dramaturgo y guionista

Contra todo pronóstico, el 23 de mayo de 1994, el jurado del Festival de Cine de Cannes concedió la Palma de Oro a la película “Pulp Fiction”, del joven y –por aquel entonces– desconocido director norteamericano Quentin Tarantino.
En el momento de entregar el galardón, alguien entre el público gritó: “¡Qué porquería!” Para muchos, aquella elección era inconcebible.
“Pulp fiction”, no obstante, además de propulsar carreras discretas de actores como Samuel L. Jackson, revitalizar carreras estancadas como la de Bruce Willis o resucitar carreras hundidas como la de John Travolta, revolucionó el lenguaje cinematográfico y sentó los referentes formales de muchas de las películas que se harían en adelante.
Que “Pulp fiction” no era una casualidad lo confirmaba el hecho de que aquella no era la primera película del joven director. Existía una obra anterior en el currículum de Tarantino, una película titulada “Reservoir dogs” que, si bien no triunfó en su momento en la taquilla, sí obtuvo el reconocimiento de cierta crítica selecta.
El éxito de “Pulp fiction” permitió que se pudiera recuperar para el público “Reservoir dogs”, y esta segunda –primera– película no solo acabó influyendo en la manera de hacer cine, sino también en la estética y los gustos musicales del público generalista de la época.
Tarantino había caído en gracia.
Y logró lo inconcebible. Por obra y gracia de “Pulp fiction” y “Reservoir dogs”, tipos despreciables como son los gángsters, los matones, los delincuentes de poca monta empezaron a parecernos cercanos, corrientes, hasta simpáticos. Pudimos entrar en sus vidas, escuchar sus conversaciones banales, les vimos reír, sufrir, comer, incluso c**ar. En cierto modo, todos nos sentimos un poco gángsters viendo aquellas películas.
El doble y fulgurante éxito de aquel sorprendente director novel despertó en muchos la impresión de que todo era posible, de que el triunfo estaba al alcance de la mano… si se era suficientemente osado.
Algo así debió de pensar o sentir un tipo normal, al que llamaremos X, que no solo se contagió del efervescente entusiasmo de Tarantino sino también de la literalidad de sus historias.
Y dio un paso adelante. Osado. Muy osado.
Lo inconcebible se había vuelto concebible.
En ese punto comienza esta historia.