Por qué seguimos necesitando historias

Vivimos rodeados de historias. Están en las novelas, en el cine, en las series y, por supuesto, en el teatro. Pero también están en la forma en que contamos lo que nos ha pasado, en cómo recordamos una conversación o en cómo explicamos una ruptura o una esperanza. A veces se habla de las historias como si fueran un adorno, algo que consumimos cuando tenemos tiempo o cuando queremos entretenernos. Yo no lo veo así. Las historias no son un complemento de la vida: forman parte de cómo la entendemos.

Las necesitamos porque no vivimos solo lo que ocurre. Vivimos hechos a los que intentamos dar sentido. Y ese sentido casi siempre adopta una forma narrativa. Cuando alguien cuenta algo que le ocurrió ayer, ya está eligiendo, ordenando, decidiendo qué fue lo importante. Ya está construyendo una pequeña historia. Esa necesidad está ahí antes de la literatura, antes del teatro, antes del cine.

Por eso me cuesta ver las historias solo como una vía de escape. A veces lo son, claro. Pero reducirlas a eso es quedarse muy corto. Una historia puede distraernos, pero también puede hacer algo más incómodo: obligarnos a reconocer un conflicto o una emoción que no sabíamos nombrar. Puede ordenar algo que teníamos disperso. Puede hacernos ver con más claridad una tensión que intuíamos sin terminar de entender.

Y cuando eso ocurre, la historia deja de ser solo algo que se cuenta y pasa a ser una forma de mirar. No porque ofrezca una lección cerrada, sino porque convierte una experiencia en algo visible, compartido. Algo que podemos observar desde fuera y, al mismo tiempo, reconocer como propio.

En ese punto es fácil pensar que el contexto actual —pantallas, vídeos breves, consumo fragmentado— debería haber debilitado esa necesidad. Pero no parece que esté ocurriendo. Lo que cambia es el entorno en el que las historias compiten por nuestra atención, no lo que buscamos en ellas. Cuando una historia está bien construida, seguimos queriendo lo mismo: entender qué desea ese personaje, ver hasta dónde llega, acompañarlo en su conflicto, descubrir qué pierde o qué gana.

Seguimos necesitando historias porque seguimos siendo los mismos en lo esencial. Seguimos teniendo miedo, deseo, culpa, ambición, celos, amor, frustración y esperanza. Seguimos chocando con los demás y con nosotros mismos. Seguimos intentando entender qué hacemos aquí y cómo convivir con lo que nos toca vivir.

En el teatro, además, esa necesidad se concreta de una forma muy particular. En escena no hay solo relato. Hay alguien ahí. Hay un cuerpo, un tiempo compartido, una situación que ocurre delante de nosotros y que no puede repetirse exactamente igual. Eso cambia la relación con la historia. La vuelve más inmediata, más expuesta, más frágil.

Por eso el teatro no compite con otros medios en velocidad ni en despliegue, sino en otra cosa: en la experiencia de estar delante de algo que sucede de verdad. No es una cuestión de formato ni de técnica, sino de relación. De lo que ocurre entre quien actúa y quien mira. De ese espacio compartido en el que algo puede pasar de verdad o quedarse en la superficie.

A veces se dice que ya está todo contado. Puede que muchos argumentos se repitan, pero eso no los vuelve irrelevantes. Lo que cambia no es tanto lo que se cuenta como desde dónde se mira. Cada época vuelve a sus conflictos, pero lo hace con otra sensibilidad, con otras preguntas, con otras urgencias.

Y en ese punto, lo que marca la diferencia es la mirada. Es decir: quién lo mira y desde dónde.

Por eso las historias siguen siendo necesarias. No porque traigan siempre argumentos nuevos, sino porque siguen siendo una forma de pensar lo que nos ocurre. De ordenar la experiencia. De mirarla con un poco más de precisión.

Y quizá también de soportarla mejor.