El origen de “Estocolmo mon amour”

(Continuación)
Ningún productor fue a verla.

Probé entonces el camino inverso. Y apunté más alto. Imprimí decenas de copias de “Estocolmo mon amour” y las envié a todas las productoras y compañías españolas que había en ese momento (o al menos a aquellas de las que tuve constancia en unos tiempos en que internet no estaba tan desarrollado como ahora). A todas las que pude, les llevé yo mismo el libreto. Haciendo esa labor recorrí muchos kilómetros. Literalmente. Y llamé a muchas puertas. En muchos casos pude ver cómo, tras la respuesta amable de la persona de turno, el libreto iba a engrosar una montaña de papeles, preocupantemente cerca de la papelera. No recibí ninguna respuesta.

Se me ocurrió entonces ampliar horizontes. Así que traduje y adapté la obra al inglés y la envié (también en papel, mediante correo postal) a todas las productoras británicas y norteamericanas de las que tuve conocimiento. Y el panorama se iluminó un poco. Me contestaron. Pero la mayoría de las veces para decirme que ésa no era forma de promocionar un trabajo y que, por tanto, no iban a leer siquiera el libreto. Fue más de lo que obtuve de las productoras españolas, ciertamente. Pero era muy poco. Y bastante decepcionante. Para que una productora te leyera una obra en Reino Unido o Estados Unidos debías tener un agente que intermediara con ellos. Y eso era imposible para mi bolsillo, que estaba adelgazando a una velocidad preocupante. Eso hizo que empezaran a invadirme pensamientos negativos. ¿Y si habían leído de la obra y no les había gustado? ¿Y si “Estocolmo mon amour” no era tan buena como yo pensaba?

Habían pasado tres años y seguía en la casilla de salida. Así que empaqueté “Estocolmo mon amour” y la guardé en un cajón para el resto de los tiempos. Fue entonces cuando escribí mi segunda obra, titulada “A mi manera“. Una obra visceral, en parte autobiográfica, lo suficientemente pequeña como para poder producirla yo mismo. Y así fue. Monté “A mi manera” y conseguí llevarla a la cartelera profesional. Y fue sólo en ese momento cuando me consideré por fin dramaturgo. Desde entonces, el camino ha sido duro, pero también bonito. He tenido la suerte de ver cómo mis obras han llegado a los escenarios. De muchos países. Y eso es lo máximo que puede pedir alguien que se dedica a escribir obras de teatro para el público.

Mientras tanto, todos estos años, “Estocolmo mon amour” ha dormido en un cajón.

Hasta que un buen día, no hace mucho tiempo, a un director argentino, Daniel Di Rubba, le llamó la atención aquel extraño título de mi currículum. Me pidió que le permitiera leer “Estocolmo mon amour” y yo se la mandé. Unos días después, Di Rubba me anunciaba que su compañía iba a comenzar los trabajos para poner en pie un montaje argentino de “Estocolmo mon amour”. La entrañable producción de Di Rubba llegó a representarse en la emblemática Avenida Corrientes de Buenos Aires y, posteriormente, incluso hizo gira por distintas ciudades de Argentina.

Sin conexión con este hecho, un año después, la casualidad hizo que el director de fotografía español, César Montegrifo, llegara a mi web buscando un guionista que le escribiera una escena dialogada para unas pruebas de cámara. Tras el afortunado episodio con Di Rubba, “Estocolmo mon amour” había salido de la oscuridad y el libreto lucía por primera vez en mi web, a disposición de todo aquel que quisiera leerlo. César Montegrifo lo leyó y decidió que aquel iba a ser el material con que debutaría como director de cine. Dicho y hecho. Un año después, a petición suya, empecé a trabajar en la conversión de “Estocolmo” a guion cinematográfico. Y desde entonces hasta ahora, todo ha ido muy rápido. Actualmente, la película se encuentra ya en fase de exhibición en plataformas y, quién sabe, puede que la acabe viendo mucha gente.

Y ahora es cuando vuelvo a pensar en la obra de teatro. Una obra que poca gente ha visto. Al menos en España. Y, aunque película y obra se parecen mucho, no son lo mismo. Me hubiese gustado que las cosas hubiesen ido de otra manera: que una productora se hubiera enamorado de ella el día que la presenté en aquel pequeño teatro de Gracia, hace tantos años. No por afán de dinero y fama inmediatos, sino por el deseo sincero de compartirla con el público desde el primer instante. Afortunadamente, parece que ahora, tras la irrupción de la película, puede haber una segunda oportunidad.

No quiero para “Estocolmo mon amour” la productora más grande, ni las más famosa. Sino la idónea. Una productora que reúna las cualidades de quienes creyeron en esta obra en el pasado: el atrevimiento de César Montegrifo, el cariño de Daniel Di Rubba y el entusiasmo de mis viejos amigos que dieron vida por primera vez a aquella obra

En homenaje y agradecimiento a todos ellos deseo que, dentro de unos años, sean muchas las personas que puedan decir que un día vieron “Estocolmo mon amour” en un teatro.

Marc Egea (21 de noviembre de 2022) .


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