Una de las decisiones más delicadas al escribir teatro es decidir dónde empieza una escena. A primera vista puede parecer una cuestión menor. El autor imagina una situación, coloca a los personajes en un lugar determinado y empieza a escribir desde ahí. Sin embargo, con el tiempo uno descubre que el verdadero problema no suele ser cómo se desarrolla una escena, sino exactamente en qué momento comienza.
Muchas escenas empiezan demasiado pronto.
Es un fenómeno muy frecuente cuando todavía estamos encontrando la escena. El dramaturgo siente la necesidad de explicar la situación, de preparar el terreno, de situar al espectador dentro del contexto antes de que el conflicto aparezca. El resultado suele ser una entrada suave, razonable, incluso clara. Los personajes hablan, se ubican en la situación, intercambian información.
Pero dramáticamente todavía no ha empezado nada.
El teatro tiene una relación muy particular con el tiempo. A diferencia de la novela, donde el lector puede detenerse, releer o avanzar a su propio ritmo, la escena teatral avanza delante del público en un tiempo continuo. Eso hace que los primeros segundos de una escena tengan un peso enorme. El espectador entra en la situación en el mismo instante en que los personajes están dentro de ella.
Por eso las escenas teatrales suelen ganar fuerza cuando empiezan un poco más tarde de lo que el autor imagina al principio.
Más tarde significa algo muy concreto: empezar cuando la situación ya está en marcha.
No cuando los personajes entran en ella, sino cuando ya están dentro del problema.
A veces basta con eliminar las primeras líneas de diálogo para descubrir que la escena respira mejor. De repente los personajes parecen más vivos, porque el público llega en medio de algo que ya está ocurriendo. La información que antes se explicaba ahora se deduce. La tensión aparece antes.
Esto no significa que el teatro deba ser necesariamente brusco o precipitado. Pero sí que el conflicto suele agradecer que el espectador llegue cuando la presión dramática ya existe.
Hay una pequeña intuición que muchos dramaturgos desarrollan con el tiempo. Cuando releen una escena terminada, a menudo miran las primeras líneas con cierta sospecha. Se preguntan si esas frases son realmente necesarias o si simplemente estaban ayudando al autor a encontrar el camino hacia la escena.
En muchos casos pertenecen al proceso de escritura, no a la obra.
Cuando esas primeras líneas desaparecen, algo curioso ocurre. La escena parece más inteligente, aunque en realidad lo único que ha sucedido es que el espectador ha sido invitado a participar un poco más activamente. Tiene que completar la situación, interpretar las relaciones, reconstruir lo que acaba de empezar.
Y ese pequeño esfuerzo es muy teatral.
El público no llega a la escena como quien abre un libro por la primera página. Llega como quien entra en una habitación donde algo ya está ocurriendo.
Ahí, normalmente, empieza el verdadero teatro.
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Dramaturgo. Llevo más de veinte años escribiendo teatro. En este blog comparto lo que voy aprendiendo del oficio, la escena, el sector y todo lo que se cruza con la dramaturgia.
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