dramaturgo
En un artículo anterior planteaba una idea sencilla: la inteligencia artificial va a permitir que mucha más gente pueda hacer cine. La barrera de acceso, que durante décadas ha sido económica, técnica y organizativa, empieza a desaparecer. La pregunta que queda ahora es otra, y no es menor.
¿Qué va a ocurrir cuando haya demasiado cine?
No es una hipótesis lejana. Es una consecuencia directa de cualquier herramienta que se vuelve accesible. Cuando hacer deja de ser difícil, lo que aumenta no es solo la cantidad. Aumenta la diversidad, la desigualdad de resultados y, sobre todo, la dificultad para orientarse dentro de ese conjunto.
Es previsible que las plataformas —las actuales o las que aún no existen— se llenen de contenido. Parte de ese contenido será irrelevante. Parte estará mal construido. Parte responderá más a la fascinación por la herramienta que a una comprensión real del lenguaje cinematográfico. Esto ocurrirá, y será visible. Y es probable que quienes hoy miran con desconfianza la inteligencia artificial utilicen ese fenómeno como argumento: la prueba de que el cambio ha rebajado el nivel, de que el cine se ha diluido en una masa indiferenciada.
Pero esa lectura se queda en la superficie. Confunde un efecto inmediato con una consecuencia estructural.
La sobreabundancia no es un síntoma de fracaso. Es el efecto inevitable de una apertura. Y toda apertura genera, en una primera fase, desorden. Lo ha hecho siempre. La diferencia es que ahora ese desorden se producirá a una escala mucho mayor.
En ese contexto, empieza a perfilarse una tarea que hasta ahora no tenía el mismo peso: la de encontrar. No en un sentido genérico, sino como una actividad con criterio, con responsabilidad y con consecuencias reales sobre lo que el público llega a ver.
Si la producción deja de ser el cuello de botella, el foco se traslada. Ya no está en quién puede hacer una película, sino en quién es capaz de reconocerla cuando aparece entre miles de propuestas. Y esa capacidad no es automática. No depende de algoritmos únicamente, ni de tendencias, ni de métricas superficiales. Depende de una comprensión del lenguaje, de una sensibilidad para detectar cuándo algo funciona y por qué.
Es aquí donde puede surgir una figura nueva o, más exactamente, donde una función antigua adquiere un valor distinto: la del selector. No como intermediario pasivo, sino como alguien que ordena, que filtra y que propone. Alguien que asume que no todo lo que se produce tiene el mismo interés, pero que entiende también que el valor no siempre es evidente ni inmediato.
En el ecosistema actual ya existen formas de esta función: programadores de festivales, responsables de plataformas, críticos con criterio, incluso determinados perfiles curatoriales en entornos digitales. Pero operan dentro de un sistema donde la producción está limitada. Cuando esa limitación desaparezca, su papel puede cambiar de escala.
En las plataformas digitales, esto puede traducirse en nuevas formas de recomendación que no se basen únicamente en el comportamiento previo del usuario, sino en una mirada más activa sobre el contenido. No se trataría solo de ofrecer más de lo mismo, sino de detectar aquello que merece ser visto incluso antes de que haya sido validado por el volumen de consumo.
Pero este movimiento no afecta solo a lo digital. También abre una posibilidad interesante para los espacios de exhibición tradicionales. Durante décadas, muchas salas han dependido de un circuito de distribución que condicionaba de forma muy fuerte qué podía proyectarse y en qué condiciones. Ese vínculo, en muchos casos, ha sido más una imposición que una colaboración.
Si la producción se diversifica y se multiplica fuera de esos canales tradicionales, los exhibidores pueden encontrarse ante un escenario distinto. No tanto como receptores de un producto cerrado, sino como agentes con mayor capacidad de decisión. Lugares que no solo proyectan, sino que seleccionan. Que construyen una propuesta a partir de lo que consideran valioso dentro de un conjunto mucho más amplio.
Esto no elimina los problemas. Introduce otros. La sobreabundancia exige criterio, pero también tiempo, dedicación y una cierta responsabilidad sobre lo que se ofrece. No es una tarea menor. Tampoco es neutral. Elegir implica dejar fuera, y eso siempre tiene consecuencias.
Pero precisamente por eso adquiere valor. Porque en un entorno donde casi todo puede hacerse, lo que importa no es solo la capacidad de producir, sino la de distinguir. No en términos de gusto personal, sino en términos de comprensión de lo que una pieza propone y de lo que puede generar en quien la ve.
Es posible que durante un tiempo convivan muchas capas: una producción masiva y desigual, una parte de la industria tratando de adaptarse, nuevos autores encontrando espacio y una serie de intermediarios redefiniendo su papel. No hay un equilibrio inmediato. Tampoco una jerarquía clara desde el principio.
Lo que sí parece probable es que el centro de gravedad se desplace hacia otro lugar. No desaparece la necesidad de hacer cine. Pero deja de ser el único punto crítico. A su lado aparece otro, menos visible hasta ahora, pero cada vez más determinante.
La capacidad de reconocerlo.