Thriller psicológico · Duración aproximada: 2:00–2:25 min · Edad: 30-55 años
La Dama de Negro
Una policía acorralada convierte la acusación de su compañero en una escena de dominio psicológico donde cada palabra puede ser defensa… o amenaza.
Texto del monólogo
Elena y su compañero son policías. Llevan tiempo siguiendo la pista de una asesina misteriosa que no deja de matar. Unos indicios de última hora —y una sospecha que viene de antiguo— acaban de confirmarle al compañero de Elena que ella, Elena, muy probablemente es la asesina. En lugar de comunicar este hallazgo al departamento, el compañero se lo ha dicho a Elena, a la cara. No ha podido resistir el impulso. Ha actuado por vanidad. Llevaba demasiado tiempo soportando que todo el mundo dijera que Elena era mejor investigadora que él.
Elena: ¿Cómo? ¿Qué yo soy la “Dama de Negro”? ¿Que la mujer que lleva más de diez asesinatos a sus espaldas en esta ciudad… soy yo? (piensa) ¿Cómo se te ha podido ocurrir? No, no, no, espera, déjame hablar. Lo sé. Supongo que habrás reunido pruebas —eso son pruebas ¿no?— o indicios, o sospechas que te dicen que la Dama de Negro soy yo, vale, sí. Mi pregunta es: ¿Cómo se te ocurre decírmelo aquí —¡aquí!— si sabes que la Dama de Negro mata a sus víctimas cuando está a solas con ellas? (silencio) ¿Te parece buena idea venir hasta aquí a decírmelo? ¿Hasta aquí? (grita, abriendo los brazos) ¡Hola! ¡Mi compañero dice que yo soy la Dama de Negro! Negro, Negro, Egro… (reproduce ella misma el eco, luego mira a su compañero) Ni cobertura de móvil hay. No me lo puedo creer. Has sido tan vanidoso que has corrido a decírmelo enseguida que llegaste a esa conclusión. Te morías por demostrarme que tienes mejor instinto investigador que yo. Nunca has soportado que una mujer brille más que tú en el Departamento. Pues, ¿sabes? —voy a pensar en voz alta—… (mira a su alrededor, no hay nadie a kilómetros de distancia) Yo… Creo que seguimos persiguiendo pistas falsas, creo que esa asesina es asquerosamente lista, que disfruta matando y riéndose de tipos como tú; y creo… que no soy yo. Eso creo. Y creo que te conviene que yo siga teniendo mejor instinto investigador que tú… ¿No crees? (el hombre no contesta) (Se vuelve al infinito y grita haciendo eco) ¡No crees! ¡Ocrees! ¡Crees! ¡Crees!…

Cómo funciona en escena
Este monólogo funciona bien cuando la actriz sostiene la ambigüedad como arma principal. Elena puede ser inocente, puede ser culpable o puede decidir usar esa sospecha a su favor. Lo importante no es resolverlo enseguida, sino ver cómo toma el control de una situación que, en teoría, la deja completamente expuesta.
La fuerza del texto está en el cambio de posiciones. Empieza aparentemente acorralada, pero en pocos segundos convierte la acusación en un error estratégico del otro. Ese desplazamiento es lo que vuelve la escena tan poderosa: no sabemos si asistimos a una defensa brillante o a una amenaza real perfectamente disimulada.
Es una pieza que permite mostrar inteligencia, presencia, sangre fría y manejo del suspense. Además, obliga a trabajar mucho la relación con el interlocutor invisible y con el espacio alrededor, que aquí no es decorado: es una trampa o una oportunidad.
- Permite trabajar poder sin necesidad de sobreactuar.
- Da juego a la ambigüedad moral del personaje.
- Funciona bien para mostrar control, amenaza y precisión verbal.
- Tiene una progresión fuerte si se mide bien el cambio de dominio.
Puede que sea inocente; lo inquietante es que no necesita parecerlo.
Trabajar el texto
Conviene empezar desde la sorpresa vigilada, no desde el estallido. Elena recibe una acusación gravísima, pero no pierde el eje. Ese autocontrol inicial es fundamental porque permite que el personaje vaya conquistando terreno poco a poco y no queme su carta demasiado pronto.
También ayuda mucho trabajar la escena como un combate de inteligencia. Ella no solo responde: analiza, detecta la vanidad del otro, le hace ver el error que ha cometido y convierte el entorno en un elemento de presión. Cada frase tiene que tener un objetivo claro dentro de ese combate.
El eco y el espacio deben usarse con sentido. No son un efecto decorativo. Cuando grita y escucha el eco, la escena se llena de distancia, aislamiento y peligro. Si la actriz integra de verdad ese lugar vacío, la amenaza se vuelve mucho más concreta.
El final no conviene cerrarlo de forma explicativa. “¿No crees?” y ese eco posterior funcionan mejor si dejan al espectador suspendido en la duda. La riqueza del texto está precisamente en no saber si Elena acaba de desmontar una acusación absurda o de insinuar algo terrible sin confesarlo nunca.
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Sobre este monólogo
Este monólogo forma parte de El libro de los monólogos para casting (para actrices), donde vienen acompañado de una extensa ficha de trabajo para que puedas extraer el máximo de él.
Además…
Si, además de monólogos, también buscas diálogos —textos para dos intérpretes—, en el Laboratorio Dramático de Marc Egea encontrarás escenas breves pensadas para ensayo, trabajo en clase o entrenamiento, que también pueden utilizarse en castings, reels o videobooks.

Preguntas frecuentes:
(responde Marc Egea)
¿Hay que pagar algo para utilizar este monólogo?
No.
¿Hay que pedir permiso para usar este monólogo?
No hace falta. Puedes utilizar cualquiera de mis monólogos para casting sin pedir permiso.
¿Estos monólogos breves sólo pueden utilizarse en castings?
También puedes usarlos en tu videobook (reel) y/o subirlos a redes sociales, o emplearlos como herramienta para tu entrenamiento actoral, lo que tú quieras.
¿Tengo que hacer constar la autoría del monólogo si subo un video a redes sociales?
No hace falta, pero se agradecerá si lo haces. También puedes poner un enlace a la web, si quieres.
¿Vale la pena adquirir el libro?
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