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“Conociendo a Lázaro”, una reseña


CONOCIENDO A LÁZARO. Crítica al montaje realizado por la compañía Teatro Visceral, dirigida por Pedro Victory. Esta crítica, de Javier Matesanz, fue publicada en el Diari de Balears, el martes 10 de noviembre de 2009.  

Consecuente y ajustado a sus pretensiones, el Lazarillo de Teatro Visceral no intenta ser la versión definitiva del clásico, sino una aproximación entretenida y pedagógica a una de las lecturas obligatorias del sistema educativo, que, de manera inteligente y eficaz, apuesta por un lenguaje actualizado y próximo que, sin traicionar al original, garantiza la complicidad de todos los públicos. Es decir, de todos los alumnos. Desde el más interesado y/o aplicado, que encontrará todo lo que se espera de las populares aventuras de la anónima novela picaresca (incluso el habla en castellano antiguo), hasta aquellos intelectualmente más dispersos, que podrán disfrutar de la puesta al día del relato en un registro nada académico y más asequible al gusto de los jóvenes, cosa que Pedro Victory ha conseguido con una maniobra de dramaturgia que recuerda de alguna manera a La historia interminable de Michael Ende. Una hábil manera de hacerlo venir bien y de evitar aquello tan frecuente de castigar a los estudiantes con estrictas, inflexibles e infumables revisiones sólo aptas para literatos, que garantizan la ausencia de los jóvenes del teatro al menos durante una década, que es el tiempo que tarda en desaparecer la sensación de aburrimiento que a menudo provocan en los estudiantes estas “maniobras educadoras” poco sensatas y nada adecuadas.

Todo funciona en la versión de Victory y Marc Egea. El ritmo es trepidante y contemporáneo. El humor es el tono que domina la función, pero no vulgariza ni distorsiona el texto, sino que lo complementa y aligera, adecuándolo a los códigos de comunicación actuales. Así, no abusa de los anacronismos, pero éstos aportan el contraste perfecto para que resulten divertidas las desventuras del protagonista aun enmarcándose en una realidad pretérita muy alejada de los intereses contemporáneos que, en cambio, de esta manera, resultan cómicamente cómplices, haciendo del conjunto un entretenimiento de lo más moderno y asequible para la mentalidad adolescente de hoy. Un mérito que conviene atribuir también a la labor fantástica de los dos intérpretes. La ajustada Àlex Muñoz, que mejora y convence a medida que pasan los minutos, y un fabuloso Nabil Canyelles. Un auténtico hombre orquesta sobre el escenario que, haciendo del histrionismo cómico su principal y brillante herramienta de trabajo, se convierte en todo un espectáculo ofreciendo una auténtica exhibición de versatilidad y capacidad camaleónica, pero sin caer nunca en la caricatura, sino haciendo gala de un envidiable abanico de registros que incluye, incluso, la manipulación de títeres en uno de los momentos más inesperados y originales de la función.

 

 

 

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