dramaturgo y guionista
Elegir monólogo suele ser uno de los momentos más delicados de todo el proceso actoral. No porque falten textos, sino porque la elección casi nunca se hace desde una visión completa. Se elige con prisa, por afinidad inmediata o, sencillamente, porque un texto determinado “se aparece” cuando lo buscas y otro no.
Durante años, mis monólogos han estado disponibles gratuitamente en mi web. Eso me permitió observar algo que, al principio, fue solo una sospecha: el ranking de uso de los monólogos se parecía demasiado al orden en que estaban presentados en la página. Para comprobar si esa intuición era correcta, hice una prueba muy concreta: cambié deliberadamente el orden, solo para ver qué pasaba. Y el resultado fue claro (y medible): el ranking cambió con el orden.
A mí, esa pequeña prueba me confirmó una idea sencilla pero importante. La mayoría de personas no llega a ver todo el material con el que cuenta. Lee unos cuantos textos, encuentra uno que puede ajustar a sus necesidades y se queda ahí. Y es lógico: el tiempo para buscar es limitado y, además, el monólogo —por su propia naturaleza— admite cierto margen de adaptación. Los monólogos no son piezas cerradas que solo funcionen de un único modo.
Pero esa misma lógica revela algo clave: muchas elecciones no se hacen porque el monólogo elegido sea más adecuado, sino porque es el que apareció a tiempo.
El libro de los monólogos para casting nace, en parte, como respuesta a esa constatación. No para ofrecer más textos, sino para cambiar la manera en que se llega a ellos. Para que la elección no dependa tanto del orden de aparición y dependa un poco más del criterio.
Una web, por definición, propone un recorrido. Aunque no queramos, nos empuja a leer en línea recta: lo de arriba, lo de debajo, lo siguiente. Y eso tiene consecuencias. Si el lector no llega al final, el final “no existe”. Si un texto queda enterrado, se vuelve invisible. Es un funcionamiento natural del soporte, pero no deja de ser una tiranía silenciosa.
El índice temático del libro está pensado para romper esa tiranía. En un libro pensado como herramienta, el punto de partida puede —y debe— ser otro: la necesidad concreta de quien busca. No “qué hay primero”, sino “qué necesito ahora”.
Buscar por duración, por franja de edad, por tipo de conflicto, por nivel de exposición actoral o por riesgo desplaza la elección del terreno de la inercia al del criterio. Antes de leer un texto, hay que formular una pregunta. Ese gesto, tan simple, ya cambia el tipo de decisión.
El índice, además, no establece una jerarquía de “mejores monólogos”. No es un ranking. Hace algo más útil: evita que la elección dependa únicamente del orden en que los textos aparecen. Elegir empieza muchas veces por descartar, y el índice temático ayuda precisamente a eso: a reducir ruido, acotar, comparar y situar la decisión en un marco más claro.
Si el índice te lleva a un territorio posible, las fichas te invitan a quedarte ahí un poco más. Porque elegir un monólogo no es solo una cuestión de gusto o de afinidad. Es, sobre todo, una cuestión de comprensión. Para saber si un texto conviene y qué se puede hacer con él, primero hay que entenderlo bien.
La finalidad de las fichas de trabajo es sencilla: ayudar a leer un monólogo con claridad para decidir si conviene y, en caso de que convenga, cómo sacarle el máximo partido. Cuando un monólogo encaja claramente con un perfil, la ficha permite identificar con precisión sus puntos fuertes, su lógica interna, el tipo de conflicto que plantea y el nivel de exposición que exige. No impone una forma de interpretación, pero sí orienta el trabajo: ayuda a no perder de vista qué es lo esencial del texto.
Ahora bien, lo interesante es que las fichas no sirven solo para confirmar elecciones evidentes. En muchos casos, un monólogo no conviene del todo. No porque sea inadecuado en bloque, sino porque presenta uno o dos desajustes concretos: el tono, la energía, el foco, el punto de vista, el tipo de acción o el grado de frontalidad que propone. Y en ese “no conviene del todo” es donde se cometen muchos errores… o donde se abren muchas posibilidades.
Ahí la ficha se vuelve especialmente útil. Al describir con claridad las características del texto, proporciona al actor el conocimiento necesario para saber qué se puede tocar y qué no, hasta dónde se puede ajustar un monólogo sin traicionarlo y cuándo tiene sentido atreverse a hacerlo. Siempre he defendido que los actores adapten los monólogos a su necesidad y conveniencia. Un texto no es una pieza intocable: es un material vivo. Pero para poder transformarlo con criterio, primero hay que entenderlo bien.
Por eso las fichas no están pensadas para emitir un veredicto del tipo “este monólogo es bueno”. No certifican ni prescriben. Describen. Analizan los elementos del texto, su estructura, el tipo de conflicto que plantea, el nivel de exposición que exige y los riesgos que puede tener en un casting si se trabaja sin tenerlos en cuenta. Esa información sirve tanto para decidir si un monólogo conviene como para saber cómo trabajarlo con mayor precisión.
En algunos casos, la ficha confirma que un monólogo encaja bien con un perfil concreto. En otros, hace algo más interesante: muestra por qué, tal como está planteado, no funcionará y qué habría que mover para que sí lo haga. Por eso, en el libro propongo en algunos casos enfoques alternativos. No como recetas ni como indicaciones cerradas, sino como ejemplos de lectura dramatúrgica: cambios de punto de vista, ajustes de energía, desplazamientos de foco. La ficha no cierra el texto ni lo fija: lo vuelve más legible. Y cuando un texto se entiende bien, se puede transformar sin traicionarlo.
El índice temático y las fichas de trabajo cumplen funciones distintas, pero se buscan. El índice rompe la dependencia del orden de presentación y sitúa la búsqueda en función de una necesidad concreta. Las fichas ayudan a comprender el texto con profundidad y a tomar decisiones informadas sobre su uso y su transformación.
Entre ambos, el libro propone una manera de elegir monólogo que se aleja de la casualidad y de la lectura apresurada. No se trata de encontrar el texto perfecto, sino de saber qué tipo de texto se tiene entre manos y qué relación puede establecer con quien lo trabaja en ese momento. Dicho de otro modo: no se trata de encontrar un monólogo “ideal” en abstracto, sino uno que sea pertinente aquí y ahora.
Elegir un monólogo, en ese sentido, no es un paso previo al trabajo actoral, sino una parte del propio trabajo. Una decisión que condiciona todo lo que viene después y que merece tiempo, atención y criterio. Antes de lanzarse a ensayar, conviene detenerse un momento a leer el texto a fondo, a identificar qué propone, qué exige y hasta dónde se puede llevar. Solo desde esa comprensión la elección deja de ser automática y pasa a ser consciente.
Más información sobre el libro en este link:
https://autormarcegea.com/el-libro-de-los-monologos-para-casting-de-marc-egea/