado deseo. La fuerza escénica de Brando terminó formando parte inseparable del imaginario de la obra.
Cuando la historia pasó al cine en 1951, esa asociación quedó definitivamente consolidada. Hoy resulta casi imposible pensar en Stanley Kowalski sin pensar en Marlon Brando. Pero si uno vuelve al texto de Tennessee Williams, la arquitectura dramática sigue apuntando hacia Blanche DuBois. Es su historia, su caída y su fragilidad lo que constituye el verdadero recorrido de la obra.
Quizá por eso Un tranvía llamado deseo sigue siendo una pieza tan interesante para quienes escribimos teatro. En ella se puede observar cómo un gran texto dramático puede encontrarse con una presencia actoral tan poderosa que incline ligeramente la percepción de toda la obra. Una torre magnífica. Pero ligeramente inclinada.